Guerra en Irán e impacto emocional
Leila Mohammadi, iraní en Barcelona: "Intentas seguir con tu vida normal, pero una parte importante de ti sigue allí"
"No puedes dormir, mi cerebro piensa todo el tiempo en lo que está pasando", explica esta profesora de la UAB cuya familia está en Irán
"Emocionalmente, la persona puede seguir anclada a lo que está ocurriendo en su país", describe el psicólogo Claudio Moreno

Leila Mohammadi / Linkedin

A medianoche en Barcelona —ya de madrugada en Irán— Leila Mohammadi mira el móvil. Al otro lado del mundo, los ataques acaban de comenzar. “Siempre estás esperando que llegue la mala noticia”, explica. “No puedes dormir. La parte más importante de mi cerebro está pensando todo el tiempo en lo que está pasando”.
No puedes dormir. La parte más importante de mi cerebro está pensando todo el tiempo en lo que está pasando
Profesora del Departamento de Publicidad, Relaciones Públicas y Comunicación Audiovisual de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), esta semana ha iniciado una estancia de investigación en Chile. Pero la noche anterior a los ataques estaba en Irán, visitando a su familia. Su vuelo se canceló y tuvo que desplazarse hasta Turquía para poder tomar otro avión, regresar a Barcelona, preparar el equipaje y viajar a América Latina. Desde la distancia vive el conflicto en una doble dimensión. Racionalmente, sabe que está segura. Emocionalmente, no.
Seguridad física, vulnerabilidad emocional
Vivir un conflicto desde la distancia no implica vivirlo con menor intensidad. La diferencia horaria convierte las noches en una espera tensa. “Cuando empiezan los ataques a medianoche en Irán, aquí todavía es temprano y puedo seguir las noticias. Después intento dormir, pero es difícil desconectar”, explica Mohammadi.
Este estado de vigilancia constante no es excepcional. El psicólogo Claudio Moreno, (de la organización social ACCEM y coordinador del Grupo de Trabajo de Movimientos Migratorios, Refugio, Asilo y Relaciones Interculturales del Colegio Oficial de Psicología de Catalunya), señala que el cerebro puede mantenerse en “estado de alerta” aunque la persona se encuentre físicamente en un entorno seguro. “Racionalmente, la persona sabe que está protegida. Pero emocionalmente puede seguir anclada a lo que está ocurriendo en su país”, explica.
Aunque la persona esté en un entorno seguro, el cuerpo puede reaccionar como si la amenaza fuera inmediata
Cuando esa alerta se prolonga, puede tener consecuencias. “El sueño, la concentración y la regulación emocional pueden verse afectados. Aunque la persona esté en un entorno seguro, el cuerpo puede reaccionar como si la amenaza fuera inmediata”, añade Moreno. Según el psicólogo, la conexión constante a noticias y redes sociales puede reforzar esa vigilancia. “La exposición permanente mantiene el estado de alerta. Si se prolonga en el tiempo, desgasta”.
El trauma que no termina de cerrarse
Para Mohammadi, la alerta actual no es un episodio aislado. En 2009 participó en protestas contra el régimen iraní tras las elecciones presidenciales. Durante una de las manifestaciones recibió golpes en las rodillas con una porra eléctrica y pasó una semana hospitalizada. Poco después decidió marcharse del país.
“Hasta entonces quería quedarme y luchar”, recuerda. “Pero llegué a un punto de decepción”. Cuando se le pregunta si la situación actual ha reabierto heridas del pasado, su respuesta es clara: “Nunca lo olvidé. No es algo que pertenezca al pasado”.
Tenemos experiencias diferentes y maneras diferentes de vivirlo. No deberíamos juzgar cómo reacciona el otro
Según Moreno, las experiencias traumáticas no siempre desaparecen con el tiempo. “Pueden quedar encapsuladas. La persona puede funcionar con normalidad durante años, pero un nuevo estresor —como un conflicto en el país de origen— puede reconectar con esa experiencia y reactivar el estado de alerta”, explica. “No es que el pasado vuelva; es que la experiencia no se había terminado de integrar del todo”.
Por qué algunos celebran los ataques
Una de las reacciones que más desconcierta fuera de Irán es la celebración pública de algunos sectores de la población ante los ataques. Mohammadi pide matices. “No es que la gente no entienda los intereses geopolíticos. Lo saben”, explica. “Pero hay una rabia acumulada durante décadas contra un régimen que ha reprimido y matado a jóvenes. Para algunos, estos ataques pueden abrir una posibilidad, una esperanza”.
La persona puede funcionar con normalidad durante años, pero un nuevo estresor puede reconectar con esa experiencia
La profesora insiste en que no todas las personas lo viven igual. “Lo que está pasando significa cosas distintas para cada uno de nosotros. Tenemos experiencias diferentes y maneras diferentes de vivirlo. No deberíamos juzgar cómo reacciona el otro”. Moreno recuerda que las respuestas emocionales ante un conflicto pueden ser contradictorias. “El miedo y la esperanza pueden convivir. El hecho de estar lejos no elimina el vínculo afectivo con lo que ocurre”, señala.
Vivir la guerra desde fuera
Para Mohammadi, la distancia no elimina la inquietud. “No estás oyendo las bombas, pero las imaginas”, explica. “Intentas seguir con tu vida normal, pero una parte importante de ti sigue allí”. Según Moreno, reconocer estas reacciones como respuestas esperables es un primer paso para evitar que la alerta se cronifique. “Regular el consumo de información, mantener rutinas y disponer de espacios donde expresar lo que se vive ayuda a integrar la experiencia y reducir el estrés sostenido”, apunta.
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