Entrevista | Marisol Donis Farmacéutica y criminóloga
Marisol Donis, farmacéutica: "El 90% de las mujeres en psiquátricos no tenían ningún padecimiento, se las quitaba de enmedio"
La autora de "Mujeres grises sobre fondo negro", analiza cómo la psiquiatría funcionó como mecanismo de control social sobre las mujeres
"Eran tratamientos directamente sádicos. Por ejemplo, se aplicaban cataplasmas que provocaban heridas abiertas en la piel"

Cubierta del libro 'Mujeres grises sobre fondo negro' de Marisol Donis / Alrevés editorial

En 'Mujeres grises sobre fondo negro', Marisol Donis documenta casos de mujeres internadas en los entonces llamados 'manicomios' por conductas que se alejaban de la norma social. En esta entrevista, la autora profundiza en la idea de que la psiquiatría no solo trató enfermedades, sino que también sirvió para normalizar el encierro de mujeres consideradas incómodas.
-El libro plantea que la psiquiatría funcionó como una herramienta de control social sobre las mujeres. ¿En qué momento pasa de la intuición a la certeza de que esto era un patrón sistemático?
-No he pasado de la intuición a la certeza, porque lo que encuentro es otra cosa: una normalización del abuso. Se ingresaba a mujeres que no tenían ninguna patología mental y eso se hacía sin cuestionarlo. Bastaba una firma del padre, del marido o del hermano, y un diagnóstico que muchas veces era completamente arbitrario.
Se aplicaban prácticas como duchas frías para “quitar ideas de independencia”, se las ataba a la cama o se las mantenía sedadas
-Habla de diagnósticos como la “insania moral”. ¿Hasta qué punto eran categorías médicas y hasta qué punto eran categorías morales para disciplinar conductas?
-Creo que eran ambas cosas. Se hablaba de locura moral o de insanía moral para describir a mujeres que sabían distinguir el bien del mal, pero a las que se consideraba peligrosas por su forma de ser. En realidad, eran formas de etiquetar comportamientos que no encajaban en lo que se esperaba de ellas.
Eran formas de etiquetar comportamientos que no encajaban en lo que se esperaba de ellas
-Leyendo el libro, da la sensación de que muchas de estas mujeres no estaban enfermas, sino que eran incómodas.
-Totalmente. Aproximadamente el 90% no tenían ningún padecimiento que justificara un internamiento. Se las quitaban de en medio porque eran rebeldes, porque querían pensar por sí mismas o simplemente porque no encajaban en el papel que se les asignaba dentro de la familia.
Los psiquiátricos aparecen más como espacios de confinamiento que de cuidado. ¿Qué mecanismos hacían posible ese uso de la institución psiquiátrica?
-Yo los llamo “aparcamientos”. No sabían qué hacer con ellas. Muchas veces ni siquiera había médicos especializados, sino gestores. Se aplicaban prácticas como duchas frías para “quitar ideas de independencia”, se las ataba a la cama o se las mantenía sedadas con bromuros. Era un sistema que funcionaba porque había dinero detrás y porque nadie cuestionaba esos ingresos.
Lo importante es no volver a mirar hacia otro lado cuando se producen situaciones de control o de violencia
-En el libro describe tratamientos muy duros. ¿Somos conscientes hoy de la violencia que había detrás de esas prácticas?
-Sí, pero cuando los analizas con detalle ves que eran directamente sádicos. Por ejemplo, se aplicaban cataplasmas que provocaban heridas abiertas en la piel para que “saliera lo malo”. O se administraban tratamientos sin sentido médico. Eran prácticas que no buscaban curar, sino someter.
-Hay muchos casos en el ensayo. Si tuviera que escoger uno que condense mejor esta lógica de control, ¿cuál sería?
-El de Lucia Joyce, la hija de James Joyce. Era una mujer con talento, bailarina, con una vida por delante. Pero su familia la ingresa, empieza a ser medicada con barbitúricos, pasa por distintos centros y acaba sometida a electroshock y lobotomía. Termina completamente destruida. Es un ejemplo muy claro de cómo se podía desactivar a una persona.
Lucia Joyce, la hija de James Joyce acaba sometida a electroshock y lobotomía. Termina destruida. Es un ejemplo de cómo se podía desactivar a una persona
-El libro tiene una clara voluntad de reparación. ¿Qué significa reparar estas historias hoy?
-Para mí es fundamental que no se vuelva a normalizar el abuso. Todo esto ocurrió porque la sociedad lo aceptó. Hoy las leyes son distintas y las mujeres tienen más herramientas, pero lo importante es no volver a mirar hacia otro lado cuando se producen situaciones de control o de violencia.
Más sobre el libro: locura para silenciar
“Mujeres grises sobre fondo negro" (Alrevés) documenta casos de mujeres diagnosticadas e internadas por conductas que se alejaban de la norma social, especialmente entre el siglo XIX y la primera mitad del XX.
El libro describe cómo determinados diagnósticos, como la “insania moral”, funcionaban como categorías amplias que permitían incluir comportamientos muy diversos. El ensayo detalla también los motivos de internamiento que se recogen en documentos de la época. Conductas como contradecir al marido, burlarse de figuras de autoridad, llevar una vida considerada “inmoral” o mostrar un carácter calificado de “difícil” podían derivar en un ingreso. Estas categorías, lejos de ser excepcionales, formaban parte de un sistema que permitía clasificar y contener comportamientos que se alejaban del modelo de feminidad dominante.
En paralelo, el libro recorre las instituciones donde se ejercía este control. Los manicomios aparecen como espacios a menudo marcados por la saturación, la falta de higiene y la convivencia de perfiles muy diversos bajo una misma etiqueta diagnóstica. Centros como la Salpêtrière en Francia o diversos manicomios del Estado español ejemplifican este modelo, en el que la función de custodia a menudo predominaba sobre la terapéutica.
En cuanto a los tratamientos, Donis recoge prácticas que van desde las llamadas curas de reposo hasta intervenciones más invasivas, como la hidroterapia, las terapias de choque o determinadas prácticas ginecológicas vinculadas al diagnóstico de histeria. Estas intervenciones permiten situar las condiciones materiales en las que muchas mujeres fueron ingresadas y mantenidas durante periodos prolongados.
El libro incorpora numerosos casos concretos que ilustran estas dinámicas. Entre ellos, el de Elizabeth Packard, ingresada por su marido por discrepancias religiosas y posteriormente activista contra los internamientos involuntarios, o el de Juana Sagrera, internada en el marco de un conflicto patrimonial que implicaba el control de sus bienes. También aparecen otras figuras que permiten entender la diversidad de situaciones que podían desembocar en un diagnóstico psiquiátrico.
A través de estos ejemplos, la obra muestra cómo el diagnóstico podía tener consecuencias jurídicas y sociales, como la pérdida de capacidad legal, la separación del entorno familiar o la imposibilidad de gestionar el propio patrimonio. En este sentido, el libro apunta a la intersección entre medicina, derecho y estructura social en la definición de la locura femenina.
Sin adoptar un formato estrictamente académico, 'Mujeres grises sobre fondo negro' combina elementos históricos, médicos y culturales para reconstruir un periodo en el que la definición de la enfermedad mental estaba fuertemente condicionada por las normas sociales y de género. El resultado es un recorrido por distintos casos y contextos que permite observar cómo estas prácticas se sostuvieron en el tiempo y cómo afectaron de manera específica a las mujeres.
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