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Psicología

Propósitos de año nuevo sin autoexigencia: cómo plantearlos sin volver a fallarte en enero

Las metas nos pueden ayudar a transformar nuestra vida

Propósitos de Año Nuevo

Propósitos de Año Nuevo / 123RF

Ángel Rull

Ángel Rull

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Los propósitos de año nuevo tienen mala fama, y no sin motivo. Para muchas personas, enero se ha convertido en el mes de las promesas rotas, de la sensación de haber vuelto a fallar incluso antes de empezar. No porque no haya intención, sino porque la forma en que se plantean esos propósitos suele estar atravesada por una exigencia poco realista y bastante punitiva.

El cambio de año actúa como una especie de frontera simbólica. Parece que todo lo anterior queda atrás y que, a partir del 1 de enero, hay que hacerlo mejor, más rápido y con más voluntad. Esta lógica, que suena motivadora en la superficie, suele ignorar algo básico: las personas no reinician su vida al cambiar de calendario. Arrastran cansancio, hábitos, límites y contextos que no desaparecen por decreto.

Plantear propósitos sin autoexigencia no significa renunciar al cambio ni conformarse. Significa revisar desde dónde se formula ese deseo de cambiar. Porque no es lo mismo proponerse algo desde la comprensión de la propia realidad que hacerlo desde el reproche constante por no haber sido diferente antes.

Por qué tantos propósitos fracasan antes de acabar enero

Uno de los principales motivos por los que los propósitos se abandonan tan pronto es que suelen nacer desde el hartazgo. No desde el cuidado, sino desde el cansancio de una misma o uno mismo. Se formulan como una corrección urgente de aquello que no gusta, con un tono interno más cercano al castigo que a la motivación.

A esto se suma la tendencia a plantear objetivos vagos o excesivos. "Cuidarme más", "organizarme mejor" o "cambiar de vida" suenan bien, pero no dicen mucho sobre qué es realmente posible en el contexto actual. Cuando la realidad no encaja con esa expectativa difusa, aparece la frustración y, con ella, el abandono.

Además, muchos propósitos ignoran el proceso emocional que implica cambiar algo. Se centran en el resultado final y no en lo que va a remover por el camino. Cambiar hábitos, rutinas o prioridades no es neutro. Implica incomodidad, ajustes y, a veces, renuncias que no se tienen en cuenta cuando se formula el propósito.

Autoexigencia encubierta en los buenos propósitos

La autoexigencia no siempre se presenta de forma evidente. A veces se cuela en frases aparentemente amables, pero cargadas de presión. "Este año sí", "no puedo seguir así" o "no hay excusas" son ejemplos de un lenguaje interno que no deja mucho margen para el error o el ritmo propio.

Este tipo de autoexigencia suele apoyarse en comparaciones. Con otras personas que parecen gestionar mejor su tiempo, su cuerpo o su vida en general. O con una versión idealizada de una misma o uno mismo que, en teoría, debería ser alcanzable si se pusiera suficiente empeño. El problema es que esa comparación rara vez tiene en cuenta las condiciones reales desde las que se vive.

Cuando los propósitos se construyen desde ahí, cualquier tropiezo se interpreta como una confirmación de incapacidad. No como parte del proceso, sino como prueba de que algo falla a nivel personal. Y así, en lugar de revisar el planteamiento, se abandona el propósito con una sensación añadida de desgaste.

Consejos para plantear propósitos sin volver a fallarte en enero

Plantear propósitos de otra manera no requiere fórmulas complejas, pero sí un cambio de enfoque. No se trata de pensar más positivo, sino de ser más realista y más respetuosa o respetuoso con la propia situación.

Estos son los consejos para unos propósitos más eficaces:

1. Revisar desde dónde nace el propósito

Antes de definir qué quieres cambiar, conviene preguntarse desde qué emoción surge ese deseo. No es lo mismo plantearlo desde la curiosidad que desde el rechazo hacia una parte de ti. Cuando el propósito nace del enfado contigo, suele ser poco sostenible en el tiempo.

2. Ajustar el propósito al contexto actual

No al contexto ideal, sino al real. Tu energía, tu tiempo y tus circunstancias importan. Un propósito que ignora estas variables no es ambicioso, es poco realista. Ajustar no es rebajar, es hacer viable.

3. Concretar sin rigidez

La concreción ayuda, pero no debe convertirse en una jaula. Definir pequeños márgenes, opciones y alternativas permite adaptarse cuando algo no sale como estaba previsto, sin sentir que todo se viene abajo.

4. Incluir el proceso, no solo el resultado

Preguntarte cómo te gustaría atravesar el cambio es tan importante como el cambio en sí. Qué necesitarás, qué te costará más y qué señales te indicarán que vas en una dirección más cuidada.

5. Aceptar que habrá interrupciones

Pensar que un propósito se cumplirá sin pausas ni desajustes es una fantasía bastante extendida. Contar de antemano con que habrá semanas más complicadas reduce la sensación de fracaso cuando eso ocurre.

6. Revisar el trato interno cuando algo no sale

El modo en que te hablas en los momentos de dificultad suele determinar si sigues o abandonas. Un trato interno duro no acelera el cambio, lo bloquea. Revisarlo forma parte del propio propósito.

La importancia de no confundir constancia con dureza

Existe una idea muy arraigada de que para cambiar algo hay que apretarse. Que la constancia se construye a base de disciplina estricta y de no permitirse fallos. Sin embargo, esta visión suele generar más resistencia que compromiso real.

La constancia no implica hacerlo todo perfecto, sino volver. Volver después de una semana complicada, después de un parón o después de haber perdido el hilo. Cuando el propósito está planteado desde la autoexigencia, volver se vive como una humillación. Cuando está planteado desde el cuidado, volver es parte del camino.

Además, no todos los cambios tienen el mismo ritmo. Hay momentos del año en los que sostener un propósito es más sencillo y otros en los que apenas hay margen. Entender esto evita interpretar cada bajada de intensidad como una señal de incapacidad.

Propósitos que no te pongan en tu contra

Plantear propósitos de año nuevo sin autoexigencia no significa dejar de desear cambios, sino dejar de convertirte en tu propio obstáculo. Cuando el objetivo es castigarte por lo que no fuiste, el propósito nace debilitado. Cuando el objetivo es comprenderte mejor, tiene más posibilidades de sostenerse.

Quizá el verdadero cambio no esté en sumar más propósitos, sino en revisar el vínculo que tienes contigo cuando intentas cambiar algo. Ese vínculo suele marcar más la diferencia que cualquier lista escrita a final de diciembre.

Empezar el año sin volver a fallarte en enero pasa, muchas veces, por dejar de tratarte como un proyecto defectuoso que hay que corregir. Y empezar a verte como alguien que intenta ajustarse, con mayor o menor acierto, a la vida que tiene delante. Eso, aunque no suene grandilocuente, suele ser un punto de partida mucho más sólido.

* Ángel Rull, psicólogo.