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Salud mental y tecnología

Allan Young, psiquiatra: "No reemplazaremos a los seres humanos con apps. No sustituiremos el vínculo"

Diversos expertos en terapias digitales alertan de que solo funcionarán si se integran en los sistemas de salud

Reclaman supervisión humana y una regulación clara

Allan Young

Allan Young / Imperial College

Marc Darriba

Marc Darriba

Barcelona
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La depresión se ha convertido en uno de los grandes retos de salud pública. Y muchos de los casos no se identifican o quedan atrapados entre el estigma y la dificultad de acceso al sistema de salud. En este contexto, las terapias digitales han emergido como una posible respuesta. Pero ¿hasta qué punto pueden ayudar y dónde están sus límites? El psiquiatra Allan Young, profesor del Imperial College de Londres, aporta una mirada realista i sólida que sintetiza en siete puntos.

1. De una crisis de acceso a una oportunidad real

Young es prudente pero optimista. Reconoce que el campo aún es incipiente, pero ve un potencial claro: “Todavía no hemos visto grandes cambios, pero empiezan a aparecer herramientas digitales que realmente pueden ayudar en el tratamiento de la depresión”.

Su argumento central es que las terapias digitales pueden convertirse en la primera puerta de entrada para millones de personas que hoy no reciben ningún tipo de ayuda. Y eso, dice, ya sería transformador. Entre la saturación del sistema y las barreras de tiempo, coste o distancia, estas herramientas pueden ser un complemento clave, sobre todo porque son escalables, se adaptan al ritmo de cada persona y cuentan con evidencia clínica creciente en depresión, ansiedad y TDAH.

2. No todas las apps son iguales... y ahí reside el problema

Una de las advertencias más firmes de Young es la confusión entre aplicaciones de bienestar y verdaderas herramientas terapéuticas: “Es importante diferenciar las ‘wellness apps’, que no están reguladas, de las apps de salud, que deben someterse a pruebas rigurosas igual que cualquier dispositivo médico”.

La mayoría de apps que descargamos no tienen validez clínica. Y eso erosiona la confianza en las que sí han sido certificadas y aprobadas —como ya sucede en Alemania y en el Reino Unido, donde algunas terapias digitales pueden ser prescritas desde los sistemas públicos.

En el WeMind International Forum, celebrado en Barcelona, Rosa Maria Vivanco, de la Agencia de Calidad y Evaluación Sanitarias de Catalunya (AQuAS), lo resumió así: “Evaluamos valor, efectividad, coste, accesibilidad, riesgos e impacto social. No todo lo que es digital es útil ni seguro”.

El ruido digital —esa mezcla de herramientas rigurosas con apps de baja calidad— es hoy una de las grandes barreras para que el público entienda qué puede funcionar y qué no.

3. ¿Para quién funcionan mejor?

Young es claro: la mayor parte de los beneficios se observan en casos leves y moderados, precisamente los que más suelen quedar fuera del sistema. “Quienes más se benefician son la mayoría de personas que hoy no reciben ninguna ayuda. Pero estas herramientas no ayudarán, por sí solas, a los casos más complejos o resistentes”.

Los expertos coinciden en que las personas con depresión grave pueden necesitar seguimiento intensivo, intervenciones presenciales, medicación o un circuito clínico completo. Cuando la herramienta digital se plantea como sustituto —y no como complemento— la adherencia cae y la efectividad también.

El psiquiatra Diego Palao, director de Salud Mental del Hospital Parc Taulí de Sabadell, lo confirma: “Tenemos evidencia de herramientas tan eficaces como los tratamientos presenciales. Pero si no se integran en el proceso de recuperación, los usuarios las abandonan”.

4. De la terapia a la prevención, el giro más interesante

Young ve un horizonte que va más allá del tratamiento: “Veo potencial para utilizar herramientas digitales para reforzar la resiliencia. Enseñar habilidades de pensamiento para manejar las adversidades podría reducir la incidencia de depresión y ansiedad”. Este cambio de paradigma —de curar a prevenir— es uno de los puntos más prometedores de la digitalización. El uso de datos objetivos —patrones de sueño, actividad, temperatura o rutinas conductuales— puede facilitar intervenciones más personalizadas y precoces. “La posibilidad de recoger datos objetivos hace que la intervención sea muy personalizable”, describe este experto.

5. El verdadero reto: integrarlas en sistemas de salud

Aquí Young es especialmente crítico: “Nuestros sistemas de atención están anclados en el siglo XIX. Necesitamos sistemas más flexibles, con alertas digitales de recaída y seguimiento iniciado por el paciente”. Los expertos del foro coinciden: la tecnología avanza mucho más rápido que los sistemas públicos. Los frenos son evidentes: resistencia y saturación de los profesionales, falta de formación y protocolos, integración insuficiente con las historias clínicas y necesidad de incorporar perfiles digitales en los equipos. Palao lo resume así: “Los profesionales son la mayor barrera. Hay que facilitar la prescripción e invertir en integración y equipos humanos”.

6. Los riesgos de avanzar demasiado rápido

Young advierte que acelerar la implantación sin garantías puede ser contraproducente: “Si introducimos las herramientas demasiado rápido y decepcionan, la gente puede descartar todo el campo”.

También existen otros riesgos: aplicar modelos de IA no regulados que generen recomendaciones peligrosas, provocar sentimientos de culpa —“no mejoro porque no lo hago bien”— o crear nuevas brechas digitales entre poblaciones. Y añade un límite rotundo: “No reemplazaremos a los seres humanos con apps. Ampliaremos la capacidad, pero no sustituiremos el vínculo”.

La privacidad y la protección de datos son otro punto crítico. Cuando se trata de información emocional, fisiológica o conductual, la protección de la privacidad es esencial. Young insiste que es posible garantizarla, pero es necesario hacerlo bien. Los expertos coinciden en la importancia de regulación, transparencia y modelos que permitan innovar sin poner en riesgo a las personas usuarias.

7. El futuro: digital + humano

La visión de Young es integradora y profunda: “El futuro es la atención integrada: desde la detección hasta la gestión de casos complejos, con datos protegidos pero accesibles para evitar que la persona tenga que explicarse una y otra vez”. Para él, la pregunta ya no es si utilizamos tecnología, sino cómo lo hacemos para que sea útil, segura y humana.

Los expertos coinciden en que las terapias digitales pueden ampliar el acceso, anticipar recaídas y personalizar la atención. Pero solo funcionarán si se apoyan en la relación, la continuidad, la supervisión clínica y una integración real en los sistemas de salud. Young lo resume con una advertencia que también es una invitación: “Es un momento muy emocionante, pero hay que estar atentos a los riesgos”.

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