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Salud y entorno social

Jim van Os, neuropsiquiatra: “Hemos enseñado a los jóvenes a traducir el estrés social en diagnósticos psiquiátricos"

"Cuando convertimos experiencias personales en diagnósticos perdemos la capacidad de ver al otro como un ser humano"

El profesional neerlandés defiende avanzar hacia una salud mental más comunitaria y basada en el vínculo

Jim Van Os,presidente de la División de Neurociencia en la universidad Medisch Centrum Ultrech.

Jim Van Os,presidente de la División de Neurociencia en la universidad Medisch Centrum Ultrech. / Jordi Otix / EPC

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Marc Darriba

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Barcelona
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Las urgencias psiquiátricas europeas están saturadas, las listas de espera crecen y los diagnósticos de salud mental aumentan, especialmente entre los jóvenes. En este contexto, el psiquiatra neerlandés Jim van Os ha participado en la jornada Urgencias y salud mental, organizada por el Comité de Ética Asistencial de la Fundació Congrés Català de Salut Mental (FCCSM) y el Col·legi Oficial d’Infermeres i Infermers de Barcelona (COIB). Presidente de la División de Neurociencia del Universitario Medisch Centrum de Utrecht, van Os propone una transformación profunda del sistema: entender el sufrimiento mental no solo desde una óptica biomédica, sino también social, comunitaria y relacional.

-¿El sistema de salud mental está colapsando porque hay más sufrimiento… o porque hemos aprendido a leer el sufrimiento como una enfermedad?

-Las dos cosas. Hay más malestar mental en la sociedad porque, por primera vez en generaciones, los jóvenes sienten que vivirán peor que sus padres. La idea de progreso se está rompiendo. Hay presión social, polarización, crisis climática… y eso genera más sufrimiento emocional. Pero, al mismo tiempo, el sistema psiquiátrico nos ha enseñado a hablar de ese sufrimiento en términos diagnósticos. Así, muchos jóvenes traducen un estrés social comprensible en diagnósticos psiquiátricos.

-También explica que el DSM (el Manual de Diagnóstico y Estadístico) y la medicalización han intervenido sutilmente en la identidad de las personas. ¿Qué perdemos cuando convertimos experiencias emocionales en diagnósticos?

-Perdemos la capacidad de ver a la otra persona como un ser humano. Cuando asignamos el sufrimiento a una etiqueta técnica, que implica que hay una enfermedad o un trastorno “en el cerebro”, deshumanizamos la experiencia. Al principio, el diagnóstico puede aliviar, pero después la persona nota que los demás la miran de otra manera: “eres esquizofrénico”, “eres autista”… Todo lo que dice o hace queda interpretado a través de esa etiqueta. Y la propia persona acaba modificando las expectativas sobre sí misma y su comportamiento para encajar con el diagnóstico. Es un proceso sutil, pero muy profundo.

La propia persona acaba modificando las expectativas sobre sí misma y su comportamiento para encajar con el diagnóstico. Es un proceso sutil, pero muy profundo

-Los datos muestran que el sufrimiento mental es más frecuente en contextos de desigualdad social. ¿Tiene sentido seguir abordándolo casi solo desde consultas individuales?

-Si sabemos que hay causas del sufrimiento mental que después se traducen en necesidades de tratamiento, la respuesta social no puede limitarse a mirar esas necesidades de manera individual. También debemos abordar las causas de fondo: la desigualdad social, la discriminación, la pobreza, la soledad, la presión sobre los jóvenes o las redes sociales. Todo eso debería formar parte de un programa público de salud mental.

-Usted dice que la gente debe aprender a gestionar el malestar de otras maneras, pero que no se invierte dinero en ello. ¿Usamos medicación porque funciona o porque es la respuesta más rápida?

-Usamos medicación no porque funcione tan bien como creemos. En el caso de los antidepresivos, la señal terapéutica es muy débil. Si diez personas mejoran con un antidepresivo, nueve también habrían mejorado con una intervención no específica. Deberíamos enseñar a todo el mundo qué es el sufrimiento mental, cómo gestionar el espacio mental, cómo afrontarlo y cómo desarrollar resiliencia. Y también deberíamos enseñar a no traducirlo automáticamente al paradigma médico de “tienes un trastorno en la cabeza”, porque científicamente eso no es cierto.

Barcelona 08/05/2026 Sociedad. Jornadas de salud mental en el Col.legi d'Infermeres de Barcelona. Sanamente. - Jim Van Os,presidente de la División de Neurociencia en la universidad Medisch Centrum Ultrech. AUTOR: JORDI OTIX

Jim Van Os, tras la entrevista. / Jordi Otix / EPC

-¿El sistema está organizado para curar o para gestionar flujos de usuarios?

-La respuesta ya está en la pregunta. Hemos organizado el sistema alrededor de parámetros de producción centrados en diagnosticar y reducir síntomas. Eso se ha convertido en una industria que depende de este modelo para seguir existiendo. Pero la ciencia está avanzando más rápido que el modelo, y eso hace que sea muy difícil cambiarlo. Debemos aprender a contar una historia diferente, sobre todo a la población.

Debemos abordar las causas de fondo: la desigualdad social, la discriminación, la pobreza, la soledad, la presión sobre los jóvenes o las redes sociales

-Usted dice que “conectar con otra conciencia” es clave en la recuperación. ¿Cómo se protege este espacio humano en sistemas cada vez más burocratizados?

-En salud mental, esto solo puede cambiarse rompiendo el sistema antiguo y construyendo uno nuevo, con nuevos profesionales, nuevos usuarios y familias que tengan otra mirada. Necesitamos pluralidad epistémica: entender que el conocimiento profesional no es el único. Los datos que tenemos sobre qué hace que una persona con depresión o ansiedad mejore muestran que el factor humano, la conexión humana, es esencial. Pero nos cuesta interpretarlos así porque queremos pensar que lo que cura son los ingredientes técnicos de la psicoterapia o los ingredientes moleculares de los antidepresivos. La evidencia apunta a que ese efecto es menor. El factor principal es la compasión, la escucha y también la capacidad de confrontar a la persona cuando hace falta, pero siempre desde un vínculo.

El factor principal es la compasión, la escucha y también la capacidad de confrontar a la persona cuando hace falta, pero siempre desde un vínculo

-¿Qué valor tiene construir una narrativa propia y compartir la experiencia del sufrimiento?

-Cuando una persona sufre, alguien debe ayudarla a encontrar palabras para explicar qué le pasa, qué siente, cómo se relaciona con ese sufrimiento, cómo afecta a su vida y qué tipo de experimento podría ayudarla a moverse. La terapia va de eso: de ayudar a alguien a encontrar las palabras y los experimentos que necesita para ponerse en movimiento. Cuando sufres, estás atrapado en un túnel y necesitas hacer algo que tenga sentido para ti.

-¿Qué aportan los técnicos de apoyo entre iguales a este proceso de recuperación?

-Tienen una capacidad única para llegar a personas que están completamente atrapadas en una imagen muy negativa o destructiva de sí mismas: “no soy nada”, “solo puedo morir”, “no quiero vivir más”. Los profesionales con experiencia propia pueden ayudarlas a salir un poco de ese estado y empezar a pensar que quizá tienen alguna posibilidad de vivir una vida con sentido. Con formación y titulación, también pueden ayudar a grupos de personas a hacer el trabajo necesario para volver a la vida.

-¿Por qué cree que hay tanto interés por las soluciones tecnológicas o biomédicas en salud mental?

-Esto viene de lejos. En el siglo XIX, en Alemania, se crean muchas conceptualizaciones sobre salud mental que todavía hoy siguen vigentes. Antes, el sufrimiento mental se explicaba desde la religión o la moral: como un castigo divino o una debilidad moral. Cuando pasa a entenderse como una cuestión médica, los primeros modelos ven rápidamente que, si se presentan como una propuesta científica de orientación social, la sociedad no les da demasiada importancia. En cambio, si se presentan como una propuesta médica que habla del cerebro, obtienen estatus y dinero.

Se pensaba que a genética y la neuroimagen demostrarían las enfermedades; 50 años después, esos hallazgos no han llegado

Ese es el origen de la entrada del modelo médico. Y el segundo gran impulso llega en 1980, cuando se crea el DSM-III. En aquel momento se decide hacer un libro de enfermedades “de la cabeza”. Todavía no se podía demostrar que existieran como enfermedades, pero se pensaba que, durante los 50 años siguientes, la genética y la neuroimagen lo demostrarían. Ahora, 50 años después, vemos algo muy interesante: esos hallazgos no han llegado.

-Hay personas que explican que la medicación les ha salvado la vida. ¿Le preocupa que algunos discursos de desmedicalización las hagan sentirse cuestionadas o culpables?

-Claro. Por eso no debemos juzgar. Las personas deben poder elegir. Si alguien quiere tomar medicación, debe poder hacerlo, pero de una manera científica: no durante demasiado tiempo y no con dosis demasiado altas. Lo que queremos es ofrecer opciones, no imponer una guía solo porque lo dice la comunidad médica. La evidencia muestra que hay muchas maneras de trabajar con el sufrimiento mental y también sabemos que, si dejamos que la persona elija qué experimento quiere probar, los resultados son mejores. Si alguien dice que quiere trabajar con caballos o con perros, adelante. Puede funcionar.

-Usted defiende que no hace falta reformar el sistema, sino romperlo y construir uno nuevo. ¿Qué genera tanto recelo de este cambio?

-Lo que asusta son los intereses creados en el sistema actual. No se trata solo de una industria de salud mental de la que viven muchas personas. También tiene que ver con el prestigio profesional. ¿Quién tiene el poder de definir qué es el sufrimiento mental? Ahora ese poder lo tienen psiquiatras y psicólogos. La sociedad nos ha concedido ese poder definicional y eso nos hace sentir bien. No queremos perderlo, pero debemos compartirlo. Podemos decir que tenemos una manera de entender el sufrimiento mental, pero no es necesariamente la única.

Psiquiatras y psicólogos podemos decir que tenemos una manera de entender el sufrimiento mental, pero no es necesariamente la única

-¿Qué tipo de sociedad produce menos sufrimiento mental?

-Una sociedad que aísla menos a las personas. Si una sociedad aborda las causas del sufrimiento mental, siempre tendrá más éxito que una sociedad que solo trata a las personas cuando ya han enfermado. Eso es actuar demasiado tarde. Desde el punto de vista de la salud mental pública, crear vínculos humanos y reducir el aislamiento siempre será más efectivo.

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