CRISIS SANITARIA INTERNACIONAL

El coronavirus en Catalunya: radiografía de ocho meses que cambiaron el mundo

El covid-19 ha matado, en esta comunidad, a 13.328 personas: casi las mismas que viven en la Barceloneta

Actualmente, la región vive una situación estable, pero el futuro, como en el resto del mundo, es incierto

Un voluntario de la ONG Open Arms realiza un test PCR a un paciente en Vilafranca del Penedès.

Un voluntario de la ONG Open Arms realiza un test PCR a un paciente en Vilafranca del Penedès. / AP / EMILIIO MORENATTI

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Beatriz Pérez
Beatriz Pérez

Periodista

Especialista en sanidad, temas de salud

Escribe desde Barcelona, Catalunya, España

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¿Se imagina que todos los ciudadanos de una ciudad como Lleida estuvieran afectados por una peste? Bien, eso no ha ocurrido, pero la pandemia de coronavirus en Catalunya ha contagiado ya, desde sus inicios, a 163.594 personas con fecha de 29 de septiembre, más del total de la población de Lleida, donde actualmente viven 139.000 habitantes. ¿Y se imagina un barrio como la Barceloneta, en Barcelona, donde viven 14.739 vecinos, completamente arrasado por una enfermedad mortal? Los catalanes muertos por covid-19 son ya 13.328.

Estas comparativas sirven para hacerse una idea del rastro de dolor que está dejando tras de sí un virus aún desconocido. La Conselleria de Salut notificó el primer caso de coronavirus el 25 de febrero. Era el cuarto en España: antes se habían registrado dos en Canarias y uno en Mallorca. Los periodistas cubrían las ruedas de prensa en las que se informaba de estos casos, que se creían aislados, con expectación y curiosidad. Los expertos sanitarios, como el Jefe de Medicina Preventiva del Hospital Clínic, Antoni Trilla, o el entonces secretario de la Agència de Salut Pública de Catalunya, Joan Guix, insistían en lanzar mensajes de calma. Trilla, que negaba el riesgo del coronavirus para España y Catalunya, hablaba de "infodemia": la epidemia de la información, una sobreabundancia informativa falsa y su rápida propagación entre las personas y medios. Guix aseguraba que la eficacia de las mascarillas era "ilusoria" y que su utilidad "no es real".

"Estamos absolutamente preparados para detectar rápidamente cualquier caso que pueda surgir siguiendo el protocolo, que se va actualizando", aseguraba por su parte la 'consellera' de Salut, Alba Vergés, el 26 de febrero, ante el segundo caso de coronavirus detectado en Catalunya. Este no fue un error exclusivo de la Generalitat, sino que eran los mismos mensajes que, a nivel estatal, se lanzaba desde el Gobierno de España y, en concreto, desde el Ministerio de Sanidad. Y lo mismo ocurría en otros países del mundo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) no declaró la pandemia hasta el 11 de marzo. Mientras tanto, la ciudad china de Wuhan, donde se originó la pandemia y en la que viven 11 millones de habitantes, llevaba confinada desde el 24 de enero.

Un helicóptero en Igualada, el pasado 3 de abril. / mARC VILA

El coronavirus logró algo inédito en la actual coyuntura política catalana: una rueda de prensa conjunta entre el Estado y la Generalitat para lanzar un mensaje unánime de calma ante la celebración del Mobile World Congress, previsto para finales de febrero y que nunca llegó a celebrarse porque los empresarios, que no las autoridades sanitarias, le vieron las orejas al lobo. Ocurría un par de semanas antes, el 12 de febrero. "No hay ninguna razón que nos aconseje tomar ninguna medida adicional respecto a ningún evento previsto en Barcelona, Catalunya ni en España", decía el Ministro de Sanidad, Salvador Illa, desde el Hospital Clínic, el centro catalán que, en un inicio, se consideraba el referente para tratar los casos positivos de coronavirus. Tan solo un mes después, toda la sanidad catalana, incluyendo la pública y la privada, pondría sus camas para tratar la oleada de enfermos de covid-19. Se aplazan las demás cirugías e intervenciones, excepto las más urgentes (como ictus o infartos), que nunca dejaron de atenderse. Se levantan hospitales de campaña.

El virus logra algo inédito: una rueda de prensa conjunta entre Sanidad y Salut para lanzar un mensaje de calma ante el Mobile World Congress

El 13 de marzo, España entraba en estado de alarma. Que la ciudadanía entendiera qué significaba una declaración de este tipo llevó sus días. Se comprendió bien cuando, de un día a otro, la gente pasó a estar confinada en su casa sin poder salir. Lo que vino después es de sobra conocido: no solo queda en evidencia la falta de sanitarios y recursos, sino también los efectos de una década de recortes en la sanidad pública. El virus se ceba con los ancianos y, en especial, con los geriátricos. La falta de camas y ucis en muchos centros lleva a que muchos mayores no sean trasladados y mueran en las residencias.

Aquel confinamiento que en principio iba a durar dos semanas se prolonga hasta mayo, cuando comienza la paulatina desescalada. Joan Guix dimite como secretario de Salut Pública y el organismo, en plena pandemia, permanece sin liderazgo durante dos meses.

La "nueva normalidad"

Que el planeta entero entra en una nueva fase desconocida lo demuestra el hecho de que la salida del confinamiento abre la puerta a una "nueva normalidad". El mundo de antes queda literalmente atrás. El uso de mascarilla, la distancia social y la higiene de manos se convierten en obligaciones de la ciudadanía. Pero no basta solo con eso. Los primeros rebrotes en Catalunya llegan en junio, cuando la Generalitat ya había recuperado todas las competencias tomadas por Sanidad con el estado de alarma. Y hace visible defectos de base: por ejemplo, las malas condiciones de vida de los temporeros en Lleida, a los que les resultaba imposible aislarse o respetar las cuarentenas porque, si no trabajan, no cobran. En julio, Salut se ve obligada a confinar Lleida, su comarca del Segrià y L'Hospitalet de Llobregat por sus nuevos rebrotes. Los expertos alertan de la falta de rastreadores. Catalunya, un mes y medio después del fin del estado de alarma, seguía ignorando el 75% de los contactos de los casos positivos, algo imprescindible para cortar las cadenas de transmisión.

La pandemia hace visible defectos de base, como las malas condiciones de vida de los temporeros de Lleida

La situación cambia y mejora con la llegada a Salut Pública del epidemiólogo Josep Maria Argimon, el 23 de julio. Los datos sobre el coronavirus pasan a ser claros y transparentes, y con ellos, llega la sensación de que, por fin, hay orden en la 'conselleria', cuyo trabajo a lo largo de la pandemia había sido errático. Se refuerza la vigilancia epidemiológica y comienzan los cribados masivos en las zonas con brotes.

Objetivo: el curso escolar

Catalunya se centra, especialmente, en contener los brotes para que en septiembre sea posible comenzar el curso escolar. Y lo logra. En estos momentos, de hecho, aun en plena segunda oleada del virus en Europa, el territorio catalán vive una situación relativamente estable: tiene un riesgo de rebrote de 163 (que es alto y, a partir de 200, muy alto) y un índice de reproducción (que mide la velocidad de propagación) de 0,94 (cuando está por debajo de uno, la perspectiva es halagüeña). Pero, como otras comunidades, Catalunya mira con reojo a Madrid, que todavía no ha declarado el cierre de la región y cuya situación puede expandirse.

Si en la primera oleada los hospitales estaban saturados, 
ahora lo están los CAP, que afrontarán el otoño e invierno sin refuerzos

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El otoño y el invierno son inciertos. Se ignora cómo se comportará el covid-19 al mezclarse con otros virus respiratorios, como la gripe. Además, si en la primera ola del virus, eran los hospitales y sus ucis los que estaban al borde del colapso, en esta segunda lo están los centros de atención primaria (CAP), encargados de la detección de casos. Esta vez, la mayoría de los contagiados son jóvenes y leves. Pero el virus sigue siendo letal y cada día mueren personas. Si los CAP aguantarán esta temporada sin un refuerzo de personal es una incógnita. Al frente, no hay certezas, tan solo un horizonte más bien borroso, a la espera de una vacuna que no llegará hasta el próximo año.

Un ciclista cruza la calle de Aragó, en Barcelona, el 30 de marzo, en pleno confinamiento. / JORDI COTRINA