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Salvador Torres: er cosas en el Besòs»

Religión y solidaridad No olvida que la Iglesia puede ejercer una gran labor social. Tras vivir en Camerún y abordar el problema del barraquismo, ahora busca la hermandad en el Besòs.

Salvador Torres: er cosas en el Besòs»

DANNY CAMINAL

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JORDI TRENZANO
BARCELONA

Salvador Torres (Vilafranca del Penedès, 1939) no entiende la fe católica sin una labor social que a él le ha llevado a trabajar con la inmigración. Primero aquella interna que durante el franquismo vivía en barracas. Y ahora la llegada de personas de decenas de países que tratan de hacer del Besòs su casa, en un momento económico y social complicado.

-Le ordenaron sacerdote en 1961 y enseguida empezó a ayudar.

-Comencé en Trinitat y Torre Baró, a principios de los 60. Casi todos eran inmigrantes andaluces. Ahora se reproducen los pisos patera que ya existían, los había con 18 personas. Recuerdo uno en el que dormían por turnos. A las dos de la mañana unos se despertaban y pasaban al comedor para dejar pasar al resto.

-¿Se parecen aquella inmigración española y la extranjera de ahora?

-Sí y no. En Barcelona hay barraquismo escondido en pisos patera. Antes se construían su barraca los fines de semana, era un urbanismo salvaje.

-En 1966 se fue a Camerún.

-Estuve con un rector local, se jubiló y me pusieron al frente de un suburbio. Promocioné sitios de encuentro y la sanidad. El barrio tenía 100.000 habitantes y ningún dispensario. Hice un esfuerzo para construir un dispensario, todavía llamado Barcelona. Ràdio Barcelona y amistades de aquí me ayudaron. Trataba enfermedades, formaba a madres, tocaba temas básicos. Servía para humanizar la sociedad.

-Regresó en 1973 y se estableció en Cornellà.

-Era el momento álgido del Baix Llobregat. El Gobierno franquista decía: «En España hay dos grandes problemas. ETA y el Bajo Llobregat». La economía funcionaba, pero empezaban los movimientos políticos y sindicales. Nacieron allí los sindicatos y las parroquias participamos en la ilusión del cambio.

-Estuvo un año en la archidiócesis de Barcelona.

-En 1982 me encargaron los inmigrantes. Viví en Ciutat Vella, para ver desde dentro la situación. Era una tarea más de un asistente social, pero yo siempre tengo vocación de barrio. Estuve un año.

-Y luego a la Sagrera, hasta 1995, para finalmente llegar al Besòs.

-En el Besòs encontré un barrio sin centro, una aglomeración de bloques. Todos explican cuando era campo e hicieron bloques para meter a quien venía de las barracas. Los edificios son de baja calidad, Algunos se tiraron por la aluminosis, otros se reforzaron, pero siempre serán precarios. Muchos no tienen ascensores. Quien pudo se marchó. Y estos pisos los ocuparon después los inmigrantes.

-La muerte reciente de un inmigrante de Senegal tensó el ambiente.

-Hubo riesgo de problemas serios. Pero, al margen de casos así, hay tolerancia. Valoro los esfuerzos de la administración, aunque cuesta convivir entre senegaleses, paquistanís, latinos y vecinos de siempre. Desde entidades como las asociaciones de vecinos hay ganas de mover cosas en el Besòs.

-¿Cree que las nuevas generaciones cambiarán el Besòs?

-Hay cosas que no cambiarán. Pisos que lo único que se podría hacer sería tirarlos. El plan de barrios está mejorando calles, el ayuntamiento ha hecho esfuerzos. La última mejora son los ascensores para edificios.

-Entre tanta experiencia, ¿cuál le marcó más?

-La última fue con una pareja de Perú. Se preparaban para casarse y bautizar a su hijo. Llevaban años aquí trabajando. De repente, ella enfermó. Tenía 32 años y se le desarrolló un cáncer, iba a morir en pocos días. Lo último que dijo fue: «Que Salvador nos case». Hice la boda con ella en la cama. Murió a la mañana siguiente.

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-Descorazonador.

-Pero la más dramático fue en Camerún, en una suplencia del sacerdote que iba a la cárcel. Me despertaron unos militares a las dos de la mañana. Iban a matar a dos presos, de 21 y 30 años. Nos dejaron a los tres solos. A la familia no les dejaron verlos. Yo les tuve que dar los últimos abrazos. Su único pecado era oponerse al régimen. Los fusilaron. Y expusieron sus cabezas en el mercado durante un día. Sentí una energía superior. Nunca te dirán en un seminario cómo debes sentirte en un momento así. Todavía llevo conmigo el abrazo que nos dimos los tres.