Consumo de tóxicos

Una exadicta al alcohol: "Llegué a odiarme a mí misma, no me miraba al espejo"

Marta (nombre ficticio), de 42 años, es una usuaria del centro de atención y seguimiento (CAS) a las drogodependencias de Horta, en Barcelona.

Marta (nombre ficticio), de 42 años, es una usuaria del centro de atención y seguimiento (CAS) a las drogodependencias de Horta, en Barcelona. / Ferran Nadeu

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Beatriz Pérez
Beatriz Pérez

Periodista

Especialista en sanidad, temas de salud

Escribe desde Barcelona, Catalunya, España

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El consumo de riesgo y compulsivo de alcohol aumentó en 2021, según la última Encuesta de Salud de la Agència de Salut Pública de Barcelona (Aspb). En Catalunya, un 4,2% de las muertes son atribuibles al alcohol, según Salut. El contexto de crisis pandémica ha jugado un papel clave.

Pero detrás de las cifras que manejan las instituciones hay personas que sufren. Esta es la historia de dos usuarias anónimas del centro de atención y seguimiento (CAS) de las drogodependencias de Horta, en Barcelona.


"Me daba vergüenza contarle al psicólogo que bebía"

Marta (nombre ficticio), de 42 años, usuaria del CAS Horta de Barcelona.

/ Ferran Nadeu

Marta (nombre ficticio), de 42 años, siempre había bebido. "Pero nunca pensé que tenía un problema". La pandemia, dice, desató la verdadera adicción. "Tuve problemas familiares. Murió mi suegro. Me fui cargando... Y empecé a beber", cuenta esta mujer que pide anonimato. Marta comenzó a asustarse cuando se dio cuenta de que se podía beber hasta una botella de vino al día. Y de que lo hacía a escondidas.

"Yo ya iba a un psicólogo privado para tratarme la ansiedad. Me daba vergüenza decirle que bebía. Así que se lo conté a la psicóloga de mi CAP, quien me derivó al CAS Horta", cuenta Marta. Se considera de riesgo el consumo de 17 unidades semanales o más en mujeres y 28 semanales o más en hombres, entendiendo que una copa de vino, una cerveza o un chupito equivalen a una unidad, mientras que una copa o combinado con whisky o licor similar equivale a dos.

Marta recuerda la primera pregunta que hizo al llegar al CAS Horta, hace un año y medio ya: "¿Soy alcohólica?". Su problema, que era una adicción al vino, consistía en que podía llegar a beber al día una botella o botella y media. "Yo había días que podía estar sin beber", asegura. A Marta le recetaron Antabus, una medicación que es incompatible con el alcohol. Eso le ayudó. Igual que lo hizo comenzar con la terapia de grupo. "Fue mi tabla de salvación, poder hablar con mujeres que han pasado lo mismo que yo y que no me juzgaban", relata. Aún sigue yendo.

¿Cómo influyó el alcoholismo en su vida? "Cuando bebía, estaba adormecida. No quería ver a la gente, estaba muy bien en mi casa. Olvidaba mis problemas... Eso sí, después me levantaba con malestar corporal, dolor de cabeza", recuerda. Ahora todo aquello quedó atrás y asegura sentirse "muy bien". No echa de menos el alcohol y tiene "herramientas" para gestionar los malos momentos.

Más cambios positivos en su vida: Marta dejó el trabajo en el que llevaba 11 años y en el que no era feliz. Empezó de cero y ahora trabaja en la atención al cliente de una empresa de seguros. "He logrado ser capaz de tomar decisiones y marcar el rumbo de mi vida. Sigo viniendo aquí [al CAS Horta]. Sigo visitándome con la psiquiatra y ya m están bajando la medicación". No quiere que se sepa su nombre, pero sí quiere contar su historia y lanzar un mensaje: de algo así se puede salir.


"Compraba el vino en tiendas distintas para que no se dieran cuenta"

Una usuaria de 67 años del CAS Horta de Barcelona.

/ Ferran Nadeu

María (nombre ficticio), jubilada de 67 años, empezó a beber durante la pandemia. Antes, era una abuela más que cuidaba de su nieta pequeña. "Con el confinamiento todo se desmontó: las relaciones sociales -yo iba al gimnasio, siempre fui muy activa-, la relación con mis nietos... Empecé a beber y a aumentar el consumo", cuenta esta mujer que también pide anonimato. Bebía dos botellas de vino al día. El tiempo así, dice, pasaba más rápido. "Procuraba no ir siempre a la misma tienda para que no se dieran cuenta de mi adicción", relata.

Confiesa sin tapujos que entró en un "estado de destrucción". "Me levantaba por la mañana y tenía temblores en las manos por la abstinencia. Me estaba deteriorando muchísimo a nivel cognitivo. Perdía el equilibrio... Y yo, que había trabajado con personas con alzhéimer, pensé que el deterioro me lo estaba buscando yo misma", cuenta María.

Fueron sus hijos quienes se dieron cuenta de su problema y la acompañaron al centro de atención primaria (CAP). "Me costó, pero acabé reconociendo que tenía una adicción. Me daba miedo que quedara en mi historia clínica que era una alcohólica", dice. Ella ya conocía el CAS Horta, a donde había acudido cinco años atrás para dejar su adicción al tabaco. Esta segunda vez aterrizó en enero de este año. "Y estoy encantada".

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María asegura que el alcohol desestabilizó su vida "totalmente". "Pasé de ser una persona activa y resolutiva a ser un trapo. Por la calle huía para no tropezarme con nadie, que no me vieran y poder consumir", recuerda. "Yo he llegado a odiarme a mí misma: no me miraba al espejo. Mi higiene personal llegó a ser deficiente, comía comida precocinada, la casa estaba sin limpiar...", cuenta esta mujer.

Ahora asegura estar "mucho mejor" gracias a los profesionales del CAS Horta. "Me levanto con ilusión. Me gusta mucho escribir y contarles cuentos a mis nietos". Para María otro impulso muy grande fue la confianza que sus hijos depositaron en ella. Cuando empezó el tratamiento de desintoxicación, un hijo suyo que tenía un hijo de cinco años le pidió que cuidara al niño porque él se iba un fin de semana fuera. "Pensé que si me dejaban lo más preciado que tenían era porque confiaban en mí. Eso me ayudó muchísimo. Fue muy importante", concluye.