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Investigación y creación

Manel Jimenez-Morales, investigador de la UOC: "Las personas que se encierran tienen una sensibilidad para vivir el conflicto con una inteligencia emocional mucho mayor"

Una investigación impulsada por la UOC y la UCM combina memoria histórica, instalación artística y teatro para analizar el impacto emocional de las reclusiones

Conferencia y exposición sobre el valor de los espacios íntimos.

Conferencia y exposición sobre el valor de los espacios íntimos. / MANU MITRU / EPC

Marc Darriba

Marc Darriba

Barcelona
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Hay momentos en los que el mundo se cierra. No siempre con llave, sino a través del silencio, la indiferencia o violencias que desbordan. Ante ello, algunas personas se encierran físicamente; otras, emocionalmente. El encierro, sin embargo, no es siempre una retirada ni una derrota. En determinados contextos, puede convertirse en una respuesta íntima frente a una amenaza externa.

Esta es una de las ideas que atraviesa el proyecto 'Movilizaciones y encierros', liderado por el profesor Manel Jiménez-Morales (UOC). Desarrollado conjuntamente con la Universidad Complutense de Madrid, con el apoyo del Memorial Democràtic y la Diputación de Barcelona, y con la participación escénica de la compañía AdHoc Teatre, el proyecto revisita distintos episodios históricos de encierro poniendo el foco en la experiencia emocional de quienes los vivieron.

No hemos hablado nada de cómo estos encierros han impactado en la salud mental de las personas implicadas

Manel Jiménez-Morales

— Investigador de la UOC

“Históricamente, no hemos hablado nada de cómo estos episodios han impactado en la salud mental de las personas implicadas”, señala Jiménez-Morales. Las voces estaban ahí, pero a menudo no fueron escuchadas. “No son comunicaciones directas ni manifestaciones a las que se les haya prestado atención; aparecen porque no había otras vías de expresión posibles”, explica.

El encierro como respuesta emocional

Los encierros son consecuencia de un conflicto externo, pero no todo el mundo responde igual ante estas situaciones. “Las personas que se encierran tienen una sensibilidad para entender el conflicto desde otra dimensión y para vivirlo con una inteligencia emocional mucho mayor”, afirma Jiménez-Morales. Una inteligencia que, añade, “no es un acto hacia uno mismo, sino un ejercicio de responsabilidad hacia la sociedad”.

Según explica, el encierro es también una forma de autoprotección frente a un entorno hostil, vivida desde una vulnerabilidad especial. No es solo una estrategia política, sino una respuesta emocional.

Expresarse cuando no hay voz

Cuando las vías oficiales fallan, la expresión se convierte en una necesidad vital. “Cuando te quitan la voz, la escritura y la creación son la única herramienta posible”, defiende Jiménez-Morales. No porque garanticen ser escuchadas, sino porque permiten sostenerse.

Barcelona 17/12/2025 Barcelona. Conferencia y exposición sobre el valor de los espacios íntimos. AUTOR: MANU MITRU

Imagen del montaje 'Movilizaciones y encierros'. / MANU MITRU / EPC

En muchos casos, esa expresión no encuentra un receptor inmediato. “No son comunicaciones directas; aparecen porque no había otras vías de expresión posibles”, insiste. Escribir o crear permite ordenar el malestar y evitar que quede enquistado, aunque el mensaje no salga de inmediato hacia fuera. Tal como apunta Magda Fytili, profesora e investigadora de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), “las vivencias en momentos de opresión no ocurren solo en los grandes escenarios de la historia, sino en espacios privados, residuales e invisibles”.

La negación de la voz como tortura

El caso del suicidio de la activista Patricia Heras ejemplifica esta incomunicación extrema. Cuando una persona no puede explicarse ni siquiera a través de los canales institucionales, la negación de la voz “forma parte de la tortura y de la revictimización”, señala Jiménez-Morales. Y cuando la injusticia no se repara, “el efecto es altamente doloroso y dañino para toda la sociedad”.

El cuidado es otro de los ejes centrales del proyecto. “El cuidado es un elemento incómodo dentro de un sistema normativo y politizado”, afirma. Introducirlo suele vivirse como una concesión que debilita el sistema, hasta el punto de que “la única manera de reforzarlo es negligirlo”, especialmente cuando hay vulneración de derechos.

En este contexto, las mujeres asumen a menudo roles clave desde los márgenes. “Sufren el conflicto en primera persona y, al mismo tiempo, sostienen, acogen y cohesionan al colectivo”, explica Jiménez-Morales. Un peso que conlleva también “la necesidad de encerrarse consigo mismas, de escucharse y de cuidarse”.

El retorno

El proyecto se materializa también en una instalación interactiva que recrea un lavabo cerrado, donde los visitantes dejan mensajes similares a los que tradicionalmente aparecen en los baños públicos, pero orientados a imaginar un “después” del encierro. “A veces las formas de resistencia no tienen más remedio que manifestarse desde la individualidad y la reclusión”, reflexiona Jiménez-Morales. Un paso que, según dice, solo cobra sentido si permite después “un retorno, un ir y venir con voluntad transformadora”.

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