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Abbie sobrevivió al suicidio: "Elegí la vida, mi sensibilidad no es mi debilidad sino mi mayor poder"

El acompañamiento de psiquiatras y psicólogos ha sido clave para Abbie, una joven alicantina de 26 años que intentó quitarse la vida en tres ocasiones

Abbie Munz, paciente de 26 años: "Todavía tengo mucho amor por dar a las personas que me rodean".

Abbie Munz, paciente de 26 años: "Todavía tengo mucho amor por dar a las personas que me rodean". / Rafa Arjones

Sara Rodríguez

Alicante
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"Poder salir significa haber elegido la vida; es una forma de decirle al mundo y a mí misma que mi sensibilidad no es una debilidad, sino mi mayor poder. Todavía tengo mucho amor por dar a las personas que me rodean". Sin embargo, no siempre fue así. "La única manera que veía de no sufrir era terminar, no estar aquí. No quería ser un peso para mi familia y mis amigos; no se me ocurría otra posibilidad de poder estar mejor…".

El acompañamiento puede marcar la diferencia y abrir camino hacia la esperanza. | RAFA ARJONES

El acompañamiento puede marcar la diferencia y abrir camino hacia la esperanza. | RAFA ARJONES

Abbie Munz tiene 26 años. Al entrar al instituto, un cambio de clase que la separó de sus amigas la hizo sentir "muy sola". Además, una relación sentimental negativa la "marcó profundamente". Realizó tres intentos de suicidio. Encontró la fuerza para salir adelante tras una conversación con su madre, que le dijo una frase que "cambió su mentalidad": "Ya he perdido a una hija (su hermana falleció al nacer), no puedo perder otra". En ese momento, Abbie decidió que "tenía que mejorar no solo por mí, sino por mi entorno". Durante el proceso también estuvo arropada por el sistema sanitario: psiquiatras y psicólogos que ayudaron a que entendiera lo que le ocurría, pusiera nombre a su malestar y encontrara herramientas para afrontarlo.

Para Abbie Munz, fue clave la intervención de su profesora de música en 1º de Bachillerato. La joven cuenta que detectó su malestar y le recomendó acudir a un psicólogo después de que ella misma le confesara que "no podía más con mi vida". Todo ello tras sentir que "no tenía el control de nada de lo que pasaba a mi alrededor". Recuerda que tenía insomnio y que cada vez se aislaba más: "Para intentar recuperar algo de control, recurrí a la autolesión". Con todo, afirma que "ha sido un proceso de altibajos", en un camino en el que ha tenido que afrontar sus "traumas pasados" y ver cómo perdía amigos por su "inestabilidad". La joven pone el acento en más charlas sobre la importancia de la salud mental en el entorno educativo; en sanidad, preguntas rutinarias a los adolescentes; reducir el estigma, con más campañas, entre otros recursos.

A este contexto se suma la visión clínica de los especialistas. El doctor Jesús Mesones, jefe del servicio de Psiquiatría del Hospital de Torrevieja (Alicante) y vicepresidente de la Sociedad Española de Suicidología, advierte de un cambio relevante en los últimos años: "Se ha incorporado un nuevo perfil, una población muy sensible, que son los jóvenes. Son los que más nos preocupan hoy en día, entre los 12 y los 20 años".

La paciente Abbie Munz, el jefe de Psiquiatría del Hospital de Torrevieja, Jesús Mesones, la orientadorade la Conselleria de Educación, Maribel Villaescusa y los psicólogos Carlos Cabrera y Margarita Carrasco.

La paciente Abbie Munz, el jefe de Psiquiatría del Hospital de Torrevieja, Jesús Mesones, la orientadorade la Conselleria de Educación, Maribel Villaescusa y los psicólogos Carlos Cabrera y Margarita Carrasco. / Rafa Arjones

Presión digital

Según explica, este grupo está sometido a una "presión social y digital importante" en una etapa en la que el cerebro aún está en desarrollo, lo que puede aumentar la impulsividad. "Esto, unido a los efectos sociales, hace que tengan menor tolerancia a la frustración y al malestar emocional, y no estén tan preparados, pudiendo optar por la conducta suicida como mecanismo de liberación", señala. En este sentido, apunta que se trata de un fenómeno global, con un aumento de autolesiones -muchas de ellas sin intencionalidad suicida- y una creciente dificultad para gestionar expectativas y frustraciones.

Mesones subraya que factores como el bullying o el ciberbullying influyen de forma clara, así como el llamado "efecto contagio". A ello se suman circunstancias personales y elementos comunes en muchas conductas suicidas: "infelicidad, angustia y desesperanza". En un alto porcentaje -entre el 50 % y el 80 %- existe además un trastorno mental de base, generalmente depresión, junto a otros factores como consumo de tóxicos, experiencias tempranas adversas o traumas.

Una de las claves, insiste, es la detección precoz. "Las personas suelen dar indicios: malestar, insomnio, ansiedad, comentarios sobre no estar a gusto con su vida o sentirse desbordadas. No siempre hablan directamente de suicidio, pero sí expresan sufrimiento". Por ello, defiende la formación de los profesionales de atención primaria para "preguntar, evaluar y saber qué riesgo tiene esa persona en ese momento", así como la importancia de abordar directamente las ideas suicidas cuando aparece malestar emocional. "Existen herramientas para valorar el riesgo: si hay plan, cómo, cuándo y con qué medios", añade, junto a la evaluación de factores de protección como la familia o las creencias personales. El tratamiento, explica, combina intervención psicológica y farmacológica, con un seguimiento continuo: "Está demostrado que el contacto frecuente reduce el riesgo". También alerta de que, tras un ingreso, el riesgo puede aumentar, por lo que el acompañamiento es fundamental. En este proceso, la implicación del entorno es clave: "Las familias muchas veces no lo ven venir o lo minimizan. Por eso es necesaria la psicoeducación: entender las señales, no restar importancia y acompañar adecuadamente. Escuchar y validar el sufrimiento es esencial".

En este punto, Mesones amplía el foco más allá del ámbito sanitario: "El suicidio se puede prevenir. Es una responsabilidad de toda la sociedad". Y sitúa a los medios de comunicación como un agente determinante. "Este tipo de reportajes debe servir como efecto Papageno, un efecto positivo", afirma, en referencia a un enfoque que fomente la prevención y la búsqueda de ayuda. Frente a ello, advierte del riesgo del efecto Werther, el efecto contagio: "Es muy frecuente cuando se produce un suicidio y los medios lo amplifican, contando la manera, mostrando fotos o dando mensajes simplistas". Un tratamiento inadecuado que, concluye, "para los jóvenes es un desastre, porque entre ellos se contagia y empiezan a aumentar los intentos y las ideaciones suicidas".

En las aulas

En el ámbito educativo, Maribel Villaescusa, orientadora de la Conselleria de Educación de la Comunidad Valenciana y coordinadora de bienestar emocional, también constata un incremento de los casos desde la pandemia y el confinamiento. "Hemos visto un crecimiento importante de la conducta suicida, muy relacionado con el malestar emocional de los chicos y chicas", señala. Explica que se trata de una situación multicausal, marcada por el aislamiento durante el confinamiento, el uso intensivo de redes sociales y dificultades en habilidades sociales, junto a cambios en el entorno familiar y social. "El factor común es el malestar emocional; les ocurren cosas que no saben gestionar", resume.

Villaescusa destaca que cada vez más jóvenes piden ayuda, en un contexto en el que el suicidio ha dejado de ser un tema tabú y se habla más de recursos y factores de riesgo. Sin embargo, advierte de que los casos más preocupantes son aquellos que no muestran señales previas. Ante ello, los centros educativos cuentan con protocolos de actuación: detección, comunicación a dirección, valoración del riesgo y, según la gravedad, intervención, aviso a la familia y derivación a servicios sanitarios. Además, subraya el trabajo preventivo en bienestar emocional, especialmente en la gestión de emociones como la tristeza, la culpa o la ira.

Margarita Carrasco, psicóloga de la unidad de detección precoz del Hospital de Torrevieja, y Carlos Cabrera, miembro del mismo equipo, explican el funcionamiento de este recurso creado para conectar sanidad y educación. Impulsada por Consellería, esta unidad interviene directamente en los centros educativos cuando los docentes detectan señales de alarma y las medidas iniciales no son suficientes. "Nosotros no hacemos charlas ni talleres; intervenimos cuando hay un caso de riesgo", señalan. A partir de ahí, realizan una valoración del menor -personal, familiar y emocional- y deciden si intervenir o derivar a salud mental infanto-juvenil.

Sobre el aumento de los casos, apuntan a factores como el aislamiento social, el impacto de la pandemia, la baja tolerancia a la frustración y el uso de redes sociales, donde algunos menores canalizan el malestar a través del daño físico. Entre las señales de alerta destacan el aislamiento, el abandono de actividades habituales y los mensajes de desesperanza, así como la posible aparición en redes de mensajes de despedida o contenido relacionado con el suicidio.

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