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RELEVO FEMENINO

Una nueva generación de payesas irrumpe en el Baix Llobregat

Aunque siguen siendo minoría, cada vez hay más ejemplos en la comarca de mujeres que toman las riendas de las explotaciones agrícolas

La poca visibilidad histórica se suma a otras dificultades del sector, como la falta de relevo generacional, algo que las nuevas iniciativas quieren frenar

Aitana Glasser

 Teresa Vendrell, sobre el tractor, en la explotación que ostenta desde hace dos años en Begues (Baix Llobregat)

 Teresa Vendrell, sobre el tractor, en la explotación que ostenta desde hace dos años en Begues (Baix Llobregat)

Teresa Vendrell quería darle un “cambio radical” a su vida. Había estudiado comercio y marketing y había estado trabajando para varias empresas hasta que “se quemó”. Hace dos años, con 34, decidió tomar las riendas de la explotación agrícola que su padre, ahora jubilado, tenía en Begues y abandonar el mundo de la Administración para dedicarse de lleno a la payesía. Su caso no es único, pero tampoco abunda.

Resulta difícil todavía encontrar nombres femeninos como titulares de una explotación, y más aún a mujeres jóvenes dedicándose por completo al campo, pese a ser el Baix Llobregat una comarca de referencia a nivel metropolitano en el sector agrícola, gracias en gran parte a la ubicación del Parc Agrari del Baix Llobregat, del que forman parte 14 municipios.

“Aquí en el Baix, donde predomina tradicionalmente el cultivo de fruta y hortaliza, las mujeres se han encargado tradicionalmente de la comercialización, de ir a los mercados municipales a vender, aunque también hacían trabajos en las tierras”, explica Montse Lligadas, hija de payeses de Viladecans y dinamizadora territorial de Unió de Pagesos. Las mujeres se ocupaban de una parte muy importante de la explotación, pero lo hacían sin regularizar. “Se decía que eran ‘colaboradoras’, pero a la hora de cotizar solo lo hacía el hombre, por lo que no tenían ni seguridad social agraria”.

“El papel de la mujer siempre ha quedado un poco escondido, se ha quedado en la sombra, y aunque ahora se esté dando a conocer más, no significa que antes no hubiera payesas”, añade Montserrat Tugas, copropietaria de una explotación familiar de hortalizas y frutas entre Viladecans y Gavà, en el Parc Agrari. “Siempre se ha dicho que las mujeres lo que hacían era ayudar al hombre, y todavía hoy lo dicen algunos payeses de la zona, a lo que yo les digo ‘no no, es que no es así, es que tu mujer acaba trabajando igual que tú”, reclama Vendrell.

Y ahí reside precisamente uno de los problemas que, aunque se ha ido solucionando, da buena muestra de la situación en la que han estado las mujeres del sector agrícola durante generaciones, apunta Lligadas: "Tenemos un grueso de mujeres que en su momento estuvieron trabajando en explotaciones agrarias igual que los hombres, pero que ahora no cobran jubilación", y eso que “su trabajo era igual de necesario, porque si la mujer no hubiera estado vendiendo, el hombre habría tenido un problema”.

“Son temas que se han ido superando, pero que se arrastran desde hace mucho tiempo”, cuenta Tugas, que recuerda que su madre, que dedicó toda su vida al campo, cobra una pensión porque en los últimos años logró cotizar algo, pero toda la trayectoria anterior “no se le ha reconocido nunca”. Es el caso de mujeres como Ángela García, que desde que llegó a Gavà procedente de Sevilla en los años 50 estuvo dedicándose al campo con su marido, al frente de la explotación. 

“Yo era agricultora, sembraba y recogía, pero también vendía en la tienda; él, en cambio, solo estaba en el campo”. Aunque lo combinó con otros trabajos temporales, esta fue su principal dedicación desde los 13 años. Ahora, con 87 años, cobra una pensión no contributiva de jubilación, ya que estos años dedicados a la payesía no le han contabilizado, a diferencia de su marido.

La vuelta al campo durante la crisis

Si bien problemáticas laborales como esta se han ido solucionando y en los últimos años esta estructura se ha ido disolviendo, ya que la mujer empezó a trabajar fuera de la explotación -lo que comportó el abandono durante un tiempo de la venta directa, apunta Lligadas-, la viladecanense asegura que, a raíz de la crisis económica, muchas mujeres se han incorporado de nuevo al campo, algunas retomando la misma tarea de comercialización y otras como titulares de la explotación, como Teresa, un fenómeno que se ha dado en muchos puntos de Catalunya.

Otro sector, el vitivinícola, es también ejemplo de ello. “Numerosas mujeres han cogido el relevo de la explotación familiar de viña y están impulsando bodegas”, cuenta Lligadas. Maria Font, nacida en Ullastrell, ostenta junto a su marido el Celler Can Morral del Molí, a medio camino entre el Baix y el Vallès Occidental. La tradición agrícola no le viene por parte de su familia, sino de la de su marido, y hace una década, en vista de que la venta de uva no era suficiente, decidió darse de alta como joven agricultora y pusieron en marcha la bodega con la ayuda de un enólogo.

“Mi suegra, como la mayoría de vecinas de mi pueblo, lo que hacía era cuidar de la casa y de la familia, pero a parte de todo eso, cuando era tiempo de recolección, llevaba el desayuno a los siete temporeros que había trabajando y luego se quedaba recogiendo en el huerto”, explica. Ahora, sostiene, en el sector hay muchas mujeres que se dedican a hacer de todo, desde controlar las viñas y llevar el tractor hasta vender el vino e ir a repartir.

El rejuvenecimiento del sector

“Rejuvenecer el sector y lograr una mayor inclusión de la mujer en en el sector agroalimentario” son dos de los principales retos que afronta ahora el sector agrario, según Cooperativas Agro-alimentarias, máxima representación del cooperativismo agrario estatal. Y es que la falta de relevo generacional y la imperante masculinidad dificultan la continuidad de las mujeres en un sector económico que, en Catalunya, emplea a unas 52.600 personas, de las cuales solo el 18% son mujeres (9.200), según el INE.

La hija de Maria Font, Mariona, estudió viticultura y ahora está estudiando enología, porque pretende tomar las riendas de la bodega cuando sus padres se jubilen. “Lo ha mamado desde pequeña y parece que le gusta; a mí me gusta que se dedique porque creo que el mundo de la viña es muy apasionante, y porque nosotros empezamos y acabamos el proceso, pero quizá en el caso de los payseses de hortalizas y frutas es distinto. Si solo nos dedicáramos a vender la uva, igual si que creería que es más conveniente alquilar las tierras”, reconoce.

Una joven riega los cultivos de la cooperativa Central Parc en Sant Boi / CENTRAL PARC 

“Yo soy la única de tres hermanos que se ha dedicado a ello, y mis hijos ni quieren dedicarse ni yo quiero que se dediquen, porque es un trabajo muy esclavo”, apunta Tugas. En la misma línea se mueve Yolanda Figueras, de familia payesa de Gavà y ahora también dedicada al sector agrícola junto a su marido, también payés. “Intentaré que mis hijos no se dediquen a esto, porque cada vez está más complicado. Le digo a mi hijo que estudie, que haga deporte, y si no hay nada más siempre tiene esto, pero me daría un disgusto”, cuenta desde su parada en el Mercat de Pagès de Gavà.

Teresa Vendrell, en cambio, es de la opinión de Font. Aunque reconoce que el sector de la payesía “es muy sacrificado” y sigue siendo “muy de hombres, muy masculino y muy machista”, también le ha dado libertad para dedicarse a él como ha querido y crearse su propio horario. “Es una manera de vivir muy diferente a la que la gente está acostumbrada; mis hijas vienen conmigo al campo, a repartir y a vender, y aunque soy partidaria de que hagan lo que quieran, sí que me gustaría que siguieran haciéndolo”, sostiene.   

Falta de relevo generacional

¿Y cómo conseguir que las nuevas generaciones se interesen por el mundo rural? “Con más ayudas exteriores”, dice Tugas. La mayoría coincide en que introducirse en el sector cuesta, pero mantenerse todavía más. Según Lligadas, “alguien que no tiene patrimonialmente una explotación agraria es muy difícil que pueda conseguir tierras, y luego si las consigue tiene que conseguir maquinaria”. “A lo mejor cuando empiezas te dan una ayuda, pero tienes que pagar el IVA de las maquinas e igual son 10.000 o 12.000 euros; para alguien que trabaja a pequeña escala el ‘km 0’ es muy difícil”, reconoce Figueras.

Otra manera: la educación, apunta Vendrell. Explica que hace poco leyó una encuesta hecha en un instituto de Camprodon en la que preguntaban a los alumnos cuántas veces necesitaban a un payés para alimentarse durante la semana. La mayoría contestaba que dos veces: “los dos días que comen verdura”, dice. “Pero un payés está desde que te sientas en la mesa y comes pan hasta que te tomas el café y te levantas; los niños se creen que las patatas fritas se fabrican a máquina”, bromea, a la vez que añade que “se les debería explicar de dónde vienen las cosas”.

Un ejemplo parecido usa Montse Cardona, vicepresidenta de la Associació de Dones del Món Rural, constituida como tal este mismo año. “Cuando le preguntas a un niño o a una niña qué quiere ser de mayor, ninguno te dirá que quiere ser payés o payesa, y eso es porque hay mucho desconocimiento de lo que es la payesía”. “Es un mundo díficil -reconoce-, pero yo creo que se debería hacer mucha pedagogía”, sobre todo entre los estudiantes de secundaria, haciendo, por ejemplo, que las escuelas agrarias se hagan hueco en certámenes como el Saló de l’Ensenyament.

Jóvenes de Sant Boi realizan un Programa de formación e Inserción laboral en el Parc Agrari a través de la cooperativa Central Parc / CENTRAL PARC 

Atraer a la juventud al campo

Precisamente en esta línea, en la de atraer la atención de los jóvenes hacia el campo y poner en valor la agricultura, se enfocan nuevas iniciativas como Central Parc, una cooperativa de Sant Boi dedicada a recuperar espacios en desuso del Parc Agrari para impulsar en ellas la agricultura ecológica, promoviendo además la formación y la inserción sociolaboral de personas en situación de vulnerabilidad a través de la ONG DESOS Opció Solidària. 

Trabajan con parados de larga duración, refugiados y demandantes de asilo, pero su proyecto principal se enfoca a jóvenes de entre 16 y 21 años sin estudios secundarios y sin trabajo. “Intentamos que los alumnos y alumnas conozcan el mundo de la payesía y lo vean como un oficio de futuro”, explica Rebeca Segura, una de las socias fundadoras. El perfil de los participantes es muy variado: desde menores extranjeros no acompañados (menas) que no pueden acceder al sistema educativo hasta jóvenes que no quieren hacerlo o que tienen, por ejemplo, problemas de adicción.

“Intentamos que se apunten las chicas y hemos tenido a varias participantes, pero por desgracia el proyecto no suele tener éxito entre ellas”, lamenta. “Las jóvenes se apuntan al itinerario de comercio y ellos a los de mecánica y agricultura, porque está erróneamente asociado a una tarea masculina y la descartan rápido”, dice Segura, que también apunta al desconocimiento como causa de esta falta de interés.

La manera más sencilla de trasladar a estos jóvenes el valor del campo, asegura, es “hacerlo de manera vivencial”, y trasladándoles la pasión por la agricultura que tienen los propios formadores “Nadie se plantea ser payés porque está mal visto; hay que hacerles llegar a los chicos y chicas estos referentes, explicarles de dónde vienen los productos que consumen y hacerles ver que detrás de ellos hay, a menudo, condiciones laborales precarias y mucho esfuerzo, que tienen que valorar”. 

Ejemplos como el de Teresa o el de Laila Chaabi, una ingeniera agrícola que en el 2013 recuperó unas tierras familiares en Sant Boi para poner en marcha su propio proyecto agroecológico, Cal Pastera, que ahora gestiona en solitario junto a otra explotación en Sant Vicenç dels Horts, pueden ayudar precisamente a la creación de estos referentes cercanos, que escasean especialmente en el caso de las mujeres y que pueden alentar a las más jóvenes a impulsar este necesario cambio generacional. 

La representación de las mujeres del mundo rural 

Las dificultades genéricas que a las que se enfrenta sector agrícola, sumado la poca consideración que han tenido históricamente las mujeres del mundo rural y su todavía hoy escasa visibilidad empujó el nacimiento de la Associació de Dones del Món Rural, que no solo pretende aunar a todas estas mujeres y visibilizar su trabajo, sino que también lucha por reivindicar sus derechos y exigir mejoras, algo que hacen a través de encuentros anuales, colaboraciones con entidades y administraciones públicas y, sobre todo, creando comunidad a través de redes sociales. 

Ahora son unas 140 socias y se comunican diariamente mediante un gran chat de WhatsApp. Entre ellas se encuentran Maria Font o Teresa Vendrell, que las descubrió en Instagram y rápido se sumó a ellas: “Es una manera de dar visibilidad a las mujeres del mundo rural, pero sobre todo a aquellas que viven en la Catalunya central o en la Catalunya interior. Yo vivo en Begues y a media hora estoy en Barcelona y puedo desconectar, pero para las que trabajan todo el día en una masía perdida, este tipo de vida es mucho más complicado”, apunta.

Todas ellas han creado un espacio propio en el que poder moverse más allá de los propios organismos -consejos rectores, sindicatos o cooperativas- que las representan y que carecen normalmente de figuras femeninas. “La presencia de mujeres en las cooperativas es irrisoria”, señala Montse Lligadas (Unió de Pagesos), que asegura que cuando hay una reunión, aunque en la explotación trabajen un hombre y una mujer, quien va a la reunión suele ser el hombre.

Ya en 2011, un estudio estatal de Cooperativas Agro-alimentarias ponía el foco sobre la baja participación de las mujeres en los órganos representativos y de decisión de las cooperativas agrarias, en cuyos Consejos Rectores había entonces apenas un 5% de representación femenina. Los últimos datos del INE sobre Catalunya reflejan que la tendencia que se mantiene: de los casi 21.500 miembros de cooperativas agrarias en la comunidad autónoma tan solo unos 4.000 son mujeres, un 18% aproximadamente.