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REVUELTAS POPULARES DE 1975 A 1980

Los epicentros metropolitanos donde la ciudadanía plantó cara a la represión policial en la Transición

Más allá de Barcelona, grandes ciudades como Sabadell, Cornellà o Santa Coloma fueron escenarios de las movilizaciones más relevantes en Catalunya

La obra 'Corre, democràcia, corre' desmonta el "relato edulcorado" de este periodo histórico y pone en valor el protagonismo del movimiento popular

Aitana Glasser

 Juan Ignacio Valdivieso, en el centro de la imagen, en una asamblea celebrada durante la huelga general de Sabadell

 Juan Ignacio Valdivieso, en el centro de la imagen, en una asamblea celebrada durante la huelga general de Sabadell / Archivo de Xavier Vinader

Según el historiador David Ballester (Barcelona, 1960), sobre la Transición española, uno de los capítulos más discutidos y reinterpretados actualmente, impera un "relato edulcorado" debido a la relegación a un segundo plano del movimiento popular. “Se habla de la Transición como un producto lineal, como una obra teledirigida por las élites en la que las movilizaciones populares no tuvieron ningún peso, cuando [en realidad] fueron las claras protagonistas”, apuntala Ballester.

Las ciudades del área metropolitana de Barcelona fueron el epicentro catalán del movimiento obrero durante la Transición

Así, el autor reivindica la importancia histórica de las más de 800 manifestaciones de más de 1.000 personas que hubo en Catalunya desde la muerte de Franco hasta las primeras elecciones al Parlament, especialmente por las 40 víctimas en que derivaron fruto de la represión policial. Lo hace en su nueva obra Corre, democracia, corre (Editorial Base), escrita junto al también historiador Manuel Vicente, en la que hacen un exhaustivo repaso de las movilizaciones catalanas durante el paso del franquismo a la democracia, concretamente entre los años 1975 y 1980.

El estudio pone de relieve que la fuerza de la movilización popular en Catalunya se concentró especialmente en Barcelona y su área metropolitana, epicentro de las revueltas que tuvieron como claros protagonistas al movimiento obrero, estudiantil y vecinal. La localización de estas manifestaciones, de hecho, da cuenta de hasta qué punto fue determinante la aportación de la clase trabajadora metropolitana para la ruptura con el régimen franquista.

Más allá de la capital (donde Ballester y Vicente contabilizan la impresionante cifra de 392 manifestaciones), destacan como núcleos urbanos más combativos grandes ciudades catalanas a veces olvidadas como Sabadell (40), Cornellà (38), L’Hospitalet (24), Mataró (20), Sant Boi, Santa Coloma y Terrassa (19) -donde se produjo la primera gran manifestación en Catalunya tras la muerte de Franco- o Esplugues (12).

En estos municipios se vivieron episodios tan significativos como las huelgas generales del Baix Llobregat y de Sabadell (1976), la huelga de trabajadores de Laforsa en Cornellà o de la fábrica Roca en Gavà y la manifestación de la Diada en Sant Boi (1976) -la primera permitida desde el fin de la Guerra Civil-.

Movilización popular: de la amnistía a los semáforos

Las citadas movilizaciones tuvieron el trasfondo político de sectores que abogaban por la ruptura -frente a la reforma- y que reclamaban la amnistía y la libertad de los presos políticos -bajo el famoso lema ‘Libertad, Amnistía y Estatuto de Autonomía’, pero que iban más allá. A la lucha obrera por los derechos laborales se le sumaban también las reivindicaciones de los estudiantes, que salieron a la calle en incontables ocasiones, y también el movimiento vecinal. 

“Es desde las asociaciones de vecinos -muchas integradas por miembros del PSUC u otros partidos de extrema izquierda- desde donde se consigue movilizar a la población para protestar sobre temas de trascendencia local”, señala el historiador de Santa Coloma de Gramenet Juanjo Gallardo. Así, durante la Transición cobró fuerza el movimiento reivindicativo en barrios como los de Ciutat Cooperativa y Casablanca (Sant Boi), La Florida y Bellvitge (L’Hospitalet), Llefià y Sant Roc (Badalona) o Singuerlín y Can Franquesa (en Santa Coloma).

La gente empezó a movilizarse para protestar por todo aquello que le afectaba directamente: desde la instauración de ayuntamientos democráticos hasta la falta de escuelas y centros de salud y hospitales, pasando por la falta de semáforos y luces o el mal estado de las carreteras y el alcantarillado.

Cornellà fue escenario de numerosas movilizaciones durante la década de los 70. / AYUNTAMIENTO DE CORNELLÀ 

La respuesta policial  

El retrato de la Transición de Ballester y Vicente pone énfasis en cómo el fin de la dictadura y la toma de conciencia por parte de las clases populares alentaba a que se produjeran cada vez más movilizaciones -llegando estas a su punto álgido en el 76 y el 77-, las cuales encontraban como respuesta la represión por parte de las fuerzas de seguridad del Estado bajo la presidencia de Arias Navarro y posteriormente de Adolfo Suárez.

De hecho, explicitar el papel que tuvo la policía durante la Transición es otro de los cometidos de Ballester. “No hay una tradición historiográfica en nuestro país de hablar de los cuerpos policiales; hay muy poca producción y pocos estudios y es muy difícil acceder a los archivos policiales”, asegura. Una opacidad que responde, apunta, a la brutalidad con la que actuaron los cuerpos de seguridad contra los manifestantes.

“Estaban mal entrenados, mal mandados y además sabían que hicieran lo que hicieran nunca se cuestionarían sus acciones”, destaca Ballester. “La palabra clave es impunidad, agrega, profundizando en que con la llegada de la democracia no hubo depuración de los cuerpos policiales y “la democracia se quedó con todos los policías franquistas”, algunos de los cuales, incluso, “fueron promocionados a cargos de responsabilidad o incluso condecorados”.

El caso Téllez, paradigma de la represión

El caso de Francisco Téllez es uno de los más representativos de la brutalidad policial. De 31 años y vecino Santa Coloma de Gramenet, fue detenido a finales del 75 y trasladado a un cuartel de Badalona donde fue torturado durante tres días. Su historia la relata el historiador Juanjo Gallardo en Tortura y transición democrática: el caso Téllez (Ediciones Carena), donde explica cómo terminó este militante del PSUC y reconocido antifascista de la ciudad arrestado por una manifestación en la que ni siquiera estuvo.

Portada del libro de Gallardo que muestra la imagen de Francisco Téllez tras las torturas de la Guardia Civil.

La Guardia Civil lo arrestó días después de detener a tres compañeros suyos -miembros del PSUC y de CCOO- durante una huelga de la construcción a la que él no asistió. “Le tuvieron tres días incomunicado, torturándole salvajemente y acusándole de ser el responsable de prensa y propaganda de la comarca”, cuenta Gallardo. En el hospital, médicos antifranquistas consiguieron hacerle una fotografía, convertida luego en un símbolo de la lucha antifranquista.

"La gente estaba perdiendo el miedo", afirma Gallardo, y en Santa Coloma, más allá de las protestas por la ruptura con el régimen franquista, "había muchas otras demandas, por ejemplo por la llegada del metro o la lucha por Can Zam". Y el caso de Téllez consiguió "ampliar mucho la capacidad de organización del antifranquismo en Santa Coloma”, especialmente entre las asociaciones de vecinos.

La huelga general de Sabadell

En el decurso de las manifestaciones se produjeron 40 muertes, según los cálculos de los autores, cuatro de ellas en Catalunya. Una de las víctimas fue David Wilson, un profesor de 37 años que murió semanas después de recibir el impacto de una bala de goma mientras intentaba proteger a los alumnos del centro sabadellense donde impartía clases.

Fue durante la huelga general de Sabadell (febrero del 76), uno de los sucesos más destacados de la Transición en la provincia barcelonesa. Juan Ignacio Valdivieso (Cúllar, 1947), militante del PSUC y de CCOO, tenía 31 años cuando se produjo. Recién salido de la Modelo -estuvo detenido hasta en 3 ocasiones por participar en diferentes protestas-, fue uno de los principales impulsores de lo que describe como “una respuesta sin precedentes a la represión policial”.

“Todas las fuerzas del trabajo se unieron y unas 60 entidades apoyaron la huelga, que no era solo contra la represión, sino también por las libertades y los derechos de los trabajadores”, cuenta Valdivieso. De aquellos días, recuerda muchas "emociones, palos y detenciones", pues la policía quería impedir a toda costa que la huelga se extendiera.

Y aunque no lo hizo, a nivel local la movilización dio grandes resultados: forzó la dimisión del último alcalde franquista, Josep Burrull, y obligó a la patronal a parar los despidos y negociar las condiciones laborales. “Fuimos volviendo al trabajo de manera ordenada, pero no paramos; luego vino la huelga del metal (de un mes), y también muchas otras manifestaciones populares reivindicando asuntos locales, porque no había calles asfaltadas ni transporte”, concluye Valdivieso.

Manifestación por la libertad de los detenidos en Sabadell. / AYUNTAMIENTO DE SABADELL 

Falta de memoria histórica

La libertad de los presos, la consecución de algunas demandas sociales, el desencanto de algunos sectores con la lucha y, especialmente, la celebración de las primeras elecciones municipales en el 79, a partir de las cuales mucha gente del movimiento obrero fue entrando en las instituciones locales -conquistadas, muchas de ellas, por el PSUC- y las autonómicas del 80, hizo que se produjera una desmovilización y que las protestas fueran cada vez a menos.

"Vivimos en un país de desmemoria", defiende el historiador David Ballester

El capítulo de la Transición se fue cerrando y el relato que se construyó a partir de entonces se mostraba como una metamorfosis pacífica. “Si miras las memorias de sus protagonistas, la inmensa mayoría no cita a estas movilizaciones; las ignora o las menosprecia”, reitera Ballester. “Hay una falta de conocimiento de la historia local, estatal y autonómica tremenda -añade Gallardo- y eso hace que la población sea más fácilmente manipulable”.

Las conmemoraciones locales, apunta el historiador, suelen ser "actos generalmente institucionales y fríos, que no tienen demasiado éxito, porque además la preocupación de la gente es mínima”. Vivimos en un país de desmemoria, y toda la lucha por la democracia está todavía en las catacumbas”, defiende Ballester, por lo que “todo lo que se haga en pro de la memoria histórica, y más en este país tan amnésico, será poco”, defiende.

Las movilizaciones sociales, ayer y hoy

Aunque ambos historiadores recalcan que comparar el movimiento popular de entonces con las manifestaciones en la actualidad no es factible por el radical cambio de contexto y de perfil de la clase obrera,  Gallardo reconoce que “el movimiento vecinal actual es muy pobre. La gente se informa a través de la televisión, se queda en casa o se moviliza en momentos muy puntuales, pero el resto del tiempo prefiere que los problemas los solucionen los políticos, que para eso los han elegido”.

Para Juan Ignacio Valdivieso, "el problema principal es que el movimiento social se ha estructurado demasiado -con todo lo que eso conlleva-, cuando tiene que ser una cosa más espontánea". “El movimiento vecinal tiene que encontrar su sitio y unirse, porque si no hay consenso, no hay alianza y no hay fuerza, y por tanto, no puede haber una revolución de la mayoría”, añade este vecino de Sabadell.

Valdivieso tampoco entra en comparaciones, pero asegura que “estamos en un momento decisivo: o se va para adelante o se va para atrás”. Por ello recalca la importancia de que se tenga en cuenta todo lo hecho hasta ahora, “para que no nos quiten todo lo que hemos conquistado”. En esta línea, apunta a algo obvio pero crucial: “si no se preserva la memoria, desaparece”, y la memoria es necesaria, pues "te obliga a seguir hacia delante, pero con la mirada puesta en el pasado”.

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