Opinión
Omar Rueda, psicólogo: "La brutalidad a veces viene de personas aparentemente normales y esto es lo que inquieta"
"El mal extremo rara vez florece en el vacío absoluto. Suele hacerlo allí donde algo no fue detectado, donde algo no fue querido ver"
"El peligro está precisamente en su capacidad de pasar desapercibido, de mimetizarse, de habitar la normalidad sin delatarse de forma evidente"
"La introducción de la sexualidad en un contexto de agresión a un bebé nos coloca ante parafilias destructivas, o estructuras de personalidad profundamente alteradas"
El bebé maltratado por sus padres pasó por un CAP y tres hospitales antes de llegar a Vall d'Hebron

Pies de un bebé. / EPC
Hay casos que sacuden a la sociedad entera, no solo por la brutalidad de los hechos, sino porque nos obligan a mirar de frente algo que preferiríamos mantener lejos, fuera del campo de lo imaginable. El caso del bebé de apenas mes y medio, presuntamente abusado por sus propios padres y que está luchando por su vida en la uci neonatal de Barcelona, es uno de ellos. Y precisamente por eso, lo primero que conviene hacer es detenerse, no correr a etiquetar, ni precipitarse a dar explicaciones rápidas que, aunque tranquilicen momentáneamente a la población, pueden empobrecer gravemente la comprensión de lo que tenemos delante.
Estos casos obligan a preguntarnos cómo se forma un límite humano, cómo se protege, cómo se transmite
Con la información que ha trascendido a los medios, no estaríamos hablando de un episodio aislado, ni de un momento de desbordamiento emocional puntual, ni tampoco de una situación explicable únicamente por estrés, agotamiento, depresión o incapacidad parental. Lo que aparece es un patrón de violencia sostenida en el tiempo, con lesiones en distintas fases evolutivas y, además, con un componente sexual. Y ese dato cambia por completo el nivel de análisis.
Aquí la violencia no es accidental, ni reactiva, tampoco surge de una pérdida puntual de control, sino que se repite, se sostiene y atraviesa el tiempo, por lo que no estamos en el terreno del colapso emocional. Estamos en otro lugar: uno más oscuro, mucho más estructural e inquietante.
Para que una violencia así pueda producirse, el bebé tiene que haber dejado de ser percibido como un sujeto
Desde un punto de vista psicológico, hay un elemento fundamental para empezar a entender algo de lo que ha pasado: para que una violencia así pueda producirse, el bebé tiene que haber dejado de ser percibido como un sujeto. No estamos hablando simplemente de una falta de habilidades parentales ni de una respuesta torpe al llanto o a la frustración. Estamos hablando de una alteración mucho más profunda en la manera en que el otro es vivido.
El bebé, para estos padres -presuntamente responsables de los hechos-, nunca fue considerado como un ser humano con necesidades, dolor, vulnerabilidad, o un mundo interno que mereciera su protección. En algún momento, dejó de ser reconocido como alguien, y cuando eso ocurre, cuando el otro deja de ser una persona y se convierte en algo, el límite desaparece. El cuerpo del otro se vuelve utilizable, manipulable e invadible. Es entonces, cuando se abre una fractura moral y psíquica de enorme gravedad.
Ausencia de empatía
Esto es, en el fondo, lo verdaderamente perturbador. No solo el daño o la crueldad, sino el mecanismo que la hace posible: la deshumanización. Desde el sadismo y la deshumanización que envuelve este caso, sí que podemos pensar en rasgos compatibles con estructuras muy cercanas a la psicopatía encubierta. Y es importante explicar bien esto para no banalizar ni convertir el término en un insulto más. Cuando se habla de estructuras psicopáticas o de rasgos próximos a la psicopatía, no se está diciendo simplemente que alguien sea muy malo o muy frío. Se apunta a configuraciones donde hay una ausencia de empatía afectiva, una capacidad para reconocer de forma viva el sufrimiento del otro (y disfrutar de ello), una instrumentalización de las relaciones y, sobre todo, algo decisivo aquí: la repetición sin freno interno.
Ahora bien, sería un error reducir todo el caso únicamente a la psicopatía. Y aquí conviene ser especialmente cautos. La psicopatía no es la única variable que podría estar presente en una violencia de estas características. Cuando aparece, además, un componente sexual, el cuadro se vuelve más complejo.
La introducción de la sexualidad en un contexto de agresión a un bebé no puede entenderse como un mero añadido, porque no es un detalle secundario. Nos coloca ante la posibilidad de dinámicas de distorsiones gravísimas en la organización de la sexualidad, de parafilias destructivas, o de estructuras de personalidad profundamente alteradas donde placer, poder, control y anulación del otro, aparecen fusionados de manera patológica.
Personas aparentemente normales
La sociedad suele reaccionar ante hechos así, pensando que el peligro debe de ser necesariamente visible. Necesitamos creer que este tipo de perfiles son evidentes, que se reconocen a simple vista, que dejan señales claras, que habitan siempre en los márgenes, en lo monstruoso, en lo abiertamente desorganizado. Nos tranquiliza pensar eso, porque nos da una falsa sensación de control y seguridad. Pero la realidad, muchas veces, es más incómoda.
La brutalidad, no siempre viene de figuras grotescas o socialmente desadaptadas. A veces, hablamos de personas aparentemente normales, integradas, funcionales, incluso invisibles en lo cotidiano. Y esto es lo que inquieta, porque rompe una fantasía muy arraigada: la de que el mal extremo siempre viene envuelto en formas fácilmente reconocibles. Reconocer que el peligro está precisamente en su capacidad de pasar desapercibido, de mimetizarse, de habitar la normalidad sin delatarse de forma evidente, es algo que estamos empezando a comprender a través de experiencias profundamente traumáticas como esta.
No poner el foco en el diagnóstico
Por eso el foco, a mi juicio, no debería colocarse únicamente en la etiqueta diagnóstica, sino en el mecanismo. En cómo se produce la caída del otro como sujeto. En cómo se instala una lógica donde el cuerpo ajeno deja de operar como límite. Porque es ahí donde se cruzan muchas violencias: en el punto en que el otro ya no cuenta, ni pesa o duele. O, peor aún, en el punto en que su dolor no solo no frena, sino que puede volverse parte del circuito de excitación, dominio o descarga.
Esto obliga también a pensar algo que resulta incómodo pero necesario: la violencia extrema no nace de la nada. No aparece por generación espontánea. No se trata solo de individuos malvados, aislados del resto de la condición humana. Hay estructuras psíquicas, trayectorias, fallas profundas en la constitución del vínculo, distorsiones severas en la capacidad de empatía y, en algunos casos, formas de goce patológico ligadas al sometimiento del otro. Comprender esto no implica justificar nada, sino aprender a ver el mecanismo sin esconderse tras palabras que solo sirven para expulsar el problema fuera de nosotros.
No se trata solo de individuos malvados, aislados. Hay estructuras psíquicas, trayectorias, fallas profundas en la constitución del vínculo
Quizá, una de las razones por las que estos casos conmocionan tanto es precisamente esa: porque nos obligan a reconocer que el límite humano no está garantizado por el simple hecho de ser humanos. El reconocimiento del otro como sujeto no surge mágicamente: se construye, se sostiene o se rompe. Y cuando se quiebra, lo que emerge puede adquirir formas estremecedoras.
Estos casos conmocionan porque nos obligan a reconocer que el límite humano no está garantizado por el simple hecho de ser humanos
No se trata solo de mirar a los agresores. También se trata de mirar los contextos, los silencios, las negaciones y las cegueras colectivas. La sociedad tiene tendencia a manifestarse, solo cuando el horror ya es imposible de ocultar. Antes de eso, muchas señales son minimizadas, relativizadas o directamente no vistas. Y esto no significa repartir culpas indiscriminadamente, sino entender que el mal extremo rara vez florece en el vacío absoluto. Suele hacerlo allí donde algo no fue detectado, donde algo no fue querido ver, donde el sufrimiento de una víctima radicalmente indefensa no encontró a tiempo una mirada protectora.
Más allá del impacto, de la indignación legítima o incluso de la necesidad de justicia, estos casos nos obligan a sostener una reflexión más honda. Nos obligan a preguntarnos cómo se forma un límite humano, cómo se protege, cómo se transmite y qué pasa cuando desaparece. El verdadero espanto no está solo en la violencia visible, sino en el mecanismo silencioso que la hace posible: dejar de ver al otro como alguien.
Omar Rueda Díaz, psicólogo
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