VIRUS DEL NILO
Ana y Francisco, dos vidas marcadas por las secuelas del virus del Nilo: "Nunca he vuelto a ser la misma, fue un antes y un después"
Dos años después, estas víctimas de Coria del Río analizan las secuelas con las que siguen conviviendo después de contraer la fiebre del virus del Nilo y pasar por largos ingresos en el hospital

Ana García y Francisco Parrado, vecinos de Coria del Río y víctimas del virus del Nilo en 2024. / Rocío Soler Coll
El virus del Nilo cambió en 2024 el ritmo de las fumigaciones en los arrozales sevillanos, la vigilancia de los mosquitos mediante trampas y la atención a los afectados en los hospitales. Fue una respuesta que, para quienes vivieron la enfermedad de cerca, llegó tarde. Aquella temporada dejó 11 fallecidos y más de un centenar de casos en Andalucía. Entre los afectados estuvieron Ana García y Francisco Parrado. Hace dos años, tuvieron que enfrentarse a largos ingresos hospitalarios tras contraer el virus en su municipio natal, Coria del Río, donde los vecinos protagonizaron varias protestas para reclamar más fumigaciones en los arrozales de la zona. Sus evoluciones posteriores han sido muy distintas, pero coinciden en algo: aquel contagio marcó "un antes y un después" en sus vidas.
Ana y Francisco permanecieron ingresados durante semanas en agosto de 2024. Después del alta, los dos arrastraron importantes secuelas. Ana, que hoy tiene 87 años, perdió diez kilos y pasó de tomar solo dos pastillas a necesitar un pastillero con una docena de medicamentos diarios. Perdió fuerza y autonomía y, tal como explican sus hijos, "dejó de ser la que era".
Francisco, que ahora tiene 61 años, tuvo que afrontar al salir del hospital otro de los momentos más duros de su vida: una parálisis facial que se prolongó durante más de tres meses. "En ese momento tenía mucho miedo porque no sabía si se me iría, pero gracias a Dios se me fue y hoy estoy perfecto en ese sentido", cuenta en una conversación con El Correo de Andalucía.
Esta temporada ya se elevan a 13 los casos leves y a seis las personas ingresadas en hospitales andaluces, uno de ellos fallecido el pasado 4 de agosto
Ambos representan el impacto que el virus del Nilo dejó entre la población del Bajo Guadalquivir sevillano. Sus testimonios recuerdan que, aunque la probabilidad de sufrir una picadura de un mosquito infectado es reducida, el riesgo existe. Sus casos también muestran que la enfermedad puede llegar a ser grave -e incluso mortal- cuando afecta al sistema nervioso y provoca, como les ocurrió a ellos, una meningoencefalitis: la inflamación simultánea de las meninges y del encéfalo.
Esta temporada ya son seis las personas ingresadas en hospitales andaluces, uno de ellos fallecido el pasado 4 de agosto. También se han detectado 13 casos leves, una categoría que hasta ahora no se contabilizaba de manera sistemática y que el refuerzo de la vigilancia y de los protocolos de actuación de la Junta de Andalucía y la Diputación de Sevilla permite identificar.
Ana García: "Tuve un ictus y mi vida cambió"
Antes de contraer el virus del Nilo, Ana llevaba una vida normal, activa e independiente. Tenía entonces 85 años, veía a sus amigas todas las semanas y ayudaba a sus hijos y nietos en todo lo que podía. "Antes ella tiraba de nosotros con los niños y era un apoyo fundamental, ahora somos nosotros quienes tenemos que estar mucho más pendientes y ayudarla", explica a este periódico su hija mayor, Eva.
He perdido el equilibrio, si camino más de 10 minutos por la calle, empiezo a tambalearme
Ana permaneció 21 días ingresada en el Hospital Virgen del Rocío tras sufrir una meningoencefalitis. Cuando regresó a casa, su vida ya era otra. Hasta entonces solo tomaba dos pastillas diarias para la hipertensión, pero de la noche a la mañana pasó a necesitar alrededor de doce medicamentos. Entre ellos, tratamientos relacionados con la coagulación de la sangre, la retención de líquidos, el tiroides, además de tranquilizantes y aspirinas.
"Al principio la movilidad era muy reducida, tuvimos que acomodarle una habitación en la primera planta porque no podía subir escaleras, apenas hablaba, y no tenía fuerzas", recuerda su hija. Con el paso de los meses empezó a recuperar cierta normalidad, hasta que tuvo que hacer frente a un nuevo golpe: un ictus. "Fue a los meses... desde entonces mi vida cambió y nunca he vuelto a ser la misma, fue un antes y un después", lamenta la afectada.
Nunca ha recuperado por completo la vitalidad que la caracterizaba ni la independencia de la que disfrutaba. "He perdido el equilibrio, si camino más de 10 minutos por la calle, empiezo a tambalearme. Durante mucho tiempo necesité un andador", recuerda.
Primero fue el virus del Nilo y después el ictus. Ambos episodios han deteriorado la salud y la calidad de vida de esta vecina de Coria del Río. "La neuróloga nos dijo que podía ser consecuencia del virus del Nilo", relata su primogénita. Ana sigue tomando hasta siete pastillas cada día y apenas sale de casa. Aunque habla con claridad, se percibe el esfuerzo que le supone mantener una conversación prolongada. "Nosotros ya lo tenemos asumido, no ha vuelto a ser la misma", se resigna su hija.
Francisco Parrado: "He recuperado mi vida, pero pierdo el equilibrio"
"Estoy bien", repite en varias ocasiones Francisco. No quiere quejarse, aunque los dos últimos años no han sido fáciles. Con la infección dice que le vio "las orejas al lobo" y que atravesó algo parecido a un "calvario". Permaneció 13 días ingresado y los recuerda como "los peores" de su vida. Por aquel entonces, asegura, los médicos le confesaban que todavía sabían muy poco sobre la enfermedad. Cuando recibió el alta regresó a casa con otra complicación: una parálisis facial.
Durante tres meses tuvo dormida la parte derecha del rostro, lo que le dificultaba hablar y comer. Con el tiempo recuperó la movilidad y también las riendas de su vida. Ha vuelto a abrir de lunes a domingo el colmado que regenta en Coria del Río y que, tras enfermar, tuvo que mantener cerrado durante varios meses, sin ingresos. Ahora trabaja doce horas al día y conserva una cierta normalidad, aunque se cansa mucho más que antes. "El problema es que siento que pierdo el equilibirio si me subo a unas escaleras o hago labores que requieran de fuerza. Es la secuela que todavía arrastro, antes era mucho más hábil", relata.
Ya no acude al neurólogo ni necesita medicación adicional, más allá de la que tomaba antes de contraer el virus. El miedo, sin embargo, no ha desaparecido. Tampoco en el caso de Ana. Durante julio y agosto, los nuevos casos detectados en la zona han vuelto a despertar la inquietud. "Nos enteramos por las noticias o por algún vecino, parece que todo vuelve", explica Francisco.
Aunque la situación todavía está lejos de parecerse a la de 2024, la de este año está siendo más intensa que la anterior. El temor, según cuentan estos vecinos, también se percibe en las calles de Coria. "No hay niños en los parques y por la noche hay muchas calles vacías, la gente lo sabe".
Ana y Francisco extreman ahora las precauciones. No se separan del repelente y, cuando detectan una elevada presencia de mosquitos en casa toman la decisión más drástica: "Cierro las puertas y pongo el aire, no quiero ningún tipo de riesgos".
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Fuente: El Correo de Andalucía
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