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Pensar en Primera Persona

Carmen Prieto, activista: "Paso de puntillas por la Navidad"

"Todo pierde sentido cuando no tienes qué y con quién compartir nada. Y la salud mental se resiente"

"Tienes que fingir que estás muy contenta y feliz, cuando en realidad querrías ponerte a llorar"

Carmen Prieto, una de las protagonistas del documental 'Anhedonia dins la depressió'

Carmen Prieto, una de las protagonistas del documental 'Anhedonia dins la depressió' / Emilio Morenatti

Carmen Prieto

Mataró
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Cuando era pequeña me encantaba la Navidad. Era la época que más ilusión me hacía. Los villancicos, las luces, los regalos. La espera de la llegada de los Reyes Magos. No soy consciente de cuándo dejó de gustarme la Navidad. Creo que fue cuando mis hijos dejaron de ilusionarse con la llegada de Papá Noel ( en mi época de la infancia eran los Reyes).

No tardaron mucho en descubrir que era mi padre disfrazado y eso fue el año en que mi hija me dijo al oido: “Papá Noel lleva las mismas botas que el abuelo llevaba antes de marcharse hace un rato”. Y al momento siguiente:”¿Por qué siempre el abuelo desaparece justo antes de que llegue Papá Noel? ¡Nunca lo puede ver…!” No tengo muy claro de quién fue la idea de que mi padre se disfrazara de Papá Noel en Nochebuena ni a partir de qué año empezó a hacerlo, lo que sí es seguro es que lo disfrutábamos todos, especialmente mis hijos.

Mi abuelo siempre contaba como si fuese la primera vez las mismas anécdotas que a mí me seguían fascinado

De aquellos años lo mejor era que mis abuelos venían del pueblo y se quedaban en casa de mis padres a dormir durante una buena temporada. Mi abuelo siempre contaba como si fuese la primera vez las mismas anécdotas que a mí me seguían fascinado siempre.

Una inmensa tristeza

A partir del momento en que las sillas de la mesa del comedor de mis abuelos quedaron vacías ya no solo dejó de gustarme la Navidad sino que, incluso, empecé a aborrecerla. Y, cuando, después, me divorcié y me quedé sola en mi casa, porque mis hijos se hicieron adultos y mi padre se jubiló y también ellos se marcharon a cientos de quilómetros de mi casa, ya no solo la aborrecía sino que me producía una tristeza inmensa.

Cuando me divorcié y me quedé sola en mi casa, porque mis hijos se hicieron adultos, ya no solo la aborrecía sino que me producía una tristeza inmensa

Oír a mis vecinos cantar y reír y divertirse me hacia recordar a las personas con las que yo también reía y cantaba y me divertía, y me percataba de que ya no volvería todo aquello. Todo pierde sentido cuando no tienes qué y con quién compartir nada. Y la salud mental se resiente porque vuelven los fantasmas de las Navidades pasadas, a lo Dickens.

Si te invitan a alguna de esas fiestas, te sientes obligada a ir y todavía es peor que quedarte sola en casa tirada en el sofá

Y, si te invitan a alguna de esas fiestas, te sientes obligada a ir y todavía es peor que quedarte sola en casa tirada en el sofá viendo películas navideñas y comiendo turrón. Porque, encima de que tienes que comer como un energúmeno y luego te sientes con la barriga a punto de explotar y no puedes disimularla con ese vestido nuevo que te aprieta y con el que no te puedes ni sentar, tienes que fingir que estás muy contenta y feliz, cuando en realidad querrías ponerte a llorar. Por eso últimamente paso “de puntillas” por estas fiestas eternas y larguísimas.

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