Pérdida de control invisible (y II)
Adición al sexo: cuando deja de ser una elección y hay que pedir ayuda
Marta, adicta al sexo: "No buscaba placer, buscaba no sentir"

Un abrazo entre dos personas. / Dmytro Sheremeta

“La clave no es la cantidad”. El psicólogo Txus Carilla, experto en adicciones comportamentales del Centro de Tratamiento de Adicciones Comportamentales de Barcelona (CTAC), insiste en empezar por ahí. “No hablamos de mucha actividad sexual ni de una libido elevada. Hablamos de incapacidad para detenerse pese a querer hacerlo”.
La Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) de la Organización Mundial de la Salud (OMS) recoge lo que denomina “trastorno por conducta sexual compulsiva”. “No es un juicio moral”, subraya. “Es un patrón persistente en el que la persona intenta regular la conducta y no lo consigue, a pesar de las consecuencias”. Según Carilla, la diferencia entre una vida sexual activa y un problema no es moral ni cuantitativa: “Hay personas con mucha actividad sexual que no tienen ninguna dificultad. El criterio es la pérdida de control y el malestar”.
Qué no es adicción al sexo
“El deseo sexual frecuente no es un trastorno”, afirma. Carilla insiste en que explorar la sexualidad, fantasear o tener interés por el sexo forma parte de la normalidad. “Lo que nos orienta no es el número”, resume. “Es si la persona ha intentado regularlo y no puede, y si eso le genera sufrimiento o consecuencias”.
Cuándo puede ser un problema
Carilla señala algunos indicadores habituales:
- La persona ha intentado reducir o parar y no lo consigue.
- Dedica cada vez más tiempo o necesita estímulos más intensos.
- Existe ocultación sistemática.
- Aparecen conflictos en la pareja o en el ámbito laboral.
- Hay culpa recurrente y, aun así, el patrón se repite.
“Muchas veces no buscan más placer”, añade. “Buscan alivio”. El sexo puede convertirse en una vía rápida para regular emociones como la ansiedad, la tristeza o el vacío. Cuando eso ocurre, explica, la conducta deja de ser una elección consciente y se transforma en una respuesta automática frente al malestar.
Cómo se aborda terapéuticamente
El objetivo es recuperar la capacidad de elección. El primer paso es una evaluación detallada. “Intentamos entender cuándo empieza el patrón, en qué momentos aparece y qué lo activa”, explica. No se trata solo de cuantificar la conducta, sino de identificar los desencadenantes: situaciones de estrés, soledad, ansiedad o conflicto. “Muchas veces hay una función muy clara”, apunta. “La conducta sirve para regular emociones que la persona no sabe gestionar de otra manera”.
No se trata solo de dejar de hacer una conducta. Se trata de tener otras maneras de gestionar lo que la conducta estaba tapando
A partir de ahí, el trabajo se centra en distintos ámbitos. Por un lado, en la regulación emocional: “aprender a reconocer el malestar antes de que se transforme en impulso”, en palabras de Carilla. Por otro, en la identificación de pensamientos distorsionados —como la idea de que ‘ya que he fallado, todo da igual’— que perpetúan el ciclo.
También se trabajan estrategias concretas de prevención de recaídas, planificación de situaciones de riesgo y construcción de alternativas saludables. “No se trata solo de dejar de hacer una conducta”, insiste Carilla. “Se trata de tener otras maneras de gestionar lo que la conducta estaba tapando”.
En algunos casos, el proceso puede incluir a la pareja o abordar otras dificultades asociadas, como ansiedad o depresión. El objetivo, resume Carilla, no es eliminar la sexualidad, sino restaurar el control. “Trabajamos para que la persona vuelva a decidir”, concluye.
Un porcentaje de hasta el 10%
Algunos estudios académicos y datos del Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones (OEDA) sitúan la prevalencia del trastorno entre el 3% y el 6% de la población general. Otras investigaciones amplían la horquilla hasta el 10% si se incluyen conductas de riesgo o síntomas moderados. Se trata, en todo caso, de estimaciones aproximadas, ya que no todas las personas con dificultades buscan ayuda ni todos los estudios utilizan los mismos criterios diagnósticos.
La mayor parte de los casos detectados corresponden a hombres —entre tres y cinco por cada mujer—, aunque los especialistas apuntan a un posible infradiagnóstico femenino vinculado al estigma y a la presión social.
Más allá de las cifras, Carilla insiste en que el criterio relevante es el malestar individual. El psicólogo recomienda pedir orientación profesional “cuando la conducta genera malestar sostenido o interfiere en la vida cotidiana”. No hace falta esperar a una crisis grave. “Si la persona siente que ha perdido la libertad de decidir y que la conducta se ha convertido en la única vía para gestionar emociones, es un buen momento para consultar”.
Suscríbete para seguir leyendo
- El juez ordena a la Guardia Civil que localice al cantante Francisco por un pleito por impago de la pensión a su hija
- La Organización Marítima Internacional avisa a EEUU que un bloqueo del estrecho de Ormuz va contra la ley internacional
- Avance quirúrgico: el Hospital de Bellvitge realiza dos doble 'by-pass' para extirpar dos cánceres de páncreas inoperables
- Tania García, educadora, sobre las consecuencias de dormir con tus hijos: 'El cerebro infantil obtiene todo lo que necesita”
- El último truco de las estafas telefónicas: “Me ha faltado al respeto, el departamento de penalizaciones le multará con 185 euros
- Sonia Pernas, oncóloga: 'En cáncer de mama precoz muchas pacientes siempre sienten la espada de Damocles
- La Seguridad Social activa una ayuda de hasta 733 euros al mes para jóvenes que viven con sus padres
- En el pueblo somos como una familia': Mariona, Pol y Agustí, tres jóvenes que revitalizan un municipio rural de Barcelona