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Salud mental y lenguaje

Dos expertas reclaman más recursos para entender la lengua y la cultura de los migrantes con trastornos mentales

El idioma condiciona la recuperación en salud mental, advierten

"Si no compartimos lenguaje es muy difícil construir el vínculo terapéutico", afirma la psicóloga Laura Álamo

El servicio de psiquiatría de puertas abiertas del Hospital de Bellvitge.

El servicio de psiquiatría de puertas abiertas del Hospital de Bellvitge. / ACN

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Marc Darriba

Marc Darriba

Barcelona
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Un reciente posicionamiento de entidades de salud mental ha vuelto a poner sobre la mesa el papel de la lengua en la atención terapéutica. Pero la cuestión va más allá de un caso concreto. “La lengua es emoción”, resume Laura Álamo, psicóloga miembro del Grupo de Trabajo de Movimientos migratorios, refugio, asilo y relaciones interculturales del Col·legi Oficial de Psicologia de Catalunya y especializada en el acompañamiento a personas migradas, expatriadas y retornadas. “No es solo un elemento para comunicarnos, sino desde donde nos expresamos”.

El éxito de la terapia depende del vínculo

Laura Álamo

— Psicóloga del Grupo de Trabajo de Movimientos migratorios del Col·legi Oficial de Psicologia de Catalunya

Desde la mediación intercultural, Rosa Cardús, cofundadora y coordinadora de Retorna, recursos terapéuticos para el bienestar comunitario y colaboradora habitual del Ayuntamiento de Barcelona, coincide en parte, pero matiza: “La lengua es el vehículo, pero detrás hay cultura, valores y, muchas veces, desigualdades”.

La lengua como puerta de entrada a la emoción

“La lengua materna es desde donde hemos construido nuestra expresión emocional y los recuerdos”, explica Álamo. Cuando una persona tiene que hablar de su sufrimiento en un idioma que no es el propio, “es como si hablara de otro”, puede explicar lo que le pasa, pero no necesariamente conectar con ello.

La lengua es el vehículo, pero detrás hay cultura, valores y, muchas veces, desigualdades

Rosa Cardús

— Cofundadora y coordinadora de Retorna y colaboradora habitual del Ayuntamiento de Barcelona

Son temas muy íntimos, muy profundos, y eso es muy difícil de traducir”, añade Cardús. En contextos de migración, a menudo vinculados a experiencias de trauma o violencia, esa distancia se hace aún más evidente. “Si tengo que hablar de una experiencia dura, necesito hacerlo desde mi memoria emocional”, apunta Álamo. Cuando esa conexión falla, el relato se vuelve más distante.

Pero Cardús amplía el foco: “No es solo la lengua. También es la cultura y la forma de entender el malestar”. Sin ese marco compartido, el riesgo no es solo no entenderse, sino no llegar a generar confianza. “El vínculo terapéutico es clave”, insiste Álamo. “Si no compartimos lengua, es muy difícil construirlo”. Pero entenderse, recuerda Cardús, “también es un trabajo cultural”.

Entender no es lo mismo que poder expresarse

Dominar una lengua no implica poder explicar en ella lo que duele. “Hablan perfectamente otros idiomas, pero cuando tienen que hablar de su malestar buscan un profesional en su lengua”, señala Álamo. No es una cuestión de nivel, sino de conexión emocional. “Deberíamos conectar primero y luego traducir”, resume.

“La gente puede llegar a la consulta, pero no se puede trabajar en profundidad”, añade Cardús. Esto se hace especialmente visible en experiencias de trauma. Las consecuencias son claras. “El éxito de la terapia depende del vínculo”, dice Álamo. Cuando este falla, todo el proceso se resiente. Cardús apunta señales habituales: “Absentismo o falta de adherencia al tratamiento”. También respuestas más distantes, sin una apertura real.

A esto se suma el riesgo de diagnósticos erróneos. “La expresión del malestar está muy matizada por la cultura”, advierte Álamo. Sin ese contexto —y con barreras lingüísticas—, se puede interpretar mal lo que ocurre. “No es solo lengua”, insiste Cardús. “También hay prejuicios y racismo inconsciente”. Y cuando esto entra en juego, el problema ya no es solo explicarse, sino sentirse escuchado.

Mediación y límites del sistema

Ante la barrera lingüística, el sistema recurre a la mediación intercultural. Pero no es una solución simple. “El mediador no es un traductor”, subraya Cardús. “Entiende ambas culturas y ayuda a descodificar valores y formas de entender la salud”.

“No es una relación de dos, es un triángulo”, añade. El mediador puede facilitar el vínculo y la comprensión. Pero también hay límites. “Los procesos se vuelven más lentos y se pierden matices”, advierte Álamo. “No siempre tenemos la certeza de que se traduce exactamente lo que se quiere decir”.

El mediador no es un traductor. Entiende ambas culturas y ayuda a descodificar valores y formas de entender la salud

Rosa Cardús

— Cofundadora y coordinadora de Retorna y colaboradora habitual del Ayuntamiento de Barcelona

Además, la mediación no siempre está disponible. “Es imposible cubrir todas las lenguas en una ciudad como Barcelona”, apunta Cardús. Cuando no la hay, a menudo se recurre a familiares como intérpretes. “Y eso condiciona mucho lo que se explica”, dice Álamo.

Para ambas expertas, el problema es estructural. “Hay carencias”, afirma Álamo. La presión asistencial, la falta de recursos y de formación en competencia cultural limitan la atención. “Hace falta formación, recursos y una mirada antirracista”, resume Cardús. “Porque la lengua es solo una parte”.

Entre derechos y desigualdades: qué está en juego

El debate sobre la lengua en salud mental también es una cuestión de derechos. Diversas entidades han defendido que poder expresarse en la propia lengua forma parte de una atención digna. “El profesional debe adaptarse al paciente”, defiende Álamo. “Si no me siento comprendido, la terapia difícilmente avanzará”.

Cardús introduce un matiz: “Si tienes un nivel alto de una lengua, puedes hacer buena terapia aunque no sea tu lengua materna”. El problema es cuando ese dominio no existe.

Hace falta formación, recursos y una mirada antirracista

Rosa Cardús

— Cofundadora y coordinadora de Retorna y colaboradora habitual del Ayuntamiento de Barcelona

En los últimos días, el debate se ha reactivado a raíz de un caso en el que una persona denunciaba no haber podido ser atendida en catalán. Para Álamo, esto refuerza una idea de fondo: “El proceso debe partir de las necesidades de la persona”. Cardús pide contextualizarlo: “No es equiparable a las dificultades que sufren muchas personas migradas”.

Estamos hablando de equidad”, resume Álamo. Adaptar la atención para que todas las personas tengan las mismas oportunidades de ser escuchadas. Y, en salud mental, eso empieza —pero no termina— en la lengua.

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