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Investigación con estudiantes

Cuatro de cada diez personas no saben cómo ayudar ante un caso de autolesión

La autolesión no suicida está mucho más presente entre jóvenes de lo que perciben los adultos, pero el entorno a menudo no sabe cómo responder cuando aparece

Alumnos universitarios en un aula durante un examen.

Alumnos universitarios en un aula durante un examen. / RG7

Marc Darriba

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Barcelona
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La autolesión no suicida forma parte del día a día de muchos jóvenes mucho más de lo que suelen percibir los adultos. No es una conducta marginal ni excepcional: casi todos los jóvenes saben qué es y una gran mayoría conoce a alguien de su entorno que se ha autolesionado. En cambio, cuando se pregunta a padres y madres, esta realidad apenas aparece. La distancia entre lo que viven los jóvenes y lo que ven los adultos sigue siendo profunda.

Así lo constata una investigación reciente con estudiantes universitarios, que pone de manifiesto una clara brecha generacional: la autolesión no es un fenómeno nuevo, pero sí mucho más presente de lo que a menudo se admite. Y no solo eso. El estudio también revela otro dato inquietante: cuando esta realidad emerge, casi la mitad de las personas del entorno no saben cómo ayudar.

La autolesión no suicida está más presente entre jóvenes de lo que parece

Los datos confirman que la autolesión no suicida está ampliamente normalizada dentro del entorno juvenil, aunque siga siendo invisible para buena parte del mundo adulto. Esta falta de percepción contribuye a retrasar la detección y a dificultar una respuesta adecuada cuando aparecen los primeros signos de malestar.

El problema es que, cuando se juzga o se dramatiza, el joven se cierra aún más

Esther Martinez-Pastor

— investigadora de la Universidad Rey Juan Carlos y autora del estudio

Según explica la investigadora de la Universidad Rey Juan Carlos Esther Martínez-Pastor, una de las autoras del estudio, esta desconexión no tiene tanto que ver con la falta de interés como con la ausencia de referentes claros. “Sabemos que existe, pero no sabemos a dónde ir ni qué hacer”, resume. Una situación que genera inseguridad y respuestas a menudo contradictorias.

Desigualdades de riesgo: contextos con menor margen emocional

La investigación identifica diferencias según orientación sexual, tipo de familia o entornos académicos con alta presión. No se trata de causas directas ni de colectivos “problemáticos”, sino de contextos que pueden ofrecer menos margen para gestionar emocionalmente el malestar.

Martínez-Pastor insiste en huir de lecturas deterministas. “Ninguno de estos factores explica la autolesión por sí solo”, señala. Lo que aparece es una acumulación de dificultades: identidades cuestionadas, cambios familiares complejos o exigencias elevadas pueden hacer más difícil sostener determinadas emociones si no existen herramientas ni espacios para elaborarlas.

Este enfoque también rompe con un tópico muy extendido: la autolesión no responde a un nivel económico concreto ni a una carencia material. Puede haber jóvenes con todas las necesidades cubiertas que, aun así, no se sientan escuchados ni comprendidos emocionalmente.

El entorno no sabe cómo ayudar

Uno de los resultados más relevantes del estudio es la dificultad del entorno para reaccionar cuando aparece un caso de autolesión. Saber que el fenómeno existe no implica saber cómo acompañarlo. “Tenemos una sobreinformación, pero no información”, resume la investigadora.

Este vacío genera respuestas extremas: desde el pánico hasta la banalización. El miedo a que la autolesión derive en un suicidio lo contamina todo. La visión de la sangre activa automáticamente la alarma de muerte y, a menudo, bloquea cualquier respuesta serena. Algunos adultos reaccionan desde el terror; otros, desde la negación, reduciéndolo a una “llamada de atención”. Ninguna de las dos respuestas ayuda.

La sangre no es el síntoma, es la consecuencia

Esther Martinez-Pastor

— investigadora de la Universidad Rey Juan Carlos y autora del estudio

“El problema es que, cuando se juzga o se dramatiza, el joven se cierra aún más”, explica Martínez-Pastor. Lo que necesitan, según coinciden profesionales y jóvenes, es una zona de calma, sin interrogatorios ni etiquetas, que permita entender qué hay detrás del gesto.

El miedo al suicidio bloquea la respuesta adulta

La confusión entre autolesión no suicida y conducta suicida es uno de los principales factores que dificultan el acompañamiento. Aunque pueden coexistir, no son lo mismo. Asociar automáticamente una cosa con la otra incrementa el pánico y dificulta la escucha.

Este miedo explica por qué muchas familias y adultos se sienten desbordados: no saben si están ante una señal de alarma vital o ante una expresión de malestar que requiere otro tipo de intervención. Sin herramientas claras, la respuesta suele ser desproporcionada o, por el contrario, insuficiente.

El lenguaje codificado en redes sociales como síntoma

En este contexto se entiende también el uso de lenguaje codificado en redes sociales. Lejos de ser un fenómeno exclusivamente digital, responde a una necesidad antigua: hablar sin ser juzgado. “En las redes sienten que no tienen que explicarse, que los demás ya les entienden”, explica Martínez-Pastor.

Los códigos sirven, sobre todo, para evitar la censura algorítmica y preservar un espacio que perciben como seguro. No son el origen del problema, sino un síntoma: cuando fuera de las redes no existen suficientes espacios de confianza, el malestar busca otros canales.

De conducta individual a responsabilidad colectiva

Abordar la autolesión únicamente como una cuestión individual conlleva un riesgo importante: invisibilizar todo lo que falla alrededor. Familias desbordadas, centros educativos sin recursos, profesionales que no dan abasto, medios que durante años han mirado hacia otro lado y plataformas digitales con una responsabilidad que a menudo esquivan.

La sangre no es el síntoma, es la consecuencia”, recuerda Martínez-Pastor. Lo que hay que mirar es lo que viene antes: la dificultad para expresar el malestar, la falta de herramientas emocionales y la soledad cuando alguien intenta pedir ayuda.

Hacer visible esta realidad incomoda, pero también abre una posibilidad: dejar de preguntarnos solo qué hacen los jóvenes y empezar a preguntarnos qué no estamos sabiendo hacer los adultos.

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