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«En Barcelona diagnosticamos obesidad a niños de un año de vida»

La pediatra Gemma Carreras, del Hospital de Sant Pau, alerta de que un tercio de la población catalana menor de 18 años sufre un exceso de peso enfermizo

Àngels Gallardo

La doctora Gemma Carreras, pediatra especializada en obesidad infantil, en el Hospital de Sant Pau.

La doctora Gemma Carreras, pediatra especializada en obesidad infantil, en el Hospital de Sant Pau. / ALBERT BERTRAN

-La obesidad infantil no deja de crecer en Catalunya.

-No ha dejado de aumentar desde hace más de 20 años. La Enquesta de Salut de Catalunya del 2015 indicó que un tercio de la población catalana menor de 18 años, un 30%, sufre obesidad o sobrepeso. Una barbaridad. Suman sobrepeso y obesidad porque el problema es el mismo, uno más exagerado que el otro.

-¿Cómo eran esas cifras en el 2000? 

-No pasaba del 15%, superior a la de los años 80. La obesidad infantil no solo aumenta, sino que cada vez es más grave y surge a edades más precoces. En estos momentos, la mayoría de nuevos diagnosticados son menores de 6 años.

-¿Cómo definen esas obesidades?

-De forma distinta a la de los adultos. En una persona mayor, el exceso de grasa se acumular en la zona abdominal y está asociada a mayor riesgo cardiovascular. En un niño, la obesidad se traduce en un cuerpo todo redondito, exageradamente redondo, lo que no siempre desagrada a los padres. Muchas veces, les decimos que el niño sufre sobrepeso, porque si mencionamos que es obeso se enfadan. Lo viven como un insulto. Se sienten culpables.

-¿A partir de qué edad lo detectan?

-En Barcelona diagnosticamos obesidad a niños de un año, muchas veces. También a los 2 o 3 años. Es el período en que los seres humanos establecen sus hábitos alimentarios. Lo que ocurre entre los cero y los 3 años de vida condiciona lo que harán el resto de la vida. La obesidad que se sufre alrededor de los 3 años está asociada con la que se sufre en la edad adulta. Intentamos frenarla.

-¿Cuál es su estrategia?

-Los médicos siempre llegamos tarde en la lucha contra la obesidad, porque vemos a las personas de una en una. Es necesario trazar estrategias desde las escuelas y los ayuntamientos. La obesidad es un problema de hábitos. Surge del desequilibrio entre la forma en que te alimentas y la actividad física que forma parte de tu vida diaria. Es así desde bien pequeñitos.

-¿Qué ha fallado cuando un bebé de un año ya es obeso?

-El problema se inicia el día en que  empiezan a diversificar la dieta. Preparamos muy bien a las mamás para que sepan preparar las papillas, les insistimos en la importancia de la lactancia materna, pero llega un día en que les decimos: 'ahora, tu hijo ya puede empezar a comer de todo'. Ahí empiezan los errores.

-¿En qué se equivocan?

-En los mensajes. Las mamás deberían ser advertidas de algunas cosas: las raciones de un niño han de ser más pequeñas que las de un adulto; si un día llueve y el niño no se mueve, es normal que tenga menos hambre porque habrá gastado menos energía. Todas esas cosas, naturales, muchos padres no las perciben así.

-¿Interpretan que comer de todo significa tanto como un adulto?

-Si, y añaden otros detalles: si el niño no quiere un plato, se le dará otra cosa distinta. O le premiarán con comida porque se han portado bien.

-¿Es erróneo darle un plato distinto si no quieren el que se les preparó?

-Si. Absolutamente erróneo. Comer es una necesidad, pero si un niño no se acaba la comida del plato, no es ningún drama. Si resulta que cuando no le gusta un plato de verduras se lo cambias por uno de macarrones, nunca comerá verdura. Los nuevos sabores cuestan de adquirir.

-¿Hay que insistir con la verdura?

-Por supuesto. Yo tengo grabadas las primeras veces que dí fruta a mis hijos. Siempre me montaban un drama, porque eran gustos que no se esperaban. Cuando a un bebé le das un sabor que no conoce, lo rechaza. A la cuarta vez que les di papillas de frutas, ya les gustaban. Ese esfuerzo para que acaben aceptando un gusto nuevo, es la clave.

-Es decir, el vacío educativo surge al empezar a comer de todo.

-Ahí hay un vacío importante que hemos de acompañar. En esa fase, antes de los dos años de vida, los niños empiezan a masticar en lugar de tomarlo todo triturado y aprenden a caminar, por lo que gastarán más energía. En ese momento, el niño  deja de estar todo el día sentadito y pasa a no engordar tanto.

-¿Y?

-Camina, se mueve, come menos porque al masticar se ingiere menos que si se traga todo triturado y, en consecuencia, su cuerpo se estiliza. Todo eso, que, insisto, es normal, si no se  les explica que es sano, los padres lo viven como un problema.

-Se inquietan.

-Si. Nos dicen 'es que come menos que antes', 'engorda menos que antes': 'mi hijo tiene un problema'. Muchas familias, en ese momento, inician las acciones erróneas.

-¿Por ejemplo?

-A las horas de las comidas, intentan distraer al niño para que coma más. Le introducen un petit suisse adicional, por si ha comido poco... Todo eso hay que explicarlo bien.

-Ese proceso de estilización natural  ya ocurría hace 30 años, y no había tanta obesidad infantil.

-Si, pero las neveras no estaban llenas. Ahora si. En mi casa, cuando yo era niña, las natillas eran un postre que hacía mi yaya de vez en cuando. Ahora, abres una nevera y está llena de envases de comida de alta densidad calórica. Los niños tienen por costumbre  ir a la nevera si tienen hambre, y no suele coger una zanahoria. Antes, eso era inconcebible. Y hacían más actividad física.

-¿Qué dieta debería seguir ese niño que pasa de la leche materna y las papillas a comer de todo?

-Es muy conveniente que aprendan a comer en la mesa, con los padres. Cuando los mayores tomen un plato, el niño lo prueba.

-¿Y los alimentos que no conoce?

-Lo mejor es ir introduciendo los sabores nuevos de uno en uno. Que no lo vea como un castigo divino. No le des de golope lechuga, tomate, zanahoria y pepino juntos, porque se morirá del susto. Un día, le pones un poquito de tomate, y que lo pruebe. Otro, un poquito de lechuga, y que la pruebe. Un tercer día, zanahoria. A medida que lo acostumbras a nuevos sabores, le amplias los gustos.

-Y sentarse todos a la mesa, dice.

-Muy importante. Desayunar en casa y llevar algo para la escuela. Si comen en el colegio, no hay problema porque los menús están revisados y siempre contienen ensalada y frutas. Son equilibrados.

-¿Y si no comen en la escuela?

-El problema es que coman en casa y solos. Porque comen mirando la tele. Van tragando y no se dan cuenta de la cantidad. Si se sientan a la mesa con su familia, al margen de que es un acto social importante, comen más lentamente y menos cantidad.

-¿Qué ocurre en las familias en que los papás no tienen por costumbre comer ensaladas y verduras?

-Pues tenemos un problema. La idea es que toda la familia coma lo mismo. No que el niño tome lechuga y los padres macarrones. También se da la circunstancia inversa: la mamá que hace dieta, pero evita que el niño coma fruta o verdura. Esto tiene una explicación.

-¿Qué explicación?

-Para muchas personsas obesas, comer verdura y ensaladas es una desgracia. Lo ven como un castigo. A veces, nos dicen: 'pobrecito, mi hijo, tan pequeño. ¿Qué culpa tiene? Ya lo machacaré con dietas cuando sea mayor'. Les cuesta entender que si  dan de comer al niño como les dieron a ellos, se hará obeso. Y está el tema de la actividad física.

-¿Es insuficiente en las escuelas?

-El ejercicio físico escolar es suficiente. El problema es la actividad física que los niños hacen durante el resto del día. Antes, al volver de la escuela se quedaban a jugar en la calle. En las casas no tenían ascensor, ni había escaleras mecánicas por todas partes. Iban a clase caminando.

-Excepcional ahora.

-Ahora los niños se encierran en casa al volver del cole y se ponen a jugar a la Play o con el ordenador. El fin de semana, los padres están cansados y no salen. Esas rutinas diarias son las que hemos de cambiar.

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