A su hermano con coronavirus

Videollamadas en el hospital: "Volveremos a estar juntos, ya lo verás. ¡Te quiero mucho!"

Jordi Amill habla con su familia por videollamada en una planta covid del Hospital del Mar, el 12 de febrero.

Jordi Amill habla con su familia por videollamada en una planta covid del Hospital del Mar, el 12 de febrero. / Ferran Nadeu

Las videollamadas con familiares son el gran aliciente diario de muchos enfermos con covid-19 ingresados en el hospital. El contacto con los seres queridos amaina el miedo y el dolor de quienes pasan sus horas encerrados en cuatro paredes. EL PERIÓDICO entra en una 'planta covid' del Hospital del Mar.

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La ilusión de volver a reencontrarse con su familia les confiere el impulso final, necesario para superar el covid-19, a muchos enfermos ingresados en los hospitales. Encerrados durante días, a veces semanas, entre cuatro paredes, el tiempo les pasa lento, lentísimo. Ni siquiera las estimulantes vistas al Mediterráneo que tienen los pacientes de la planta de Enfermedades Infecciosas del Hospital del Mar, dedicada íntegramente al covid-19, amaina el miedo y el dolor de quienes pasan allí sus horas en soledad. Pero hay algo al día que rompe la gris monotonía: la videollamada de rigor con los familiares. Eso les cambia el rostro y el ánimo a muchos. Por ejemplo, a Jordi Amill, de 65 años, que se ha pasado los últimos 20 días ingresado en el Mar por coronavirus. Logró sortear la uci, pero aun así la enfermedad le ha golpeado con fuerza.

"¡Hola! ¿Cómo estás?", le preguntaba el viernes al otro lado de la tableta su hermana Montse, sentada en el asiento del coche. "Bien, hoy muy bien", responde Jordi desde su habitación del hospital. "Ya he escuchado tu mensaje y yo te he dejado otro. Y ahora estoy en la esquina de tu casa para controlar que esté todo bien. ¡Qué bien que te encuentres mejor!", le responde ella contenta. "Y esta noticia de que te quitarán el monitor te debe de animar", añade ella. Jordi está mejorando tanto, que los sanitarios han decidido quitarle por fin el monitor de oxígeno al que está conectado desde hace semanas. "¡Y tanto! Sería fantástico que me lo quiten", dice él.

Una doctora anima a un paciente ingresado en la planta covid del Hospital del Mar. / Ferran Nadeu

Jordi es un paciente que se hace querer. Eso dicen las enfermeras que lo cuidan. Bromean con él todo el tiempo. "Dile a tu hermana 'adiós, hasta mañana', que tú tienes que ir a comprar", le comenta una enfermera. Al otro lado se escuchan las risas de Montse, quien interpela a su hermano: "Lo de la separación física lo entiendo perfectamente. Pero la volveremos a tener, volveremos a estar juntos, ya lo verás". Y vuelve la enfermera a la carga: "Y más pronto de lo que piensas. Yo ya me separo de él, que no lo quiero más como paciente. Pero como amigo, sí". Los hermanos se despiden el viernes por videollamada. "Adiós, te quiero mucho, 'germanet'", dice Montse. "Yo te quiero también", le responde Jordi.

Este paciente, como casi todos los de esta planta, no sabe dónde se contagió. Está jubilado y va en silla de ruedas. Cree que quizás se infectó de coronavirus en algún bar, cuando salía a comer con los amigos. "Lo peor de todo es la incomunicación con familia y amigos. Es lo peor. Y después el miedo a qué pasará. Porque no se sabe demasiadas cosas de esta enfermedad", explica Jordi a EL PERIÓDICO. Ahora está mejor, pero no sabe cuándo le darán el alta. "Cada día hago videollamadas con mi familia. ¡Y tanto que me alegran! Me envían mensajes de los amigos, a quienes quiero mucho", añade. Este lunes a Jordi le han dado por fin el alta.

Una enfermera en una planta covid del Hospital del Mar, el 12 de febrero.

/ Ferran Nadeu

Al otro lado del pasillo de la planta de Infecciosas del Mar (el hospital tiene cuatro plantas dedicadas al covid) está José López, de 62 años, que se infectó hace cinco semanas y el virus lo tuvo en la uci durante dos. Estuvo intubado, sedado boca abajo. Lo cuenta sin evitar emocionarse. "Ahí no eres tú. Poco a poco despiertas y te encuentras con que estás encerrado y que todo son pitidos. Y, cuando respiras menos de lo que toca, empieza a pitar... Es un estrés acojonante. Gracias al compromiso de la gente allí… Es un infierno", cuenta José. Y cualquier persona, remarca, es susceptible de acabar en la uci.

Si no, que se lo digan a él. Antes de contagiarse, José no tenía patologías, iba con frecuencia a la montaña y estaba en forma. "Este bicho es traicionero. Cuando te das cuenta, ya te ha creado una neumonía. Yo no había tenido una en mi vida. Y esas fiebres, solo cuando era pequeño", relata. En todo este tiempo, José ha perdido un 15% de su peso. Y se cansa con frecuencia: "Voy al lavabo y parece que he subido una montaña". Mañana le darán por fin el alta, pero prefiere no generarse expectativas. Quiere vivir "el día a día". "Y ahora más que nunca. He vuelto a vivir. Cuando te desintuban, te sientes tan débil y la respiración es tan cansina, que no sabes si vas a tener fuerzas para remontar", recuerda.

Un familiar da la mano a un enfermo con covid en el Hospital del Mar, el 12 de febrero.

/ Ferran Nadeu

Al igual que él, se contagió su mujer y su hija de 25 años, con quienes vive. Pero ellas, afortunadamente, han pasado un covid leve. Él no olvidará lo vivido. "Al salir de la uci, hablé con mi familia. Fue muy emocionante. Cuando fui consciente de todo esto, pensaba en cómo lo habrían llevado ellas", cuenta con la voz quebrada.

Unas habitaciones más allá, Haroldo Baptistao, brasileño de 57 años, celebra que ya le dan el alta. Ha estado tres días ingresado y ahora vuelve a casa, donde deberá estar sin salir unos cuantos días más. "Ahora falta poquito ya. Estoy contento porque superé el covid, ¡entraré en las estadísticas de los recuperados!", dice. Comenzó con síntomas 10 días atrás. Pasó por todos: dolores en el cuerpo, fiebre, dolor de cabeza intenso, perdida de apetito, diarrea, nauseas. "Mi mujer está en casa con covid también. Hoy me reuniré con ella", cuenta este hombre que, pese al alta, sigue teniendo neumonía. "Hoy ya me puedo ir porque mi oxigenación está muy bien".

Volverá a casa, sí, pero más delgado. "He perdido seis kilos", reconoce. Y, como los otros enfermos, tampoco sabe cómo se contagió. "Siempre me he cuidado mucho porque soy cardíaco", explica.

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Una planta covid del Hospital del Mar, el 12 de febrero. /



/ FERRAN NADEU

Un año después, la pandemia de coronavirus sigue provocando muertes diarias (Catalunya ha registrado este lunes un total de 38) e ingresos hospitalarios y en ucis. Hay en todo el territorio 2.359 enfermos en hospitales por covid-19 (69 más que el domingo), de las cuales 632 (seis menos que la víspera) están en ucis. A gran parte de quienes han sufrido la enfermedad de manera grave les ha cambiado la vida, pues arrastran secuelas que no saben cuánto tiempo durarán. En el horizonte hay luz: las diferentes vacunas contra el virus. Pero los retrasos en las entregas dificultan los planes de tener en el verano al 70% de la población inmunizada, como esperaban las administraciones.