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Psicología

Soy psicólogo y así logré salir de la autoexigencia y recuperar mi capacidad de disfrutar

El perfeccionismo nos genera la ilusión de control

Salir de la autoexigencia

Salir de la autoexigencia / 123RF

Ángel Rull

Ángel Rull

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Llevo muchos años sintiendo que nada de lo que hago es suficiente. Como psicólogo que escribe, acompaña y trabaja en lo clínico, interioricé con facilidad un estándar alto: que mis artículos fueran impecables, que mis intervenciones fueran siempre efectivas, que mi vida personal reflejara ese orden que predico. Pero pronto comprobé que esa autoexigencia (esa voz interna que dice "puedes más", "no seas flojo", "no te relajes") no era un motor sano, sino un bloqueador de disfrute.

La autoexigencia puede disfrazarse de responsabilidad, motivación o incluso buen carácter, pero su factura suele llegar silenciosa. Tal como señala la evidencia psicológica, cuando esa exigencia se convierte en norma más que en excepción, aparecen síntomas claros: dificultad para disfrutar, foco constante en lo que no se ha hecho o se podría haber hecho mejor. Y fue ahí cuando me di cuenta de que, aunque mi agenda estaba llena, mi vida interior estaba agotada.

Lo paradójico es que la autoexigencia muchas veces es premiada socialmente. Se interpreta como símbolo de compromiso, de ambición sana, de profesionalidad. El problema aparece cuando ese "reconocimiento externo" sustituye al propio bienestar interno. A veces estamos tan ocupados cumpliendo expectativas que no nos detenemos a preguntar si esas expectativas nos pertenecen o si simplemente las hemos heredado sin filtrar.

Tomar conciencia: el primer paso hacia el cambio

Como psicólogo, uno está habituado a teorizar, pero estar del lado paciente me exigió humildad. Reconocer que la autoexigencia estaba más allá de "trabajar mucho" me permitió ver que implicaba:

  • Una voz interna implacable que nunca decía "ya está bien".
  • Un esquema donde el descanso o el disfrute se sentían como "deberes pendientes" o incluso "lujos culpables".
  • Una desconexión progresiva con aquello que me había motivado al principio: la curiosidad, el acompañar, el juego con la idea de humanidad.

Desde la investigación, sabemos que cuando se vive con estándares demasiado elevados de rendimiento, la capacidad de disfrutar del presente se reduce de forma significativa. Para mí, reconocerlo fue vital. Entonces decidí actuar. No cambia el mundo en un día, pero sí tu relación con él.

Aterrizar estrategias desde mi propio trabajo clínico

Desde mi rol profesional, recurrí a las mismas herramientas que suelo utilizar con mis pacientes (porque, sorpresa, también funcionan cuando uno decide aplicárselas a sí mismo) y conté con el acompañamiento de mi propio terapeuta para darles dirección.

Estas tres estrategias que marcaron una diferencia real:

1. Reforma de expectativas y redefinición del éxito

Acepté que "hacer lo mejor que puedo" no significa "hacer lo perfecto". Aprendí a plantearme metas alcanzables, a valorar el proceso y no solo el resultado. Esto coincide con lo que señala la literatura psicológica: establecer objetivos realistas reduce la frustración y favorece la valoración de los logros.

También redefiní el éxito en términos personales, no comparativos. Porque cuando uno mide sus avances por lo que hacen otros, el marcador nunca está a favor. Entendí que mi camino profesional y vital no necesita parecerse a ningún otro para ser válido.

2. Cultivar la autocompasión

Sí, suena a concepto de taza con mensaje, pero fue imprescindible. Aprender a tratarme como trataría a un buen amigo cuando fracasa, cuando no llega, cuando simplemente no puede más. La autocompasión implica reconocer que el error es aprendizaje, no castigo. Y que estar cansado no es una debilidad, sino una señal legítima de límite.

La autocompasión también me permitió identificar esos momentos en los que lo que necesitaba no era "dar más de mí", sino parar, respirar y recordar que también soy humano. No soy una aplicación de autoayuda andante. A veces, simplemente, no puedo. Y eso está bien.

3. Reconectar con el disfrute legítimo

Me di permiso consciente de practicar actividades sin "objetivo". Sin productividad, sin métricas. Pintar, pasear sin rumbo, charlar sin tema. Porque la vida no solo consiste en producir, también en existir. Y al hacerlo, encontré que mi mente descansaba, que mi motivación se realineaba.

Lo curioso es que, al reconectar con el disfrute, también mejoró mi creatividad. De repente, las ideas fluían con más naturalidad. La presión bloquea, el placer libera. Es algo que sabía en teoría, pero que necesitaba recordar en la práctica.

Lo que cambió al recuperar la capacidad de disfrutar

El cambio no fue dramático de un día para otro, pero sí gradual y profundo. Y, sobre todo, volvió algo que había perdido: la capacidad de sentirme presente. No solo funcionando. Estar. Sentir. Participar de la experiencia sin que todo pase por el filtro de la mejora constante.

Algunas de las diferencias que noté:

  • Apareció menos tensión al levantarme. Ya no emergía un listado mental de "tengo que lograr esto, aquello y aquello otro" con urgencia inmediata.
  • El descanso dejó de sentirse como el fin del ciclo, y empezó a ser parte del ciclo. Dormir, desconectar, socializar… dejaban de ser "espacios robados" al trabajo y volvían a ser fuentes de renovación.
  • El placer simple recuperó su lugar: una conversación sin agenda, un café sin urgencia, una sobremesa sin "próximo objetivo".
  • Como psicólogo, creo que mi práctica profesional se volvió también más auténtica. Cuando uno no está solo al servicio del rendimiento, sino del acompañamiento humanizado, la coherencia entre lo que se dice y lo que se vive se fortalece.

Salir de la autoexigencia no es conformismo, es salud

Si algo me ha enseñado esta experiencia es que la autoexigencia no es un enemigo a batir hacia fuera, sino un interlocutor a escuchar hacia dentro. Puedes seguir aspirando, pero desde un lugar menos hostil.

Salir de la autoexigencia no es renunciar al crecimiento. Es revisar el camino, el ritmo y las condiciones en que queremos avanzar. Porque disfrutar no es una pérdida de tiempo. Es lo que da sentido a todo lo demás. Y eso, también es salud mental.

* Ángel Rull, psicólogo.