Psicología
Soy psicólogo y así veo que una frase puede sostenernos cuando nada más lo hace
Las imágenes pueden ser sanadoras

Imágenes y frases sanadoras / 123RF

Como psicólogo, pero también como persona, he experimentado el poder que tiene una frase cuando todo parece desmoronarse. A lo largo de mi vida, y en especial en los momentos de duelo, ha habido frases que no me ofrecieron soluciones, pero sí sostén. Frases que no me sacaron del dolor, pero me permitieron estar en él sin sentirme completamente perdido. Y lo más impactante es que ese mismo efecto lo he observado también en muchas de las personas que acompaño en terapia.
En psicología sabemos que simbolizar el dolor es el primer paso para integrarlo. Y una frase breve puede tener una función simbólica inmensa. He visto a pacientes encontrar una suerte de ancla emocional en una viñeta, una cita, una palabra que se repiten cada mañana. Esas frases no buscan cerrar el proceso, sino abrir espacio para sentirlo sin juzgarlo. En mi experiencia, pocas cosas pueden ser tan sanadoras como sentir que lo que una frase dice coincide exactamente con lo que una parte de ti no podía poner en palabras.
Frases como "esto también duele y está bien que así sea" pueden transformar una jornada, no porque alivien el peso del dolor, sino porque validan que ese dolor tenga un lugar. Cuando el mundo interno se descompone, el lenguaje se convierte en un puente. Y a veces, ese puente es tan frágil como una sola frase, pero suficiente para cruzar el abismo.
Las crisis necesitan un lenguaje que no invada
Recuerdo una sesión especialmente difícil en la que una paciente, tras una pérdida muy reciente, me mostró una ilustración de 72 Kilos. No habló mucho más. Simplemente me la enseñó y la dejó en la mesa. Era una frase sencilla: "Viene el miedo a tomar decisiones, protejámonos". Esa viñeta hablaba por ella. Lo que yo no podía decir, lo que ella no podía explicar, estaba dicho con una frase, con una imagen. Fue uno de esos momentos en que me di cuenta del poder terapéutico que tienen las palabras cuando no buscan cerrar, sino abrir.
Las ilustraciones de 72 kilos han sido para mí y para muchas personas con las que trabajo, una forma de acompañamiento simbólico. En momentos de crisis, sus frases no ofrecen promesas ni recetas, pero dicen justo lo necesario. Una pregunta como "¿Y si no hay nada?" no busca una respuesta, pero permite quedarse un momento más con el vacío, sin miedo. Ese respeto por el proceso emocional es, para mí, profundamente sanador.
He sentido que sus viñetas me daban voz cuando yo mismo no sabía qué decir. Me ha pasado como terapeuta y como ser humano. En mi consulta, algunas personas llegan sin poder hablar, pero con una imagen de 72 kilos guardada en el móvil, una frase que leen una y otra vez. Esas frases abren una grieta en el silencio, y por ahí empieza a entrar el aire.
Una frase como ancla cuando todo parece perder sentido
En mi propio proceso de duelo, he tenido días en los que lo único que podía sostenerme era una frase. Recuerdo llevarla apuntada en un papel dentro de la cartera, casi como un talismán. Era una forma de recordarme que lo que sentía no era un error, que podía seguir adelante sin dejar atrás el dolor. Ese papel, esa frase, me acompañó más que muchas conversaciones.
En terapia, he visto ese mismo recurso funcionar de manera silenciosa pero potente. Una paciente solía leer cada mañana "¿Va a funcionar? Si remas, sí". No era una garantía, pero le daba fuerza para atravesar el día. Otra repetía "¿Puedes con todo?", no como exigencia, sino como reflexión interna. Estas frases no pretendían borrar el duelo, sino darle un marco donde no desbordara.
En el libro recopilatorio "Te deseo lo mejor", muchas de estas frases conviven con ilustraciones que potencian su efecto emocional. Esa combinación de palabra e imagen es especialmente poderosa para quien está en duelo. No necesita analizar, solo sentir. Y ese permiso para sentir sin tener que explicar es una de las formas más profundas de sanación.
Me ha sucedido también que alguien encuentre una frase que antes no significaba mucho, y tras una pérdida adquiera un valor completamente nuevo. El duelo resignifica. Lo que antes era una idea bonita se convierte en una verdad interior. En esas transformaciones silenciosas hay mucha potencia sanadora, aunque no siempre se note desde fuera.
El valor de lo sencillo y cotidiano en la elaboración del duelo
Hay momentos en los que una sola palabra encierra un universo. "Perdón" puede ser una de ellas. En mis procesos personales y profesionales, he visto cómo esa palabra ha abierto espacios de reparación, incluso simbólicos. Pedir perdón a quien ya no está, perdonarse a uno mismo por lo que no se hizo, por lo que se dijo. Esa sola palabra, en una viñeta de 72 kilos, ha sido catalizadora de llanto, de alivio, de reconciliación interna.
En la cotidianidad del duelo, una frase puede ser un gesto de autocuidado. Tenerla como fondo de pantalla, repetirla en voz baja antes de dormir, compartirla con alguien querido. Esas pequeñas acciones simbolizan la intención de sostenerse, de seguir en contacto con lo vivido, sin que el dolor lo arrase todo. A veces, el trabajo terapéutico comienza ahí: en una frase que se queda dando vueltas y, sin que sepamos muy bien cómo, empieza a generar un poco de calma.
Las ilustraciones de 72 kilos funcionan, en ese sentido, como una psicología visual accesible y cotidiana. No reemplazan el acompañamiento profesional, pero lo complementan. Y muchas veces, lo inician. Porque ver reflejado el propio dolor con respeto y sencillez puede ser el primer paso para atreverse a hablar de él.
He visto que muchas personas vuelven una y otra vez a las mismas frases. No por obsesión, sino porque encuentran en ellas algo que no caduca. La frase no cambia, pero nosotros sí, y por eso la misma palabra puede resonar distinto según el momento del duelo en que nos encontremos. Esa estabilidad, esa continuidad simbólica, tiene un valor profundo.
Cuando una frase es un refugio emocional
He acompañado duelos complejos, prolongados, inesperados. Y he aprendido que no siempre hacen falta grandes discursos. A veces basta una frase que haga de espejo, que actúe como un refugio simbólico. En mi propia vida también he necesitado refugiarme en frases que parecían pequeñas pero que me devolvían el contacto con algo más grande: el sentido.
El trabajo de 72 kilos no es una terapia, pero tiene un efecto sanador. Porque no impone, no empuja, no exige. Simplemente está. Y estar, en el contexto del duelo, ya es un acto poderoso. En momentos donde nadie puede cambiar lo que ha pasado, una frase puede cambiar cómo lo habitamos. Y eso, a veces, basta para sostenernos un día más.
Por eso, cuando alguien me dice que una viñeta le ha ayudado, no me sorprende. Lo entiendo. A mí también me ha pasado. Porque una frase, cuando está dicha desde el respeto y la verdad emocional, no solo nombra el dolor: también lo abraza. Y en ese abrazo simbólico es donde muchas veces empieza la posibilidad de vivir el duelo con un poco más de compasión.
* Ángel Rull, psicólogo.
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