20 feb 2020

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EN WUHAN

China anuncia la muerte del médico amonestado por alertar sobre el coronavirus

El oftalmólogo fue amenazado con la cárcel por revelar que había enfermos con una infección grave

Adrián Foncillas

El fallecido médico Li Wenliang que denunció el coronavirus y fue amonestado.

El fallecido médico Li Wenliang que denunció el coronavirus y fue amonestado.

Después de amontonar más de 500 muertos anónimos, China ha desbordado su duelo e ira con la muerte de un oculista. El doctor Li Wenliang es el imprescindible rostro que humaniza una tragedia y la empuja más allá de las frías cifras. Había sido reprendido por dar la alarma sobre la epidemia, se infectó después y el Hospital Central de Wuhan ha confirmado su fallecimiento este viernes por la mañana (noche del jueves en España) después de unas horas delirantes.

A la primera noticia de su fallecimiento a medianoche (hora local) le ha seguido un inmediato desmentido que aseguraba que el hospital le mantenía conectado a una máquina ECMO (introduce aire y bombea sangre en una suerte de vida artificial), no se sabe si por fe en el milagro o para amortiguar la indignación en las redes.

Más allá del terremoto social subyace una inquietud científica: Li era un saludable treintañero cuando se suponía que el coronavirus sólo mataba a ancianos y pacientes con complicaciones previas.

No se recuerda un 'trending topic' tan avasallador. En Wechat y Weibo, las variantes chinas de Facebook y Twitter, solo se habló de Li durante toda la noche. El oculista ha sido elevado al altar nacional de los mártires en contraposición al ignominioso Gobierno local, que arrastró los pies en los primeros días y silenció a los ocho doctores que dieron la alarma.

La historia es conocida: Li comprobó a mediados de diciembre que siete vendedores de un mercado local estaban ingresados en su hospital con síntomas similares a los del SARS (Síndrome Respiratorio Agudo Severo) y envió un mensaje a su cerrado círculo de amistades pidiéndoles precaución, un aviso que acabó viralizándose.

La policía reprendió cuatro días después a Li por emitir rumores que atentaban contra el orden social, le obligó a firmar una disculpa y le amenazó con enfrentarse a la justicia si perseveraba. Acató las órdenes y, a principios de enero, se contagió mientras operaba  de un glaucoma a una mujer.

El país había seguido con atención la evolución del doctor que, en sus últimos días, criticó la irresponsable terquedad de las autoridades locales en entrevistas a medios internacionales.

Calamitosa gestión del SARS

La justicia ha censurado a los policías que amonestaron a Li y más de 300 funcionarios han sido castigados. Lo que ocurrió durante los primeros días en la provincia de Hubei, epicentro de la epidemia, está más ligado a aquella calamitosa gestión del SARS que a la transparencia que hace años exige el Gobierno central.

La muerte de Li es un mojón sentimental en una epidemia que sigue su curso. Son ya más de 560 muertes tras las 73 contabilizadas el miércoles. La atención se concentra en las casi 4.000 personas encerradas en un crucero de lujo desde este jueves. En los nuevos análisis han emergido otros diez positivos, que se suman a los diez del día anterior. La tripulación y el pasaje pasarán las dos próximas semanas en cuarentena en el barco atracado en el puerto japonés de Yokohama.

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