Novedad editorial
Jordi Chicletol, comunicador: «Durante años confundí ser querido con ser celebrado»
El barcelonés Jordi Gómez Montané habla de acoso escolar, validación y adicción
"Necesitaba sentirme guay, necesitaba sentirme validado por la gente", revela

Jordi Chicletol en los Jardines de la Sedeta de Barcelona. / MANU MITRU / EPC

De pequeño, Jordi Gómez Montané (Barcelona, 1985), conocido públicamente como Jordi Chicletol, aprendió que ser “guay” podía ser una forma de supervivencia. El acoso escolar que sufrió en la escuela y la sensación de no encajar convirtieron la validación en una necesidad urgente. “Necesitaba sentirme guay, necesitaba sentirme validado por la gente. Después de haber sido el niño marginado y haber experimentado fracaso escolar, ciertamente fue una necesidad que tuve de mayor”. Ahora publica "Casi me muero (y otros hits)".
"Me llamaban marica"
En la escuela, los insultos formaban parte del día a día. “Me acuerdo de que por el pasillo del cole me llamaban marica…”. Ese acoso escolar dejó huella. En ese contexto, la cultura pop funcionó como refugio y como proyección posible. “A mí la cultura pop y el entretenimiento me han dado un esparcimiento, un refugio y quizá también ver un horizonte de posibilidades”.
Las "Spice Girls", la radio y los recopilatorios de música no eran solo entretenimiento: eran un espacio donde imaginar una identidad alternativa cuando el entorno no ofrecía reconocimiento. La necesidad de ser visto no era un capricho adolescente. Era una forma de compensar la vergüenza y la sensación de ser diferente. Con el tiempo, esa urgencia se sofisticó.
El personaje como mecanismo de supervivencia
Con los años, esa necesidad tomó forma de personaje. “Yo tenía como un personaje de rockstar, fucker, entertainer, que me pensaba que… pero no, las heridas estaban ahí debajo. Eran disfraces y máscaras”. Lo que había empezado como protección se convirtió en identidad pública.
Yo tenía como un personaje de rockstar, fucker, entertainer, que me pensaba que… pero no, las heridas estaban ahí debajo
Ese personaje se consolidó en los entornos donde comenzó a construir su trayectoria profesional: las cabinas de DJ, la noche queer de Barcelona. “Me creé estos personajes de rockstar, del DJ, el entertainer nocturno, del Nightlife Queer de Barcelona”. La exposición, el ritmo y la intensidad formaban parte del juego.

Jordi Chicletol. / MANU MITRU / EPC
“El personaje me lo permitía… me permitía, básicamente, ser funcional y navegar los entornos y los espacios que ocupaba”. La máscara no era solo apariencia; era una herramienta para moverse con seguridad en espacios de alta visibilidad. Pero también implicaba sostener una imagen constante que, con el tiempo, se confundió con la propia identidad.
Ocio nocturno, éxito y normalización del consumo
En ese contexto profesional, el consumo no aparecía como una ruptura, sino como una extensión natural del relato de éxito. La noche, los camerinos, las fiestas y las semanas de la moda formaban parte del paisaje laboral: “En los camerinos de las discotecas, en las semanas de la moda también había droga”. No era excepcional; era habitual.
La toxicidad y lo negativo vino tan progresivo y gradual que no me di cuenta hasta que fue casi demasiado tarde
“Hay ciertas industrias que también las tienen como más normalizadas, como las creativas o el entretenimiento”, explica. En estos entornos, la productividad y la intensidad a menudo se confunden con fortaleza. El relato de la persona exitosa que puede sostenerlo todo lo envuelve.
“Me fue muy fácil asociarme a ese carácter de persona exitosa que, como está trabajando muchísimo y se puede comprar un gramo de coca, se lo toma aquí con el whisky de marca y me olvido de que quizá tengo un problema”, describe. El éxito y la droga, en esa narrativa, parecían compatibles.
Adicción progresiva y pérdida de límite
La ruptura no llegó con un golpe seco. “La toxicidad y lo negativo vino tan progresivo y gradual que no me di cuenta hasta que fue casi demasiado tarde”. El límite se fue desdibujando sin que hubiera un momento claro de alarma.
Con el tiempo, dice, empezó a confundir la intensidad con la identidad: “Pensaba que yo era así. Que mi carácter era este: excesivo, exagerado, siempre al máximo”. El personaje, que había nacido como mecanismo de supervivencia frente al acoso escolar y la necesidad de validación, se convirtió en norma.
El consumo funcionaba a la vez como acelerador y como anestesia. Permitía sostener el ritmo y, al mismo tiempo, no sentir determinadas cosas. “Era muy fácil mirar hacia otro lado”, admite. Pero el cuerpo no siempre puede seguir el relato que uno mismo construye.
Vergüenza, salud mental y pedir ayuda
La vergüenza fue una de las consecuencias más persistentes. No solo por el consumo, sino por todo lo que había detrás: el acoso escolar, la necesidad de validación, el miedo a no ser suficiente. “He tenido que salir de otro armario, el del adicto, y todavía me da un poco de vergüenza”.
He tenido que salir de otro armario, el del adicto, y todavía me da un poco de vergüenza
Hoy, Jordi Chicletol habla de aquella etapa en clave de salud mental. No como una caída moral, sino como un proceso con raíces y contexto. “Poder compartirlo no es solo una frase: es una manera de entender la recuperación”. Pedir ayuda, dice, no fue un acto heroico ni individual. Fue necesario. Y compartido.
El objetivo ahora no es reconstruir el personaje, sino desactivar la vergüenza. “He sentido vergüenza por marica, por charlatán, por expresivo, e incluso por generoso. No solo por ser adicto, y ya está bien. Hice lo que pude con las herramientas que tenía”. El verdadero cambio no es volver al éxito, sino poder decirlo sin miedo: “Simplemente, que fuera la vergüenza”.
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