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Pensar en primera persona

Carmen Prieto, activista: "La recuperación es posible"

"Se puede salir de la depresión. Hay esperanza. Y eso no quiero que se me olvide. Que he tenido depresión y posiblemente vuelva a tenerla y vuelva a salir de ella"

No atiborrándote a pastillas sino también ( y sobretodo) buscando el lado amable de la vida"

'Carmen Prieto y su perra, Sira, en un fragmento del documental 'Anhedonia dins la depressió'.

'Carmen Prieto y su perra, Sira, en un fragmento del documental 'Anhedonia dins la depressió'. / SanaMente

Carmen Prieto

Mataró
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Cuando estaba mal, en aquellos momentos en que sentía una tristeza inmensa, descomunal, en la que mi percepción de la realidad era tan oscura, me olvidaba de que esa sensación no duraría para siempre. Al igual que en los momentos que estoy bien me olvido de la depresión y de que alguna vez me he sentido tan mal. Entonces tengo el síndrome de la impostora, es decir, me da hasta vergüenza hablar de mi depresión.

Pero ahora sé que existe la recuperación. Que se puede salir de ahí. Que hay esperanza. Y eso no quiero que se me olvide. Que he tenido depresión y posiblemente vuelva a tenerla y vuelva a salir de ella. Solo hace falta encontrar algo a que agarrarse. Algo que no te deje seguir escurriéndote hacia abajo, hacia el abismo.

Solo hace falta encontrar algo a que agarrarse. Algo que no te deje seguir escurriéndote hacia abajo

No siempre son las mismas cosas. Hubo un tiempo que fue el deporte. Me aficioné al ciclismo y era lo que me ayudaba a seguir en el mundo. Entrenaba cada día. Lo necesitaba. Sentir el aire en la cara, el frío o el calor según la estación del año. Ver el paisaje pasar, el asfalto o la tierra y las piedras de los caminos aplastarse bajo las ruedas. Los números del cuentakilómetros transcurrir, los minutos, las pulsaciones de mi corazón aumentar… Sentir que estaba alejándome de casa para luego regresar. El cansancio. Me sentía libre y mi cerebro se desenredaba. Me sentía viva. Regresaba al mundo.

La obligación de sacar a mi perra a pasear era lo único que conseguía sacarme de casa. Y la felicidad de Sira, mi perra, mi compañera de piso, era contagiosa

En otro momento fue la obligación de sacar a mi perra a pasear. Era lo único que conseguía sacarme de casa. Y la felicidad de Sira, mi perra, mi compañera de piso, era contagiosa. Notar la brisa del mar, las gotitas de las olas salpicándonos a las dos, el sol calentándonos…

¡Tenía ganas otra vez de hacer algo!

Y en estos últimos años descubrí algo que no había pensado en probar nunca y que no tenía nada que ver en nada de lo que había hecho hasta entonces. Siempre probaba cosas con poca interacción social. La gente me asustaba. Un día vi un anuncio de una escuela de doblaje. Inmediatamente atrajo mi atención. Recordé cómo me gustaba leer cuentos a mi hermano pequeño y después a mis hijos. Me gustaba interpretar los diálogos, poner voces distintas según los personajes, transmitir las emociones. Y me lancé. Me apunté en una escuela. Volví a sentir algo que me sacó de aquel estado de indiferencia. ¡Tenía ganas otra vez de hacer algo!

Siempre probaba cosas con poca interacción social. La gente me asustaba

Después me apunté en el aula de teatro de donde vivía. Quise probar a hacer algo que me daba mucho miedo: interpretar delante de un público que no me conocía. Hablar, actuar delante de ellos. Eso quizás me ayudaría a ganar seguridad frente a la gente. Sería como un entrenamiento, como cuando entrenaba en bici. Pensé que poco a poco iría perdiendo el miedo.

Formo parte del grupo

Nunca imaginé el bien que me haría conocer a toda esa gente. Gente amable, que me escuchaba, que me hablaba, con la que no me sentía invisible. Que me preguntaba si quería salir con ellos, formar parte de su grupo. No les molestaba estar conmigo, ¡incluso les gustaba! Ahora formo parte de ese grupo, gente de teatro, la familia del teatro. Son mis amigas, mis amigos. Salimos, vamos al teatro, al cine, a tomar algo, incluso hacemos algún viaje.

Hacer activismo para ayudar a otros también cura. Ahora me siento diferente

También descubrí el activismo. Allí también conocí a gente fantástica. Gente que no necesitaba explicaciones porque te comprenden sin hablar. Gente generosa, maravillosa. Y hacer activismo para ayudar a otros también cura. Ahora me siento diferente. Sé que la recuperación es posible. Y no atiborrándote a pastillas sino también (y sobre todo) buscando el lado amable de la vida. Pero no solo buscar sino también encontrar. Y eso no siempre está tan a mano.

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