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ENTREVISTA

"Aquí se concentran los vulnerables, puteados y sin recursos"

Daniel Roca, médico de familia en el CAP Raval Sud, advierte de que el consumo y la venta de heroína han vuelto al barrio

Àngels Gallardo

El doctor Daniel Roca, médico en el CAP Raval Sud, en su centro de salud.

El doctor Daniel Roca, médico en el CAP Raval Sud, en su centro de salud. / CARLOS MONTANYES

El CAP Raval Sud, al que Daniel Roca (Barcelona, 1967) llegó hace 10 años tras ejercer otros 15 en la Baceloneta, es el apoyo sanitario de 35.000 personas que antes de la crisis eran las más pobres de la ciudad y ahora son una perfecta selección de los más excluidos, vulnerables y «puteados» de Barcelona, en definición del doctor. El Raval Sud recoge a las víctimas del mito Barcelona.
 

¿El perfil de sus pacientes? Son un reflejo del barrio. Un 55% de población inmigrante, con claro predominio del Indostán: Pakistán, India y Bangladesh. Un grupo de comunitarios, con mayoría de italianos. Y el resto, magrebís, sudamérica y del sudeste asiático.

¿Problemas de salud? La situación social es nuclear para explicar los problemas de salud de la población del Raval Sud. Es frecuente que haya pacientes que no pueden pagar el porcentaje de copago de sus medicamentos.

¿Cómo lo resuelven? Fijamos un plan de mínimos. Toman lo impresdindible.

¿Por ejemplo? En la población pakistaní nos preocupa la salud cardiovascular: tienen más infartos que la población autóctona, y más jóvenes. Han de tomar aspirina y un antiagregante plaquetario, para evitar trombos. Les decimos que tomen eso. La medicación para el colesterol y la hipertensión es importante, pero mira…

El perfil del actual consumidor de heroína es el de un europeo de unos 30 años que vive en el Raval, en la calle.

Esto ocurre ahora. Ayer mismo, le pasó a nuestra cardióloga. Yo visité a un padre y un hijo cuyo motivo de consulta era un posible trastorno adaptativo, de conducta, del chico, de 17 años.

¿Y lo había? No exactamente. Que si estoy muy nervioso. Que si tengo insomnio. A la que rasqué un poco, me dice el padre ‘claro, es que con esto del desahucio de la semana que viene…’ ¡Si te van a desahuciar, lo mínimo que se puede sufrir es insomnio! ¿Qué le voy a decir a esa persona sobre su riesgo cardiovascular? ¿Cómo le voy a pedir que se modere con los pasteles porque el colesterol es peligroso?

¿Y el vecino del Raval de siempre? Sigue siendo gente de la inmigración de los años 50 o 60, con sus hijos nacidos en el Raval. Ya no se van a ir. Y hay algún profesional liberal que ha venido expresamente a vivir aquí: modernillos, digamos.

¿El Raval se pone de moda? No. No es una tendencia. ¡Esto no es el Born! No hay detrás un entramado comercio potente, urbanismo y actividad económica. Son inquilinos aislados y algún guiri.
    
¿Esto le gusta a los extranjeros? El perfil de guiri que recala aquí es muy curioso, no tiene dinero. Son gente de 20 a 25 años, de Suecia, Alemania, Polonia o Italia, que han venido en vacaciones porque les gusta mucho Barcelona. Van a la aventura, no se quieren ir, y acaban trabajando de teleoperadores en una de las empresas de televenta que hay aquí. Seis meses después, el mito  Barcelona se ha ido a hacer puñetas.

¿En qué ha cambiado la crisis al Raval Sud? Hay un antes y un después de la crisis. La precariedad ha ido a peor. Hubo un tiempo, entre el 2000 y el 2010, en que la pobreza de siempre en este barrio quedó paliada por una economía sumergida más o menos floreciente. Fueron los primeros que pagaron la crisis. Ahora hay mucha más pobreza que antes.

¿Perspectiva futura? No se le ve un final. Soy pesimista. Aquí se concentran los vulnerables, puteados y sin recursos. Los excluidos. Vamos hacia la economía de la caridad. De la sopa regalada y del que buenos somos que repartimos pan a los pobres. 

¿Cómo está el consumo de droga? Ha cambiado. Yo trabajé en Ciutat Vella en los años 90, la postolímpica, el momento potente de consumo de heroína en Barcelona, con el virus del sida, el VIH, en su máximo esplendor. Cada semana se nos moría alguien. Había tráfico de deprancol y roipnol (opioides y sedantes).

¿Hasta cuándo fue así? A partir del 2000, fue residual. El VIH se puso en tratamiento y la heroína pasó a ser la droga de cuatro guerreros supervivientes. Abrieron los centros que ofrecen dosis diarias de metadona [la alternativa opioide legal y controlada]. En el Raval Sud hay 70 ahora personas en el programa de metadona.

¿Ha vuelto la heroína? Hay un repunte, si. Un consumo activo. Un problema. Pero no tengo la sensación de descontrol de los años 90. El consumidor es distinto.

¿Cuál es el perfil? Quedan viejos guerreros, en la cincuentena y muy deteriorados, a los que se suma el perfil estándar ahora, un hombre de la Europa comunitaria de unos 30 años, italiano si me apuras, en consumo activo de heroína. Vive en el Raval. En la calle.

¿De qué vive esa persona? Del trapicheo y de la primera delincuencia. Esos no vienen al CAP de forma espontánea. Viven en un mundo marginal y no suelen consultar con un médico. Muchos no tienen documentación ni tarjeta sanitaria, aunque si vinieran se la daríamos, incluso sin tener domicilio.

¿Cómo los pasan a la metadona? Un ejemplo: una mujer de 20 o 25 años, consumidora de heroína, con el VIH, cuya fuente de ingresos es la prostitución. Cae enferma. Fiebre, neumonía. Infección grave. No está en condiciones de ejercer. Sus ingresos bajan. Ya tenemos el mono. Va a una sala de metadona, y los educadores le tramitan una tarjeta sanitaria con la que viene al CAP.

¿Hay más venta de heroína? El órgano crea la función, y viceversa. Hay pisos de consumo, hay más heroína disponible. Atendemos a personas que consume a diario metadona y, de pronto, desaparecen cuatro o cinco días. Cuando vuelven nos dicen ‘he estado en un piso’. Allí compran y consumen.

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