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PSICOLOGÍA

Cinco pautas para que tus hijos toleren la frustración

En la infancia se desarrollan los recursos emocionales que se usarán en la vida adulta

Ángel Rull

Un alumno en clase frustrado.

Un alumno en clase frustrado. / 123RF

La tolerancia a la frustración es la habilidad que nos ayuda a afrontar los cambios inesperados y los fracasos, así como a saber manejar aquello que no está a la altura de nuestras expectativas, tanto a nivel interno, con nosotros mismos, como externo. Nos ayuda a saber superar derrotas importantes pero también es útil en el día a día, como cuando perdemos el metro y llegamos tarde. Nos hace vivir mejores, menos enfadados y con una mayor receptividad a los demás.

En nuestra infancia aprendemos la mayoría de las habilidades con las que nos enfrentaremos al mundo de adultos. Se entrenan y se ponen a prueba con nuestra educación y nuestra experiencia. Aunque parece un rasgo definido desde el momento del nacimiento, es modificable y sujeto a cambios. Por eso, es importante que sean los padres los que sepan observar no solo señales de baja tolerancia a la frustración sino, que independientemente del nivel que exista, se ayude a los hijos a poder sobrellevar mejor los cambios inesperados y los errores.

Afrontar los cambios

Las rabietas infantiles son momentos en los que los hijos descargan su frustración y enfado cuando algo no sale como ellos querrían. Esos momentos deben ser lidiados cuando ocurren, aunque una buena forma de preverlo y prevenir su aparición, tanto en la infancia como en las etapas posteriores, es a través del entrenamiento en inteligencia emocional, con la potenciación de la tolerancia a la frustración.

Con las siguientes pautas, podremos ayudar a que nuestros hijos toleren mejor los cambios y aquellos momentos en los que las cosas no están a la altura de sus expectativas:

1. Etiquetas emocionales

Muchos de los problemas que aparecen son fruto del desconocimiento emocional. De la misma forma que les enseñamos a poner nombre a las cosas del mundo exterior, deben también conocer su mundo interior. Cómo aparecen las emociones, cómo se llaman o cómo expresarlas les ayudan a ganar conocimiento y mejorar las relaciones.

2. Sobreprotección

La sobreprotección hace que los más pequeños no sepan que está permitido cometer errores y que de ellos se puede aprender. No saben cómo enfrentarse al mundo y crecen pensando que no son válidos para todo, que siempre habrá alguien para resolver sus problemas o enfrentarse a las cosas por ellos.

3. Imitación

Los padres somos el primer punto donde los niños ponen el foco, aprenden nuestros movimientos, nos imitan y generan herramientas emocionales en base a lo que ven. Debemos actuar de ejemplo para ellos. Si nosotros mismos no contamos con habilidades emocionales, nuestros hijos no podrán tampoco tenerlas.

4. Frustración

Los gritos, los enfados y las frustraciones son parte indispensable de la vida de cualquier persona. Pretender evitarlo hará que no sepan nunca enfrentarse a ello. Eso implica permitir que lloren o que no siempre tengan lo que quieren, especialmente cuando no es el momento ni el lugar.

5. Esfuerzo y objetivos

Como padres, una de las prioridades es enseñar a los más pequeños a establecer metas, razonables y precisas, y marcar un paso a paso para lograrlas. Eso implica que haya un esfuerzo, una frustración si no se consigue y un cambio de enfoque llegado el momento.

La frustración aparecerá en todas las etapas de la vida de una persona, independientemente de los problemas a los que haya que enfrentarse. Lo que sí varía es cómo aparece esa frustración, si se limita a problemas verdaderamente importantes y las emociones negativas que despierta. Eso depende de la tolerancia a la frustración, algo que se aprende en la infancia, donde es punto importante en la educación de todo niño.

Ángel Rull, psicólogo.