Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Cultura y bienestar

Carmen Prieto, activista: "Los libros me salvan"

"Hay momentos en los que otra vez siento la frialdad paralizante de la depresión rozándome"

"Los libros me rellenan el vacío y esos huecos que duelen, y se llenan de emociones y sentimientos de una vida inventada"

'Mujer leyendo en el jardín', de Mary Cassatt.

'Mujer leyendo en el jardín', de Mary Cassatt. / EPC

Carmen Prieto

Mataró
Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

Hace unos días que no estoy bien. Vuelvo a ver otra vez los ojos del monstruo, de la oscuridad. Hay momentos en los que otra vez siento la frialdad paralizante de la depresión rozándome. Y me invade el terror de volver a caer. Porque es precisamente eso; una caída. Una caída al vacío donde no encuentras a qué agarrarte y esperas horrorizada el golpe. No sé por qué. Los días ahora son más largos, el cambio de hora ilumina más las tardes y todo debería ser más alegre. Entonce… ¿por qué me pasa eso? "La primavera, la sangre altera", decía mi madre cuando era pequeña. 

La soledad me aplasta, me ahoga, me congela

Me está pasando desde Semana Santa, más o menos. La Semana Santa me ha parecido un mes. No acababa. Era incapaz de contagiarme de la alegría de la gente que veía disfrutar por la calle de sus vacaciones. Pero es algo que me suele pasar en vacaciones. Se paralizan las rutinas. Dejo de tener el contacto habitual con las diferentes personas. Y la soledad me aplasta, me ahoga, me congela. Y nada me distrae de unos pensamientos que enredan mi cerebro sin dejarme hacer nada. Quiero salir a que me dé el sol. A pasear con el calor templado de la primavera, pero he pasado tanto tiempo intentando descifrar el caos de mi cabeza que ya se ha hecho de noche. 

¡Tampoco puedo dormir!

Pero no puedo dormir. ¡Tampoco puedo dormir! La actividad cerebral no para tampoco de noche. Necesito distraer esos pensamientos con otra cosa. Así que cojo un libro. Y empiezo a leer. Por fin dejo de pensar en mi vida. Ahora ya no soy yo. Ahora estoy en otra historia, otra vida. Soy otra persona con otros problemas y otros pensamientos que no son míos. Me relajo. El movimiento de los ojos a lo largo de las palabras plasmadas en las páginas me da calma. Y me olvido de mí. Y el sueño me cierra los párpados y por fin me duermo… 

Los libros me salvan muchas veces de ese precipicio de la depresión. Me rellenan el vacío y esos huecos que duelen, y se llenan de emociones y sentimientos de una vida inventada por alguien que la ha escrito para que otros la lean. 

La escritura suple la dificultad que a veces tengo para hablar. Porque no es fácil encontrar a alguien que me quiera escuchar sin juzgar

Escribir también me salva. La escritura suple la dificultad que a veces tengo para hablar. Para contarle a alguien lo que me está hiriendo, pero no me atrevo a decir. Porque no es fácil encontrar a alguien que me quiera escuchar sin juzgar, sin dar consejos que en ese momento no quieres oír, sin hacerte sentir culpable por sentirte mal. No es fácil encontrar a alguien que se esfuerce por entender lo que es tan difícil explicar y que, además, te haga sentir que no estás sola y que está allí para apoyarte y para mostrarte que la vida vale la pena vivirla. 

Un día respiro ese aroma peculiar de la primavera El sol sigue rozándome la piel y los pájaros siguen cantando y me olvido de que ayer tuve un mal día

Y un día me levanto y respiro ese aroma peculiar de la primavera. Huele a flores, a mar. Ya no hace frío ni tampoco un calor asfixiante. Se oyen los pájaros y algo me empuja a cantar como ellos. Y salgo al patio y me da el sol y cojo el libro y sigo leyendo desde donde lo dejé. Y me sumerjo en la vida de los otros. Plácidamente, porque no es la mía. Y, mientras, el sol sigue rozándome la piel y los pájaros siguen cantando y me olvido de que ayer tuve un mal día

¡Qué gran invento son los libros! Y la escritura, porque los libros necesitan ser escritos… 

Suscríbete para seguir leyendo