La fiesta del libro

Cinco libreros en Sant Jordi: pendientes del cielo... y de la inflación

Isabel Sucunza, Èric del Arco, Xavier Vidal, Àurea Perelló y Mariana Sàrrias, libreros.

Isabel Sucunza, Èric del Arco, Xavier Vidal, Àurea Perelló y Mariana Sàrrias, libreros. / Manu Mitru / Joan Cortadellas/ Jordi Otix / Zowy Voeten

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Anna Abella
Anna Abella

Periodista cultural

Especialista en arte y libros, en particular en novela negra, cómic y memoria histórica

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El Sant Jordi de 2020 no existió, más allá de un bienintencionado simulacro veraniego. El del año pasado, pese a celebrarse con severas restricciones, se convirtió en un homenaje a un sector, el del libro, que había ayudado a muchísima gente a soportar el desafío de la pandemia y el confinamiento. El reconocimiento se extendió a lo largo de buena parte de 2021, un curso en el que las ventas de libros crecieron hasta superar las previsiones más optimistas, impulsadas por unos factores (la necesidad de buscar respuestas en tiempos de incertidumbre, la falta de alternativas propiciada por el cierre de la restauración y el ocio nocturno) que difícilmente podían durar demasiado. Ahora que la normalidad se impone en todos los ámbitos, el libro parece volver a ocupar el lugar que ocupaba antes de la alarma sanitaria. Este Sant Jordi servirá para tomarle el pulso a la situación, o así lo creen los libreros, que cruzan los dedos ante la amenaza de lluvia y miran con aprensión a la crisis inflacionaria que acecha a la economía mundial. 

Isabel Sucunza (Calders)

Concisa y rotunda: «Mojado». Así prevé este primer Sant Jordi sin mascarilla obligatoria la librera Isabel Sucunza, de la Calders, en el corazón del barrio de Sant Antoni. Aunque sin perder ni sonrisa ni esperanza, ahí está el temor a que la anunciada lluvia desluzca esta esperada diada. De hecho, previsores, cambiaron ya los planes que tenían de instalar, como años anteriores, el estand de libros en el patio del Antic Teatre: el jueves les avisaban de que el suelo, de tierra, estaba embarrado. Y han tenido suerte con el plan B: un local justo al lado de la librería, en el pasaje de Pere Calders, les cede espacio, y ya ayer acogían firmas de autores.

 «Venimos de una semana lloviendo que ha sido superfloja. Y de una Semana Santa en la que también ha venido poca gente. Ojalá no llueva mucho y la gente sí se anime. Aunque cae en sábado, creo que la tradición pesa muchísimo. Espero que si cuando todo estaba cerrado con la pandemia la gente se volvió loca comprando libros, ahora sigan llenando las librerías», señala Sucunza. 

Isabel Sucunza, de la Calders.

/ Manu Mitru

La Calders, que apuesta por alejarse del típico libro mediático, presume de «una clientela muy fiel». «Tenemos gente que ya es lectora y mucho libro de fondo con propuestas para un tipo de cliente que compra habitualmente y que no solo lo hace en Sant Jordi o Navidad, así que no nos condiciona tanto que en Sant Jordi se queden en casa o vengan. Nosotros jugamos todo el año. Aunque Sant Jordi se nota una barbaridad, claro», admite. 

Sucunza lo tiene claro: «Si Sant Jordi acaba siendo más flojo de lo deseado nos pondremos las pilas en mayo y junio con actividades a tope para salvarlo. No con la típica presentación sino juntando dos autores que pueden no tener nada que ver. Es una forma de atraer a públicos diversos que se acaban interesando por el libro de uno y otro». Un ejemplo: la escritora Sara Mesa y la traductora Dolors Udina hablando de Alice Munro. Una forma, concluye, de que la gente compre más de un libro.

Èric del Arco (Documenta)

Hay un momento del 22 de abril en el que los libreros otean el cielo intentando pronosticar si Sant Jordi va a portarse bien climatológicamente hablando. Tras dos años de pandemia, este 2022 toca olvidarse de los malos tiempos y vivir la fiesta con normalidad. Así se enfrenta a la fiesta Èric del Arco, el librero de la Documenta, una librería de medida humana que históricamente siempre ha tenido garantizada la fidelidad de sus clientes que no solo ayudaron económicamente a su supervivencia en el 2013 sino también a su traslado desde el Gòtic a la actual localización en Pau Claris. Del Arco se preocupa por los cumulonimbos, por supuesto, pero con su característica guasa relativiza: “En el Gremi de Llibreters estamos siempre pendientes de algo que no podemos controlar, la lluvia en Sant Jordi, pero en los últimos años estamos muy alterados por la tecnología que nos permite tener en el teléfono no una sino tres aplicaciones que nos dan predicciones contradictorias entre sí. ¿Cuántas veces la tormenta está en la aplicación y si levantas la vista de la pantalla ves un sol esplendoroso”.

Èric del Arco, de Documenta.

/ Joan Cortadellas

Este sábado, el librero se levantará a las seis y media para preparar su puesto designado en el Paseo de Gràcia y será lo que tenga que ser. Delante de la Documenta no suele montar ninguna ''parada', y este año tampoco será así, porque la acera de su calle no es suficientemente amplia para la ocasión. Dentro hay espacio para los que prefieran acudir allí. Peor lo tienen ante el mal tiempo aquellas librerías de barrio a las que la normativa de sus respectivos distritos no permite montar una carpa, ya que en esto no hay un criterio unitario por parte del ayuntamiento.

Constata Del Arco que las aguas han vuelto a su cauce tras el bullicioso desbordamiento lector que se produjo en 2021, el año milagroso. Con el libro ha ocurrido algo parecido al fenómeno Netflix durante la pandemia: “Entonces todo el mundo se apuntó a la plataforma pero a la que se ha podido salir a cenar o ir a conciertos el boom se ha rebajado”. No obstante, en Documenta hay un dato importante a tener en cuenta y que habrá que ver si en el futuro es extrapolable a todo el sector. Los tres primeros meses de este año comparados con el 2019 prepandémico han tenido comparativamente ventas más altas, lo que supone la consolidación de una mayor masa lectora no mediatizada por el hecho de que poco había que hacer durante el encierro. Son buenas expectativas que Del Arco toma con cautela encomendándose al ‘senyor’ Esteve. “A ver cómo nos afecta en el futuro la actual inflación. De momento no se nota, pero yo como buen ‘botiguer’ cada días levanto la persiana pensando que no va a venir nadie a comprar”.

Xavier Vidal (Nollegiu)

Cuando, el 13 de marzo de 2020, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anunció el cierre del comercio y el confinamiento de la población, Xavier Vidal pensó que la aventura de la librería Nollegiu (Pons i Subirà, 3) había llegado a su fin. “No tenía ninguna esperanza de aguantar. Y menos teniendo en cuenta que hacía solo tres meses que habíamos hecho una inversión para abrir una nueva librería en el Clot [València, 608]”. Pero la Nollegiu aguantó, gracias a la “fenomenal respuesta” de una clientela que no dudó en pedir libros a través de la web aun sabiendo que no los recibiría hasta al cabo de unos meses. “Supongo que si tuvimos esa respuesta fue porque llevábamos años trabajando para crear una comunidad de gente que sentía el proyecto como algo suyo”, apunta Vidal.

Xavier Vidal, de Nollegiu.

/ Joan Cortadellas

A esos días de estrecheces e incertidumbre les siguió una época de bonanza –“2021 fue un año espectacular de ventas”- que inflamó quizá en exceso las expectativas del sector. “Yo siempre he sido muy consciente de que la fiesta, si se puede calificar de fiesta, iba a ser de corta duración, porque en este país el índice de lectores es el que es”, señala el librero de Nollegiu. La realidad de los números revela que a finales del pasado año, “cuando entró de nuevo la competencia de la restauración, el ocio, los viajes, etcétera, la lectura volvió a su nivel de siempre”. Y en el primer trimestre de 2022, añade Vidal, las cosas han ido a peor, como consecuencia de la inflación y de los efectos económicos de la guerra de Ucrania. “Como siempre, cuando vienen mal dadas, el primer sitio del que se recorta es la cultura. Creo que para el sector va a ser más dura la crisis inflacionaria que la crisis pandémica”, sentencia.

Al mal tiempo (el metafórico y, tal vez, también el otro), buena cara. Vidal afronta el nuevo viejo Sant Jordi con una mezcla de escepticismo y entusiasmo. Eso sí, desde la Nollegiu vuelve a plantar cara a la antieconómica imposición del descuento. “Nadie rebaja el precio de las gambas el 24 de diciembre”.

Àurea Perelló (Finestres)

Se estrenaba en 2021 la librería Finestres con su primer Sant Jordi, aún con restricciones pandémicas, y se estrena en este segundo año con doble local, uno enfrente de otro en la calle de Diputació, entre Balmes y Rambla de Catalunya (el segundo, especializado en todas las artes). Lo harán con 12 metros de estand de venta de libros y con 8 de firmas de autores ante ambas tiendas. No están en la zona delimitada del paseo de Gràcia pero tampoco les hace falta: se ubican en pleno centro, dentro del perímetro de la superilla que el Ayuntamiento de Barcelona ha establecido que hoy está prácticamente cerrada al tráfico. 

Àurea Perelló, de Finestres.

/ Jordi Otix

«Preferimos quedarnos en nuestro espacio. Es una forma de mantener nuestra apuesta para que la gente esté cómoda en la librería, que invite a la lectura y la reflexión», recalca Àurea Perelló, una de las responsables. Por ello, hoy mantendrán una limitación de aforo, para evitar las habituales locuras de público de la diada.  

El miedo: la lluvia. ¿Plan B? «Carpas y plásticos». No tienen alternativas. «Tengo la sensación de que a pesar de la previsión del tiempo vendrá mucha gente de fuera de Barcelona, que aprovechará para visitar la ciudad y disfrutar del ambiente de Sant Jordi». 

Durante la pandemia han crecido tanto las ventas de libros como los índices de lectura. «Yo quiero pensar que se mantendrá esa tendencia. La lectura ha estado muy presente en los medios estos dos años y eso ha ayudado -opina-. Espero que ahora la lectura sea noticia más allá de Sant Jordi y de Navidad, que se normalice». 

Entre lo más demandado estos días, explica, no faltan los libros sobre Putin y Ucrania. Y en el recién estrenado segundo local, donde una buena parte está dedicada al cómic, detectan «un público que no suele ser lector de cómic y que al estar bien posicionado en una librería generalista se está acercando más a él». Aún no tienen datos con los que comparar con Sant Jordis prepandémicos. El año ya podrán hacerlo.

Mariana Sàrrias (Byron)

Byron, la librería de la calle Casanova que abrió sus puertas en noviembre de 2020, en plena pandemia, prepara con ilusión su primer Sant Jordi en plena normalidad, pese a que ya atisbó las ganas de fiesta que los lectores exhibieron en el Sant Jordi perimetrado del 2021. «Tuvimos un puesto en el paseo de Gràcia y nos contagiamos rápidamente del ambiente, dentro de la particularidad del momento, con mascarillas y turnos de entrada», dice la librera Mariana Sàrrias, que ha apostado por hacer de su local un lugar de recogimiento y saber reposado.

Mariana Sàrrias, de Byron

/ Zowy Voeten

Certifica Sàrrias que las ventas en los últimos tiempos han bajado, pero esa comprobación, dice, necesita explicación. «Diría que no es que hayan bajado, sino que en el 2021 subieron, algo muy distinto, porque la gente en su encierro buscaba alternativas a la televisión y las pantallas y encontró el viejo recurso del libro». Lo que comprueba en estos últimos días de incertidumbre internacional es algo más intangible: la necesidad de la gente de entender más. Eso se percibe en el tipo de libros que pide en la Byron, crónicas de periodistas que conocen bien Rusia o ensayos de analistas políticos sobre la guerra de Ucrania. «La gente se ha dado cuenta de que la lectura da respuestas o te ayuda a hacerte las preguntas concretas y eso, en un momento como este, tiene mucho valor. Por eso estoy convencida de que el empujón que dio la pandemia a la lectura no se va perder». 

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La prueba la tiene Sàrrias en sus clientes que llevan ya unos días calentando motores por su librería, mirando, ojeando e incluso picoteando lecturas, mientras ella vive con satisfacción la posibilidad de poner en marcha actividades culturales como un curso con la Universitat de Barcelona sobre temas marginales de la Historia del Arte o un ciclo sobre derechos humanos en colaboración con el Parlamento Europeo. Bienvenida vieja normalidad. Bienvenido viejo Sant Jordi. 

 

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