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Psicología

Esto es lo que descubrió un neurocientífico sobre la felicidad (y no es lo que crees)

Alcanzar el bienestar no solo depende de elementos externos

Cómo conectar con la felicidad

Cómo conectar con la felicidad / 123RF

Ángel Rull

Ángel Rull

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Durante años, la neurociencia ha intentado responder a una de las preguntas más antiguas de la humanidad: ¿qué nos hace felices? La búsqueda de esta respuesta llevó al neurocientífico Richard J. Davidson, profesor en la Universidad de Wisconsin-Madison, a estudiar el cerebro humano desde una perspectiva emocional. Lo que descubrió cambió radicalmente nuestra forma de entender la felicidad.

Davidson, pionero en el campo de la neurociencia afectiva, afirma que la felicidad no es algo que simplemente sucede. No se trata de una cualidad innata con la que algunas personas nacen y otras no. Tampoco es un estado estable al que se llega y se mantiene de forma permanente. Según su investigación, la felicidad es una capacidad que se puede entrenar, de la misma manera que se entrena un músculo.

Esta afirmación se apoya en una premisa clave: el cerebro es plástico. Tiene la capacidad de moldearse, adaptarse y transformarse a partir de nuestras experiencias, hábitos y pensamientos. Por tanto, si una persona repite ciertos patrones emocionales y mentales, su cerebro tenderá a reforzarlos. No porque ignore lo negativo, sino porque aprende a equilibrarlo de forma más consciente.

El cerebro emocional según Richard J. Davidson

Davidson y su equipo identificaron cuatro factores clave que influyen en el bienestar emocional. Estos no dependen únicamente de la genética o de las circunstancias externas, sino de la forma en que cada persona se relaciona con sus propias emociones y con el mundo que la rodea.

Esto nos influye:

1. La capacidad de mantener emociones positivas

No se trata de estar todo el tiempo feliz, sino de poder sostener estados emocionales agradables más allá del momento puntual en que se producen.

2. La recuperación emocional ante la adversidad

Las personas con mayor bienestar no son aquellas que nunca sufren, sino las que se recuperan con mayor agilidad después de una situación dolorosa o estresante.

3. La habilidad para mantener la atención

Estar presentes en lo que ocurre, sin dispersarse constantemente, mejora significativamente la experiencia emocional.

4. La capacidad de cuidar a los demás

La compasión activa circuitos neuronales asociados al bienestar y tiene efectos positivos tanto a nivel emocional como fisiológico.

No es lo que nos ocurre, sino cómo respondemos

Uno de los hallazgos más significativos del Dr. Davidson es que las circunstancias externas influyen mucho menos de lo que creemos en nuestra felicidad. Según diversos estudios, las condiciones vitales representan solo un pequeño porcentaje de nuestra experiencia subjetiva de bienestar. El resto depende de variables internas.

Esto no significa que el contexto no importe, especialmente cuando hablamos de situaciones estructurales injustas. Pero sí pone el foco en una idea poderosa: dos personas en la misma situación pueden vivirla emocionalmente de forma radicalmente distinta en función de sus recursos internos.

La clave está en la manera en que interpretamos lo que ocurre, en la narrativa interna que construimos y en la capacidad de autorregulación emocional. El cerebro tiende a amplificar las señales de amenaza o pérdida, pero también puede aprender a redirigir su atención, integrar lo positivo y afrontar el dolor desde un lugar menos reactivo.

Esto se vincula directamente con el concepto de mindfulness, ampliamente investigado por Davidson. La atención plena no es una moda, sino una herramienta respaldada científicamente que mejora la regulación emocional, fortalece la concentración y reduce la rumiación mental. Y, con ello, potencia un estado de mayor equilibrio interno.

Lo que la neurociencia nos enseña sobre cómo ser más felices

A partir de su investigación, Davidson propone que el bienestar es una competencia que se cultiva. No basta con desear estar mejor: es necesario generar nuevas prácticas emocionales, cognitivas y relacionales. Algunas de ellas pueden parecer simples, pero sostenidas en el tiempo tienen un efecto profundo en el cerebro.

Esto es lo que podemos hacer:

1. Cultivar intencionalmente emociones agradables

Identificar qué cosas nos dan placer o serenidad (y practicarlas sin culpa) activa circuitos neuronales vinculados a la motivación y al sistema de recompensa.

2. Practicar la autocompasión

Tratarse con amabilidad en lugar de exigencia permite reducir la activación de áreas cerebrales relacionadas con el estrés.

3. Fomentar relaciones seguras

El contacto humano positivo, el sentirse escuchado o escuchada, la validación emocional, generan liberación de oxitocina y fortalecen el sistema inmune.

4. Redirigir la atención

La mente tiende a dispersarse o a enfocarse en lo negativo. Aprender a llevarla de vuelta al presente es una habilidad neuroentrenable.

5. Cuidar los hábitos

El sueño, la alimentación y el movimiento físico inciden directamente sobre el estado anímico. No hay bienestar emocional sin una base biológica cuidada.

La felicidad como camino, no como destino

Las investigaciones del Dr. Richard J. Davidson nos invitan a replantear muchas de las ideas heredadas sobre la felicidad. No es una meta lejana ni una emoción continua. No se trata de sonreír todo el tiempo ni de reprimir el dolor. Es, más bien, un proceso dinámico que implica entrenamiento, conciencia y responsabilidad emocional.

Esta visión desmonta la idea de que ser feliz depende de tener una vida perfecta. De hecho, muchas personas experimentan bienestar incluso en medio de circunstancias difíciles, porque han desarrollado herramientas internas que les permiten sostenerse. Eso no ocurre de forma mágica, sino a través de elecciones cotidianas, pequeñas prácticas, y una mirada amable hacia uno mismo o una misma.

En una época donde se confunde felicidad con éxito, rendimiento o positividad forzada, la neurociencia nos recuerda algo esencial: estar bien es una capacidad que se construye. Y como toda capacidad, se puede aprender, fortalecer y compartir.

* Ángel Rull, psicólogo.