Psicología
Así logré entender como psicólogo por qué me daba miedo la calma
Quedarnos a solas con nuestras emociones no es un proceso fácil

El miedo a la calma / 123RF

Durante años, la calma me parecía una meta deseable: un estado ideal al que aspirar tras el ajetreo de la vida diaria. Sin embargo, cuando finalmente aparecía, algo dentro de mí se removía. No era paz lo que sentía, sino una inquietud sutil, a veces apenas perceptible, que me empujaba a buscar estímulos, distracciones o tareas. Como psicólogo, me sorprendía que esa quietud me resultara tan incómoda. ¿No era precisamente la serenidad lo que promovíamos en consulta? ¿Qué sentido tenía sentir miedo ante la ausencia de conflicto?
No tardé en darme cuenta de que esta reacción no era exclusiva mía. Muchas personas relatan algo similar: la ansiedad que se activa cuando todo está "demasiado tranquilo”. La mente comienza a anticipar problemas, a escanear el entorno en busca de amenazas o a revivir escenas pasadas que alteran el momento presente. Esta paradoja es más común de lo que solemos admitir, y entender sus raíces puede ser una vía poderosa de autoconocimiento.
La hiperactivación como base: acostumbrarse al ruido interno
En psicología, hablamos de “hiperactivación” cuando el sistema nervioso se mantiene en un estado de alerta sostenida, incluso cuando el entorno no representa una amenaza. Es un fenómeno frecuente en personas que han atravesado etapas de estrés crónico, trauma o dinámicas de vida altamente demandantes. El cuerpo y la mente se adaptan a estar “encendidos” todo el tiempo, y cuando cesa el estímulo externo, esa energía residual se vuelve incómoda.
Personalmente, crecí en un entorno donde el rendimiento y la productividad eran valores centrales. El descanso se interpretaba como pereza, y la introspección, como pérdida de tiempo. Sin darme cuenta, interioricé que solo era valioso si estaba haciendo algo. Esta narrativa, compartida por muchas personas, no permite espacio para la calma. Cuando llega, aparece una sensación de vacío, como si algo faltara, como si uno estuviera haciendo algo mal.
Esta hiperactivación mantenida lleva a que el sistema nervioso interprete la calma no como una oportunidad de recuperación, sino como un espacio incierto, incluso peligroso. Si alguien está acostumbrado a que siempre "pase algo", el silencio emocional puede percibirse como la antesala de una amenaza. Es la lógica del "cuando todo va bien, algo malo está por venir", una trampa cognitiva muy común en personas que han vivido con niveles altos de estrés o inestabilidad.
Con el tiempo, también entendí que este estado interno genera comportamientos que perpetúan la activación: sobrecarga de trabajo, necesidad constante de hacer planes, consumo excesivo de información o incluso conflictos interpersonales innecesarios. Todo con tal de evitar ese momento de quietud que, paradójicamente, tanto anhelamos y tanto tememos.
Miedo a lo que aparece cuando todo se detiene
Otro factor fundamental que descubrí en mi proceso fue que, cuando todo se detiene, emergen contenidos internos que normalmente mantenemos silenciados. La calma no solo implica ausencia de estímulos externos, sino también el aumento del volumen de lo que ocurre dentro. Y en ese espacio pueden surgir emociones que llevamos tiempo evitando: tristeza, vacío, culpa, vergüenza o miedo existencial.
Muchos pacientes, al empezar a sentirse mejor emocionalmente, confiesan que eso les inquieta. Y no es por masoquismo, sino porque el bienestar puede abrir la puerta a una introspección que resulta más difícil de lo que parecía. En mi caso, entender este proceso me ayudó a reconocer que la resistencia a la calma también era una forma de protegerme. Evitar el silencio emocional me salvaba de tener que enfrentar preguntas incómodas sobre mí mismo, sobre mi historia y sobre mis límites.
Esta dinámica también tiene raíces culturales. Vivimos en sociedades que privilegian la actividad, la productividad y la imagen de control. Estar tranquilo puede asociarse, erróneamente, con pasividad, falta de ambición o desconexión del entorno. Por eso no es extraño que cuando alguien se permite bajar el ritmo, surja un sentimiento de culpa o de inseguridad.
En psicoterapia, trabajar el miedo a la calma implica validar esa inquietud sin juzgarla. No se trata de forzar la relajación, sino de explorar qué historias internas se activan cuando el entorno se detiene. En mi experiencia, fue revelador descubrir que no temía a la calma en sí, sino a lo que podía encontrar dentro de mí cuando me encontraba con ella.
El cuerpo también recuerda: memorias somáticas y asociaciones
Uno de los aprendizajes más valiosos de este proceso fue reconocer el papel del cuerpo en la percepción del peligro. Incluso cuando racionalmente sabemos que "todo está bien", el cuerpo puede estar interpretando otra cosa. Esta desconexión entre lo que pensamos y lo que sentimos es muy habitual y está relacionada con lo que llamamos memoria somática.
A lo largo de la vida, el cuerpo registra experiencias emocionales intensas: momentos de tensión, discusiones, pérdidas, inseguridades. Cuando muchas de esas vivencias ocurren en contextos impredecibles, el sistema nervioso se vuelve hipervigilante. Y esta hipervigilancia se mantiene incluso cuando las condiciones cambian. Por eso, en momentos de calma, el cuerpo puede seguir reaccionando como si estuviera en alerta, generando sensaciones físicas de inquietud, presión en el pecho o agitación interna.
En mi caso, aprendí que parte de mi incomodidad con la tranquilidad venía de una asociación inconsciente: la calma precedía siempre a un nuevo sobresalto. Era como si el cuerpo hubiera aprendido que el silencio era el preludio de algo malo. Esta asociación no se desactiva solo con razonamiento lógico, sino con experiencias repetidas y seguras de calma real. Necesitamos que el cuerpo viva la calma como algo seguro, y eso lleva tiempo.
Incorporar prácticas como la respiración consciente, el movimiento corporal lento o simplemente espacios de no hacer nada fueron pequeños gestos que me ayudaron a reconciliarme con la tranquilidad. Al principio, la incomodidad aparecía igual, pero con el tiempo y la repetición, el cuerpo fue entendiendo que podía bajar la guardia sin que nada malo ocurriera.
Aceptar la calma como parte del bienestar
Uno de los puntos de inflexión fue dejar de buscar la calma como un estado perfecto, inmaculado y constante. La calma real es imperfecta, contiene matices y no siempre se siente bien al principio. Es un espacio donde pueden convivir emociones diversas, pero que no por eso deja de ser valioso. Cuando acepté que la calma podía incluir ciertas dosis de incomodidad, dejé de resistirme tanto a ella.
Este cambio de perspectiva también me ayudó a entender que no todas las activaciones internas requieren acción inmediata. Antes, ante el menor atisbo de inquietud, sentía la necesidad de hacer algo: revisar correos, ordenar, escribir, moverme. Aprender a permanecer en esa inquietud sin actuar fue un gran avance. Descubrí que muchas veces esa sensación se disolvía sola si le daba espacio.
Hoy entiendo que tener momentos de calma no significa estar haciendo menos, sino estar en sintonía con lo que el cuerpo y la mente necesitan. La productividad no siempre es sinónimo de salud, y el bienestar no siempre viene en forma de acción. En muchos casos, el verdadero descanso empieza cuando dejamos de huir de nosotros mismos.
También aprendí que cultivar la calma no es un objetivo puntual, sino una práctica. Como cualquier habilidad emocional, requiere constancia, permiso interno y una mirada amable hacia las propias resistencias. Y, sobre todo, requiere comprender que no hay nada mal en sentirse incómodo al principio: es parte del proceso de adaptación.
Reconciliarse con el silencio interno
Lograr entender por qué me daba miedo la calma fue un proceso largo, pero profundamente revelador. Me permitió mirar con otros ojos tanto mi historia personal como la manera en que la cultura moldea nuestra relación con el descanso y el silencio. Descubrí que ese miedo no era irracional ni vergonzoso, sino un reflejo de vivencias que necesitaban ser escuchadas, comprendidas y resignificadas.
Hoy valoro los momentos de calma no como un premio final, sino como un derecho cotidiano. No siempre me resultan fáciles, pero ya no los interpreto como una amenaza. He aprendido a hacer espacio para el silencio interno, con sus luces y sus sombras, y a no reaccionar de inmediato ante cada estímulo. Esa es, para mí, una forma de libertad emocional.
Como psicólogo, esta experiencia también me ha permitido acompañar mejor a quienes viven algo similar. Comprender desde dentro lo que significa temer la calma me ayuda a ofrecer un espacio terapéutico donde la tranquilidad no se impone, sino que se construye, paso a paso, desde la seguridad.
En un mundo que empuja constantemente hacia el ruido y la velocidad, aprender a habitar la calma es casi un acto de resistencia. Y también un camino hacia una relación más profunda, más honesta y más compasiva con uno mismo.
* Ángel Rull, psicólogo.
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