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Medicación y riesgos (I)

Mònica, 22 años, adicta a los ansiolíticos: "Buscaba la pastilla como una yonqui"

"Agredí a mi madre, a su pareja, buscando por toda la casa una pastilla, como una yonqui, mi mundo se fue abajo, me autolesioné", recuerda

"Tengo pacientes de heroína que no están como tu hija", le dijeron a su madre en un centro de desintoxicación

La joven y su madre denuncian que han tardado cinco años en lograr el diagnóstico adecuado

Diagnóstico de autismo y adicción a los ansiolíticos

Jordi Otix / EPC

Fidel Masreal

Fidel Masreal

Barcelona
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Mònica tiene 22 años y sueña con debutar como actriz en una gran producción o protagonizar un musical en Londres. O en Broadway, por qué no. Su vocación es esa. Pero su vida ha sido, en los últimos cinco años, una lucha constante por salir de una adicción a las benzodiazepinas -ansiolíticos- que la llevó, en sus propias palabras, a convertirse en una yonqui. Hasta que descubrió que el problema de fondo era otro.

Todo empezó en el Bachillerato y con la ansiedad que le provocaban los exámenes. "Pasa algo, le decía a mi madre, tenía muchísimos ataques de pánico y no quería medicarme porque me daba miedo, estaba superdesregulada", recuerda. "Es como tener fuego en el cuerpo, sientes que te dará un ataque de corazón y empiezas a temblar, a hiperventilar, no puedes ni andar", describe.

Tras uno de estos ataques, en el servicio de Psiquiatría del Hospital del Mar le indicaron que debía medicarse. La medicación lograba cierta estabilización, pero la ansiedad no cejaba. Y en el centro de salud mental -donde tenía visitas cada seis meses- le recomendaron que, en lugar de ir a Urgencias, tuviera a mano el diazepan -ansiolítico- de rescate cuando tuviera un ataque.

Barcelona 23/01/2026 Sociedad. Sandra y su hija Eva,de 23 años,que ha pasado un periplo de diagnósticos de salud mental hasta que le diagnosticaron autismo. AUTOR: JORDI OTIX

Sandra y su hija Mònica (nombre ficticio), tras la entrevista. / Jordi Otix / EPC

Ataques a diario

Los ataques eran diarios. Le subieron la dosis del ansiolítico. El psiquiatra le recomendó un diazepan para dormir. Y fue derivada a la Unidad de Ansiedad, donde la enfrentaban a los síntomas como la taquicardia o la sudoración.

Cogí adicción muy fuerte, mi cuerpo quería la pastilla y creaba este malestar que yo tenía para poderla tomar

"Me tomaba el diazepan por la noche, levantaba a las dos de la mañana, no iba a clase porque estaba KO, y al día siguiente lo mismo, hasta que me lo retiraron, solo me daban el de rescate, pero ya no me hacía nada" cuando tenía un ataque, recuerda Mònica (que prefiere mantener el anonimato y no se llama Mònica). Quería un segundo diazepan. "Llegué a pedir diazepan por la calle, estaba enganchada y cogí una adicción muy fuerte, mi cuerpo quería la pastilla y creaba este malestar que yo tenía para poderla tomar,", detalla.

"Me quise ir"

La situación fue a peor. Quiso irse de casa con su padre -separado de su madre- porque consideraba que no era comprendida. En uno de esos ataques, la madre no quiso darle el diazepan, ("yo tenía toda la medicación escondida", apunta su madre, y le daba solo una pastilla, la de rescate) y Mònica se fue porque sentía que se estaba ahogando, que se moría. "Busqué por toda la casa donde estaban las pastillas, como una yonqui, y pensé que la única solución era ir a la ventana y ya sé que esto no se ha de hacer, y yo no quería hacerlo, estaba fuera de mí, y me quise ir".

"Era como una enajenación, como una persona que tiene la mirada fija, corriendo hacia la ventana, ida; fui corriendo detrás -recuerda entre lágrimas- y la saqué con todas mis fuerzas hacia fuera, y abrí la puerta de la casa, se fue corriendo escaleras abajo", recuerda, emocionada, su madre, Sandra.

Barcelona 23/01/2026 Sociedad. Eva,de 23 años,que ha pasado un periplo de diagnósticos de salud mental hasta que le diagnosticaron autismo. AUTOR: JORDI OTIX

Mònica (nombre ficticio), tras la entrevista. / Jordi Otix / EPC

"Se tomó todo el blíster"

Pero ese episodio no acabó con el dolor. Asociaba la casa de su madre con la ansiedad. Los Servicios Sociales le proporcionaron un piso tutelado compartido con otras jóvenes. "Mis compañeras, cuatro chicas, estaban peor que yo, tenían depresión y no tenían padres; yo me tomaba el diazepan de rescate, y me lo iba tomando; mis compañeras estaban fatal y mi ansiedad se triplicó. Quería un lugar seguro y fue peor. Y los educadores no hacían absolutamente nada".

Las compañeras de piso le robaban medicación de su habitación. Una de ellas que ingirió todo el blíster de pastillas. Ella fue la que llamó a la ambulancia y a los educadores del Ayuntamiento de Barcelona. "Nadie me cogía el teléfono, mi compañera estaba inconsciente, con convulsiones", detalla. Ese año en ese piso, en definitiva, no le proporcionó la calma y la estabilidad que necesitaba. Más bien al contrario.

"Yo creía que tenía algo más"

Mientras, Mònica insistía a los médicos en que su problema iba más allá de la ansiedad. Trastorno de la Personalidad, bipolaridad... Los profesionales le decían que no. Que era ansiedad. Volvió con su madre y la situación va a peor. Sufrió una ruptura sentimental. Empezó a visitar a una psicóloga privada. "Con esta sí que hablábamos -dice la madre- y la profesional se dio cuenta de la dependencia al diazepan". Y les adviertió de que no había terapia posible hasta que no se desenganchara. Le quitó de golpe la medicación.

"Buscando la pastilla como una yonqui"

"Reaccioné con agresividad, agredí a mi madre, a su pareja, buscando por toda la casa una pastilla, como una yonqui, mi mundo se fue abajo, me autolesioné, quería dolor físico para compensar el dolor mental. Estaba pasando un síndrome de abstinencia muy bestia", recuerda Mònica.

El centro de desintoxicación es la peor experiencia de mi vida, estaba rodeada de drogadictos, alcohólicos, todos mayores que yo

E ingresó en un centro de desintoxicación lejos de Barcelona. "Es la peor experiencia de mi vida, estaba rodeada de drogadictos, alcohólicos, todos mayores que yo; por benzos [benzodiazepinas] había dos o tres personas de cuarenta pacientes", explica. "Las terapias eran superduras, tenía un síndrome de abstinencia total, los psiquiatras no sabían qué hacer conmigo, me fugué tres veces a la montaña, sola", añade. "Una película de terror, estuve un mes".

Tu hija está muy mal, no podemos con ella, no puede estar en este centro [que costaba 9400 euros mensuales], tengo pacientes de heroína que no están como ella", le dijeron a la madre, que se plantó. De ahí a un centro de día para la adicción, también privado. Mònica tenía ahora dos diagnósticos: la ansiedad y la adicción. De aquí también intentó fugarse.

"Creo que tiene rasgos autistas"

Hasta el pasado mes de septiembre, Mònica no ha recibido el diagnóstico de que su problema es Trastorno del Espectro Autista (TEA). El psiquiatra e investigador Benedikt Amann le ofreció una plaza pública de hospital de día del Fòrum, en Barcelona, antes del verano, durante el que sufrió un episodio disociativo. "No era consciente de nada, no podía hablar", relata.

En ese centro de día fue cuando, por fin, descubrieron los bucles de pensamiento de Mònica y otros comportamientos y fue cuando Benedikt le comentó a su madre que veía rasgos de autismo. "Yo ya notaba pensamientos muy intrusivos, no salía de una idea", recuerda ella.

"En el teatro no siento la ansiedad"

Ahora Mònica está en otro hospital de día en Barcelona. Dice que está mejor pero le cuesta. Sigue luchando con la ansiedad. De momento, ha de estar siempre acompañada de su madre o su abuelo, no puede estar sola. "Sin el diazepan, no puedo hacer las cosas -confiesa- tengo miedo de tener un ataque". "Ahora tengo una psicóloga en un centro privado de autismo -porque no hay nada público- con la que conecto superbién".

Falta mucho recorrido, mucho tiempo, pero este es el camino, hacer una vida normal, es lo que más quiero

Mònica

— Testimonio en primera persona

Mònica cuida la sobre estimulación que sufre desde pequeña respecto a las luces y los sonidos. Y está convencida de que sí, de que será actriz profesional. Ha hecho un videoclip y ha actuado de extra en algunas series. "Quiero acabar mi formación porque en el teatro es en único lugar donde no siento la ansiedad", concluye. Eso, y continuar la terapia. "Falta mucho recorrido, mucho tiempo, pero este es el camino, hacer una vida normal, es lo que más quiero".

Nada para las personas con TEA

Sandra, una madre coraje, guarda una carpeta todo el periplo de lucha por el que ha tenido que pasar, junto a otros dos hijos menores que Mònica, durante estos años. Se ha sentido excluida del tratamiento porque Mònica ya era mayor de edad. "No hay feedback ni trabajo conjunto", denuncia. No ha podido recibir terapia en casa. No ha tenido apoyo psicológico en los ingresos en planta. Y un día recuerda como una punzada que un psiquiatra le dijo que "trabajara mi sentido de culpa ante la posibilidad del suicidio de mi hija".

Faltan servicios públicos para personas con TEA"

Sandra

— Madre de Mònica

Y sobre el autismo, denuncia la falta de formación entre los profesionales y lamenta el tiempo de espera para que fuera derivada a la Vall d'Hebron. El precio de 600 euros por un diagnóstico. "Faltan servicios públicos para personas con TEA", concluye. Con todo, se despide con una sonrisa de agradecimiento. Siempre junto a su hija.

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