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Mirada de futuro

Sandy Martos, activista: "No se trata de estar siempre feliz y eufórico, pero sí de vivir en vez de sobrevivir"

"Hubo un día en el que dejé de luchar para escapar del pozo y empecé a luchar para no volver a caer en él"

"Mantener la ilusión y la esperanza cuando lo único que apetece es llorar y encerrarse no es fácil, pero merece la pena"

Una mujer sonriendo

Una mujer sonriendo

Sandy Martos

Barcelona
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Si hace unos años me hubieran dicho que llegaría un momento en el que los días buenos superarían a los malos y en el que me sentiría feliz y satisfecha conmigo misma y con mi vida, no me lo habría creído. Mi proceso de recuperación ha sido largo y muy difícil, para mí y para los que me rodean, pero hoy por hoy considero que estoy “bien”. No recuerdo cuándo, pero hubo un día en el que dejé de luchar para escapar del pozo y empecé a luchar para no volver a caer en él.

No es lineal

¿Significa estar “bien" que todo el trabajo está hecho? Por desgracia, no. El bienestar emocional no es lineal y, como todo el mundo, sigo teniendo días malos y momentos de bajón. Cuando el origen del malestar es claro y evidente, me ayuda llamar a una amiga y hablar del tema hasta que deshago el nudo de pensamientos y me quedo sin palabras que decir. Permitirme estar enfadada con el mundo un tiempo, aceptando que la vida no siempre es justa y tengo derecho a estar mal me sirve para vivir las emociones y no solo pensarlas. Este “derecho a pataleta”, sobre todo cuando no se puede hacer nada para cambiar una situación me ayuda a no guardar y guardar malestar hasta que exploto.

Cuando el origen del malestar es claro y evidente, me ayuda llamar a una amiga y hablar del tema

Pero no siempre los sucesos se alinean con las emociones. A veces, un contratiempo insignificante puede hacernos explotar de forma desproporcionada. Un punto de inflexión en mi mejora ha sido, precisamente, dejar de enfocarme en la gota que colma el vaso y centrarme en toda el agua que lo llena. No hace falta tocar fondo para empezar a nadar hacia la superficie. No hace falta desbordarse para empezar a cuidarse.

Un punto de inflexión en mi mejora ha sido dejar de enfocarme en la gota que colma el vaso y centrarme en toda el agua que lo llena

Hacer lo que aporta bienestar

Para mí, este autocuidado pasa por hacer, de forma proactiva, todo aquello que, aunque no me apetezca, sé que me aporta bienestar. Ir a entrenar con mi equipo de rugby, aunque esté agotada, me ayuda a sentirme parte de algo, a conectar con mis compañeras y a mantenerme activa. Pintar mandalas me sirve para calmar mi mente cuando siento que no llego a todo. Leer me permite desconectar de la realidad durante un rato. Escribir es mi manera de ordenar mis pensamientos y expresar mis emociones.

Gente con la que navegar

Sin lugar a duda, tener gente con la que navegar los momentos difíciles es un gran privilegio. Tengo la suerte de tener amigos que, además de estar ahí si lo necesito, me ayudan a darme cuenta de cuándo los necesito. He aprendido a aceptar un “Vamos a hacer un café, que necesitas parar un poco” como un acto de amor y no como un ataque.

A veces olvido las estrategias

A veces, cuando el malestar empieza a pesar demasiado o la vida se vuelve demasiado ajetreada, se me olvidan mis estrategias de autocuidado y paso menos tiempo con la gente que me importa. Con el tiempo, he aprendido a reconocer estas señales, como dormir poco o aislarme del mundo, e intentar actuar en sentido opuesto.

Si dejo de leer, me esfuerzo por leer en el metro. Si ya no paso tiempo con mis amigos, me esfuerzo por ir a tomar un café o hablar un rato por teléfono con alguno. Cuando se me nubla el cerebro y pienso que no hay nada que me vaya a ayudar o hacer sentir mejor, recurro a una lista donde he apuntado todas las cosas que me funcionan y me hacen sentir bien, para recordarlas fácilmente.

Cuando se me nubla el cerebro recurro a una lista donde he apuntado todas las cosas que me funcionan

Desde hace unos meses, escribo cuando tengo un buen día y no sólo en días grises. Ahora, cuando tengo un bajón o siento que todo va mal o no hay esperanza, tengo una colección de escritos que me recuerdan lo que es sentirse feliz, ilusionada y con ganas de comerse el mundo.

Mantener la ilusión y la esperanza cuando lo único que apetece es llorar y encerrarse no es fácil, pero es un esfuerzo que merece la pena. No se trata de estar siempre feliz y eufórico, pero sí de vivir en vez de sobrevivir. Y como siempre, el viaje es más sencillo y gratificante si se hace bien acompañado.

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