Quijotesco

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Óscar López

El motivo de la presente columna surge de una constatación reciente y bastante surrealista que viví hace un par de semanas cuando tuve la oportunidad de pasar unos días por esos campos de Montiel y de la Mancha. Allí comprobé in situ que no hay nada como el turismo cultural para intentar levantar económicamente zonas más o menos deprimidas. Hasta aquí todo perfecto. El problema surge con la desmesura y hasta el despropósito. Porque si uno pasea por aquellos lares, comprueba enseguida que, al margen de disfrutar de la belleza y la excelente gastronomía, existe una guerra que ríete tú del Quijote y sus molinos, en la que todos se cuelgan méritos de difícil constatación.

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Hay varios pueblos que se disputan a sangre saber cuál es el verdadero lugar de cuyo nombre Cervantes no quiso acordarse. Mota del Cuervo o Villanueva de los Infantes, entre otros, se atribuyen ese honor, sustentado en estudios más o menos científicos, en libros publicados, y en trabajos a menudo pagados con dinero público. También puedes visitar la Casa de Medrano en Argamasilla de Alba, en cuyos sótanos supuestamente estuvo encerrado Cervantes, y donde supuestamente pergeñó el 'Quijote', y enseguida escuchas en el pueblo de al lado que ni en coña ese supuesto es posible. Pero los autocares cargados de japoneses y turistas del Imserso continúan llegando, algunos ametrallando de fotografías la Venta del Quijote de Puerto Lápice, como si allí realmente hubiera abrevado Rocinante.

Me decía una avispada técnica de turismo de la zona, de cuyo nombre no quiero acordarme para evitarle problemas, que el riesgo de todo este asunto es que se prostituya demasiado el tema y al final no venga ni Dios. Sería deseable que los pueblos de esas comarcas fueran a una aceptando que hay asuntos que es mejor dejarlos en el lugar del que proceden: la ficción. En cualquier caso, y mientras veía los maravillosos molinos de Campo de Criptana, no dejaba de pensar en Cervantes, el precursor de la ironía literaria. Estoy convencido de que lleva cuatro siglos partiéndose el pecho en su tumba, sabiendo que la iba a liar parda con aquel inicio descomunal.