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Pérdida de control invisible (I)

Marta, adicta al sexo: "No buscaba placer, buscaba no sentir"

Un hombre y una mujer adictos a la pornografía y la conducta sexual explican su vivencia

Las adicciones se convirtieron en un mecanismo de regulación emocional

Normalización, vergüenza y silencio pueden retrasar la búsqueda de ayuda

Una pareja desnuda en la cama.

Una pareja desnuda en la cama. / A00484480 3016 / GTRESONLINE

Marc Darriba

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Barcelona
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Nadie lo habría dicho. Cumplían, llevaban una vida aparentemente normal. Pero el sexo había dejado de ser una elección libre para convertirse en un automatismo. Sergi y Marta —que prefieren mantener el anonimato y no se llaman así— describen cómo la pérdida de control puede pasar desapercibida hasta que el malestar se vuelve imposible de ignorar.

“Era funcional, pero no era libre”

“Por fuera, nadie lo habría dicho- describe Sergi-, cumplía en el trabajo, llegaba puntual, hacía mi vida. No parecía que tuviera ningún problema”. El problema, dice, era que había una parte de su vida que no controlaba. “Cuando empezaba, no podía parar. Me decía: hoy no. Y a las pocas horas volvía”.

Cuando empezaba, no podía parar. Me decía: hoy no. Y a las pocas horas volvía

Sergi

— Adicto a la pornografía

Sergi no habla de escándalos ni de historias truculentas. Habla de horas. De horas que se deslizaban frente a una pantalla. De la sensación de que aquello que había empezado como una elección se había convertido en un automatismo “Era funcional -insiste- pero no era libre”. Después llegaban la culpa y la promesa. “Esta es la última vez”. Y al día siguiente, o a la semana siguiente, el ciclo se repetía.

Crecí con la pornografía al alcance. Está en el bolsillo, está en todas partes. Es muy fácil decir que no pasa nada porque todo el mundo lo hace”, recuerda. Durante mucho tiempo, eso mismo se repetía: no pasa nada, es normal. “Hasta que un día te das cuenta de que no estás eligiendo tanto como creías”.

Me sentía doblemente fuera de lugar por hacerlo y por no poder decirlo

Marta

— Adicta al sexo

Los profesionales hablan de pérdida de control cuando “la persona ha intentado regular la conducta y no ha podido”, explica el psicólogo Jesús (Txus) Carilla, experto en adicciones comportamentales del Centro de Tratamiento de Adicciones Comportamentales de Barcelona (CTAC). “No es una cuestión de cantidad, sino de la relación con la conducta y del malestar que genera”, añade.

“No buscaba placer, buscaba no sentir”

Marta no habla de funcionalidad. Habla de vacío. “Yo no lo vivía como algo excitante. Lo vivía como una forma de no sentir”. Durante mucho tiempo, explica, el sexo fue “una anestesia”. Una manera rápida de silenciar la ansiedad, la tristeza o esa sensación difusa de que algo no encajaba.

Me daba mucha vergüenza. No encajaba con la idea que tenía de mí misma

Marta

— Adicta al sexo

“No era tanto el placer”, dice. “Era el descanso. Durante un rato dejaba de pensar”. A diferencia de Sergi, ella no encontraba demasiada normalización a su alrededor. “Me daba mucha vergüenza. No encajaba con la idea que tenía de mí misma”. El silencio era doble: hacia los demás y hacia ella. “Me costaba mucho reconocer que tenía un problema. Pensaba que esto no les pasaba a mujeres como yo”.

“No es que la persona tenga un problema con el sexo”, apunta Carilla. “Muchas veces lo ha estado utilizando como solución a algo que le dolía”. Marta lo reconoce ahora, con distancia: “No estaba buscando sexo. Estaba buscando no sentirme así”.

Entre la normalización y la vergüenza

Son dos historias diferentes. Dos silencios distintos. Dos caminos que parecen opuestos —normalización y silencio; funcionalidad y vacío— pero que convergen en un mismo punto: la sensación de que la conducta había dejado de ser una elección.

Sergi tardó en pedir ayuda porque no terminaba de identificarlo como un problema. “Si todo el mundo lo hace, ¿cómo va a ser grave?”. La pornografía formaba parte del paisaje cotidiano. “Entre amigos era casi una broma. No era algo que cuestionaras”. La normalización le dio coartada. “Me decía que era exagerado pensar que necesitaba ayuda”.

No es una cuestión de cantidad, sino de la relación con la conducta y del malestar que genera

Jesús (Txus) Carilla

— Psicólogo del Centro de Tratamiento de Adicciones Comportamentales de Barcelona (CTAC)

Marta, en cambio, vivió el proceso casi al revés. “Yo no podía contárselo a nadie. No porque fuera escandaloso, sino porque no encajaba con la imagen que creía que debía proyectar de mí misma”. “Me daba miedo que me juzgaran. Que pensasen cosas de mí”, añade. Mientras que en los hombres la conducta podía diluirse en la idea de que “es normal”, en ella la vergüenza era más solitaria: “Me sentía doblemente fuera de lugar”, dice. “Por hacerlo y por no poder decirlo”.

Carilla apunta que el sexo sigue oscilando culturalmente entre dos extremos: la banalización y la moralización. “O no pasa nada o está mal visto”. En ese terreno ambiguo, el hecho de admitir que algo se ha desregulado implica exponer una parte muy íntima de la identidad.

Pedir ayuda no es exagerar

Muchas personas llegan a consulta después de un detonante: una discusión, un descubrimiento, un límite que se rompe. “Yo no vine porque quisiera”, admite Sergi. “Vine porque durante meses había intentado poner fuerza de voluntad. Me decía que era cuestión de carácter. Que, si realmente quería, podría parar”. No funcionó.

Marta recuerda el momento con una mezcla de alivio y miedo. “Me daba más miedo seguir igual que pedir ayuda”. Lo más difícil no era explicar lo que hacía, sino reconocer por qué lo hacía. “Cuando lo dije en voz alta, me di cuenta de que no era la única. Y eso fue muy fuerte”.

Me di cuenta de que ya no me gustaba la persona en la que me estaba convirtiendo

Sergi

— Adicto a la pornografía

Carilla lo resume así: “La fuerza de voluntad es necesaria, pero no es suficiente”. Reducirlo todo a esfuerzo personal suele aumentar la culpa y el secretismo. “Si llegan hasta aquí, no es por falta de esfuerzo, sino porque aquello que estaban utilizando como solución ha dejado de funcionar”.

Ni Sergi ni Marta hablan hoy de prohibiciones. Hablan de recuperar la libertad. “No quería dejar de tener sexualidad ´dice él- quería que no me pasara por encima”. Ella lo formula de otra manera: “Quería volver a sentir sin anestesiarme”. “Pedir ayuda no fue exagerar”, coinciden. “Fue empezar a ser honestos con nosotros mismos”.

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