Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Psicología

Lo que me ayudó como psicólogo a transitar un gran duelo

Las pérdidas nos enfrentan con los que somos y nuestra forma de manejar el dolor

Transitar un duelo

Transitar un duelo / 123RF

Ángel Rull

Ángel Rull

Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

Perder a una persona cercana siempre remueve algo profundo. En mi caso, la muerte de mi prima fue uno de los duelos más duros que he atravesado. A pesar de ser psicólogo, o quizá precisamente por eso, me encontré enfrentando emociones complejas, momentos de bloqueo y una tristeza que no se iba con lecturas o teoría. Porque cuando el duelo toca de cerca, deja de ser un tema académico y se convierte en una experiencia vital que exige presencia, humildad y tiempo.

Este texto no busca ofrecer fórmulas mágicas ni respuestas cerradas. Más bien, comparto aquí lo que me sirvió personalmente y profesionalmente durante ese proceso. Porque, aunque el dolor es inevitable, hay formas de acompañarse a una misma o uno mismo sin tener que huir o encerrarse. Y entender que no estamos fallando si no podemos con todo.

La necesidad de dejar de sostener el papel profesional

Uno de los primeros impactos que viví fue darme cuenta de que ser psicólogo no me protegía del dolor. Durante los primeros días tras la pérdida, me encontré intentando aplicar en mí mismo lo que tantas veces había explicado a otras personas: identificar emociones, darme permiso para sentir, aceptar el proceso. Pero en la práctica, no era tan sencillo. Porque cuando se trata de alguien a quien quieres profundamente, las palabras técnicas no bastan.

Me di cuenta de que había una parte de mí que intentaba mantenerse "correcta", incluso en el dolor. Como si hubiera una presión interna por no caer, por no colapsar, por demostrar que tenía herramientas suficientes. Sin darme cuenta, estaba intentando vivir el duelo desde la razón, no desde el cuerpo ni desde el vínculo. Fue entonces cuando entendí que necesitaba soltar el rol profesional. No era momento de ser psicólogo. Era momento de ser primo, de ser persona, de ser alguien que está perdiendo.

A veces, las formaciones que tenemos nos ayudan a entender, pero también pueden interponerse en el sentir. Y eso me obligó a aprender algo nuevo: que no por saber más se sufre menos, y que permitirme estar roto era mucho más reparador que intentar sostenerme todo el tiempo.

El duelo no se organiza por etapas: se vive como se puede

Una de las ideas más extendidas sobre el duelo es la de las famosas “etapas” (negación, ira, negociación, tristeza, aceptación). Aunque pueden tener un valor orientativo, en la práctica el proceso no es lineal. En mi caso, hubo días en los que me sentía fuerte por la mañana y completamente abatido por la tarde. Días de calma seguidos de otros en los que una canción o una foto me desbordaban sin previo aviso.

Comprender esto me ayudó a no exigirme estar en una fase concreta. Porque si algo aprendí, es que en el duelo no hay metas que cumplir. Hay momentos que atravesar. Y la tristeza no es un problema a resolver, sino una expresión de lo que hemos amado.

También entendí que la ausencia se instala en lo cotidiano. No solo en los actos simbólicos, como el funeral o los aniversarios, sino en pequeños detalles: un mensaje que ya no llega, una conversación pendiente, una risa compartida que ahora duele. Y que esas ausencias inesperadas son las que más pesan.

Asumir que el duelo es imprevisible y que no necesita estructura fue liberador. Me permitió dejar de medir mi progreso y empezar a observar cómo me sentía en cada momento, sin intentar colocarle un nombre o una función.

Las cosas que de verdad me ayudaron (aunque fueran sencillas)

A lo largo del proceso, me encontré probando muchas formas de cuidarme. Algunas fueron más útiles que otras. Pero si algo tengo claro, es que fueron los gestos sencillos los que marcaron la diferencia. No lo grandilocuente, sino lo accesible. Y muchas veces, lo cotidiano.

Hablar con personas que conocían a mi prima fue una de esas claves. No para filosofar sobre la muerte, sino para recordarla, para mantener vivo su lugar en nuestras historias. El simple hecho de decir su nombre, de reírnos con anécdotas, de reconocer lo que significó, era sanador. Porque una de las cosas que más duele en el duelo es la sensación de que la persona desaparece también del lenguaje.

Otra cosa que me sirvió fue escribir. No diarios terapéuticos ni reflexiones profundas. A veces, simplemente palabras sueltas, frases, recuerdos o incluso mensajes que nunca enviaría. Poner en papel lo que sentía me permitió vaciar un poco el nudo interno, aunque no siempre tuviera sentido o estructura.

También me ayudó hacer pausas. Hubo días en los que decidí no contestar mensajes, no ver a nadie, no seguir con la rutina habitual. Necesitaba espacio para estar con lo que sentía, sin distracciones ni obligaciones. Entendí que el dolor necesita espacio, y que posponerlo solo lo hace más ruidoso después.

Por último, me sirvió no tener prisa. No intentar pasar página rápido. No forzarme a “estar bien” por el entorno. Me di permiso para estar triste sin justificarlo, sin tener que convertir cada emoción en una lección o en un discurso profesional. Y eso, aunque suene obvio, no siempre es fácil.

Cuatro señales que me hicieron ver que necesitaba parar

Aunque intentaba seguir con mi día a día, hubo algunas señales claras de que necesitaba frenar. Comparto aquí las que fueron más evidentes para mí, por si alguien que está pasando por algo similar se siente identificado o identificada.

Estas son las señales:

1. Me costaba concentrarme con claridad

Estaba en reuniones o sesiones, pero mi mente se iba constantemente a otros lugares. No era distracción, era sobrecarga.

2. Sentía una fatiga persistente

Dormía, pero no descansaba. Cualquier esfuerzo me resultaba más agotador de lo habitual.

3. Evitaba el contacto emocional

No quería hablar del tema, pero tampoco quería hablar de nada. Sentía que no tenía energía emocional disponible.

4. Me irritaban cosas pequeñas

Cosas que normalmente no me afectaban empezaban a generar malestar. Eso me hizo darme cuenta de que mi sistema interno estaba en alerta, intentando sostener algo que necesitaba ser atendido.

Perder a mi prima me enseñó que el duelo no se teoriza: se atraviesa. Y que ser psicólogo no me exime del dolor, pero sí me da herramientas para observarme sin juicio. Lo que más me ayudó no fueron técnicas complejas, sino lo básico: permitirme sentir, no tener prisa, rodearme de personas que entendían y no exigían explicaciones.

También entendí que cada duelo es distinto, y que no hay formas correctas o incorrectas de vivirlo. Lo importante no es avanzar rápido, sino acompañarse con honestidad. Nombrar lo que duele, pedir lo que se necesita y aceptar que la tristeza tiene un lugar en nuestra historia, sobre todo cuando está vinculada al amor.

El duelo no desaparece, pero cambia. Y con el tiempo, deja de doler igual. Se transforma en una memoria, en una presencia diferente, en una forma de vínculo que ya no necesita cuerpo, pero que sigue viva en lo que recordamos y en lo que hacemos con ese recuerdo.

* Ángel Rull, psicólogo.