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Etapas vitales

Àlex Letosa, psicólogo y profesor: “Madurar es dejar de reaccionar y aprender a responder”

Dos voces expertas analizan cómo la madurez vital no es una pérdida, sino una forma distinta de relacionarnos con las emociones

Un grupo de personas se hace una selfie

Un grupo de personas se hace una selfie / 123RF

Marc Darriba

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Barcelona
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Hay un momento —difícil de situar en el calendario— en el que algunas cosas dejan de hacer tanto ruido. No porque no importen, sino porque ya no lo ocupan todo. La psicología lo explica así: madurar no es llegar a una meta, sino transitar un proceso.

La madurez vital no es una etapa cerrada, sino una fase dentro del ciclo vital de la adultez”, explica Àlex Letosa, psicólogo, logopeda y profesor de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Desde la psicología del desarrollo, añade, las etapas sirven para estudiar y comprender el crecimiento, pero la madurez es sobre todo un proceso continuo, influido tanto por la experiencia personal como por el contexto social.

Esta idea la comparte Maite Durán, doctora en Psicología y profesora del departamento de Psicología de la Universitat de Barcelona (UB), psicoterapeuta y psicóloga coach. “La adultez es una etapa muy amplia, que va desde el adulto emergente hasta aproximadamente los sesenta años. Poner edades es complicado, pero es una fase llena de cambios”, señala.

Qué es la madurez vital según la psicología del desarrollo

Hablar de madurez no significa fijar una frontera rígida. Significa entender un continuo de cambios que se articula a lo largo de la adultez y que depende tanto del paso del tiempo como del bagaje de experiencias. En este sentido, y según Durán, “madurar no es ‘cumplir años’, sino integrar lo vivido”.

Qué cambia psicológicamente en la edad adulta

A menudo asociamos la madurez con pérdida, envejecimiento o renuncia. Pero la psicología evolutiva dibuja otro mapa. “No es que madurar implique perder intensidad”, dice Letosa. “Más bien ganamos perspectiva. La acumulación de experiencias nos permite tener una mirada más amplia y realista sobre la vida”.

Duran añade una mirada cognitiva: “En esta etapa mejora la regulación emocional y ganamos en funciones ejecutivas: resolución de conflictos, capacidad de relativizar y aceptación de contradicciones”. Aunque pueden aparecer pequeños déficits de memoria —el clásico ‘lo tengo en la punta de la lengua’—, “también hay beneficios claros para transitar mejor el día a día”.

Cómo cambia la regulación emocional con la madurez

Uno de los cambios psicológicos más significativos es la forma en que gestionamos las emociones. “En la juventud tendemos a reaccionar; con la madurez, aprendemos a responder”, resume Letosa. Detectar qué sentimos, anticipar posibles respuestas y elegir la más adecuada forma parte de este proceso.

Ahora bien, este paso no es automático. “No basta con que pase el tiempo”, advierte. “Hay que vivir experiencias. Sin experiencia vital, una persona puede quedarse estancada en una fase del desarrollo que no le corresponde”.

En consulta, Durán también lo observa: “La regulación emocional tiene mucho que ver con el autoconocimiento: reconocer las emociones, aceptarlas y aprender a regularlas. Las historias de vida ayudan”. Aun así, alerta de que “hay mucha inmadurez emocional a todas las edades”, a menudo vinculada a discursos como ‘he decidido no sufrir más’, que acaban funcionando como mecanismos de evitación.

Indiferencia emocional: cuándo es madurez y cuándo es desconexión

Muchas personas explican que, con los años, aparece cierta indiferencia hacia cosas que antes preocupaban mucho. ¿Es una señal de madurez? “Más que indiferencia, yo hablaría de ajuste de expectativas”, apunta Letosa. A medida que avanzamos en el ciclo vital, el peso del futuro idealizado disminuye y aumenta el balance de lo ya vivido. “Eso permite ver qué es realmente importante”.

Durán es más cauta con el término. “En algunos casos, esa indiferencia responde a un ‘no quiero sufrir’ y funciona como un mecanismo de defensa”. La frontera, coinciden ambos, es el sufrimiento. “Si hay sufrimiento personal o en el entorno, existe un desajuste que conviene atender”, señala Letosa. No toda desconexión es salud mental.

Aceptar los límites del cuerpo, del tiempo y de las expectativas en la madurez

Madurar también implica aceptar límites: del tiempo, del cuerpo, de las expectativas propias y ajenas. Pero aceptar no significa resignarse. “La resignación inmoviliza”, explica Durán. “En cambio, la aceptación permite una actitud proactiva: entender la situación y ver qué puedo hacer para estar mejor”.

Esta adaptación choca a menudo con una mirada social que penaliza el envejecimiento. Letosa lo expresa con una metáfora clara: “Si la sociedad entiende madurar como apagarse, afrontaremos la madurez con miedo. Pero madurar es encender la luz donde hace falta. No se apagan cosas: se encienden otras”.

Cómo encontrar sentido y propósito vital en la madurez

Llegados a este punto, la pregunta clave es cómo transitar esta etapa con sentido. Para Durán, el propósito vital es central: “Hacia el final de la adultez, muchas personas quieren dejar un legado. Cuando hay sentido y propósito, la mirada sobre la vida cambia”.

Letosa lo traduce en criterio: “Si algo deja de ser importante, quizá no es porque estés perdiendo algo, sino porque estás ganando criterio”.

Y para quien siente que “ya no es como antes” y lo vive con inquietud, la respuesta es simple y contundente: “Ahora puede ser mejor.” “Solo hay que saber hacia dónde mirar”, dice Letosa. “Cada momento del desarrollo tiene sus luces y sombras; el reto es poner el foco donde toca”.