Opinión
Daniel Osiàs, Fundació Marianao: "Un centro cívico o un grupo de canto coral pueden ser tanto o más terapéuticos que una consulta médica"
"Los entornos comunitarios —barrios, asociaciones, espacios culturales o de voluntariado— pueden ser auténticos agentes de salud"
"Combatir la soledad no deseada no es una cuestión de añadir actividades, sino de tejer relaciones"

Diversas personas se abrazan en la playa. / Marc Asensio Clupes / EPC
Hay silencios que pesan. La soledad no deseada es uno de ellos. No es solo estar sin nadie al lado, sino sentir que no tienes con quién contar, que tu vida transcurre al margen de los demás. Una experiencia que puede afectar a cualquier persona, en cualquier momento, y que deja huella en la salud mental y emocional.
El antídoto contra la soledad no es solo compañía, sino vínculos significativos
En Catalunya, casi tres de cada diez jóvenes de 18 a 34 años reconocen vivir esta sensación, y más de la mitad de las personas mayores de 80 años se sienten solas. Pero detrás de estas cifras hay una realidad compartida: la pérdida de vínculos. Las ciudades se han acelerado, los ritmos de vida se han fragmentado y muchos barrios han perdido esa red invisible de relaciones que daba apoyo y sentido a la vida cotidiana.
La soledad como cuestión colectiva
Durante mucho tiempo se ha hablado de la soledad como si fuera una experiencia individual, casi privada, que cada uno debe aprender a gestionar. Pero la investigación y la experiencia social nos dicen lo contrario: la soledad es un síntoma de una desconexión mayor, de una sociedad que ha ido debilitando los espacios de convivencia y de apoyo mutuo.
La soledad es un síntoma de una sociedad que ha ido debilitando los espacios de convivencia y de apoyo mutuo
La respuesta, por tanto, no puede ser solo psicológica o asistencial. Necesita también una dimensión comunitaria: reforzar los lazos que nos unen, crear lugares donde sentirse reconocido y útil, volver a poner las relaciones humanas en el centro de la vida colectiva. No podemos dejar el cuidado en manos exclusivas de los servicios o de los individuos; hay que volver a hacer de la comunidad una estructura de apoyo y bienestar compartido.
Cuando la comunidad también contribuye a la recuperación
Los entornos comunitarios —barrios, asociaciones, espacios culturales o de voluntariado— pueden ser auténticos agentes de salud. No sustituyen la terapia ni la medicación cuando es necesaria, pero sí complementan y previenen: reducen el aislamiento, mejoran la autoestima, fomentan el sentimiento de pertenencia y ayudan a encontrar propósitos compartidos.
En una ciudad, un centro cívico o un grupo de canto coral pueden ser tanto o más terapéuticos que una consulta médica. Cuando una persona se siente mirada, escuchada y parte de un colectivo, se reactiva su bienestar emocional. No es casual que cada vez más profesionales de la salud recomienden participar en actividades sociales y culturales como herramienta de prevención: es lo que se conoce como prescripción social, una apuesta por cuidar salud y vínculos al mismo tiempo.

El parque de Marianao de Sant Boi de Llobregat / Elisenda Pons
Prescribir vínculos no es “entretenerse”; es generar pertenencia: saber que alguien te espera, que tu nombre importa, que formas parte de un “nosotros”. Para mucha gente, este es el punto de inflexión que hace posible pedir ayuda, mantener hábitos saludables o retomar proyectos de vida.
Barrios que conectan, ciudades que cuidan
Reforzar la comunidad no es una tarea menor: es una política de salud pública. Significa apostar por ciudades con espacios de encuentro, con entidades vivas y con redes vecinales que acogen y dan sentido. Cuando la ciudad se convierte en un espacio relacional, todos ganamos: disminuye la sensación de soledad, aumenta la cohesión social y mejora la salud mental colectiva.
Cuando la ciudad se convierte en un espacio relacional, todos ganamos: disminuye la sensación de soledad, aumenta la cohesión social
Construir comunidad significa recuperar la idea de que cuidarnos no es solo una responsabilidad individual, sino también colectiva. El bienestar emocional de una persona depende, en gran parte, de la calidad de sus relaciones y del apoyo que encuentra en su entorno. Por eso, el antídoto contra la soledad no es solo compañía, sino vínculos significativos: relaciones que nos hacen sentir reconocidos, escuchados y útiles.
Combatir la soledad no deseada no es una cuestión de añadir actividades, sino de tejer relaciones. De generar confianza, de volver a mirarnos a los ojos y de crear espacios donde todos se sientan parte de un “nosotros”. Porque la salud mental, al fin y al cabo, también se construye en comunidad.
Daniel Osiàs, director de la Fundación Marianao
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