Recorrer Madeira sin prisas

El arte de bordar un destino

Marcas como Chanel han sucumbido a la belleza de los bordados artesanos de la isla portuguesa

Uno de los tradicionales bordados de Madeira.

Uno de los tradicionales bordados de Madeira.

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Maria Redondo

Uno de los productos más lujosos de Madeira es el exquisito bordado. Un arte que surgió del campesinado para llenar los ajuares y la decoración de los hogares más ricos de Europa. Todo comenzó hace 150 años cuando una productora británica de vino, afincada en Madeira, comenzó a explorar y exportar a sus paisanos de la alta sociedad tan fino trabajo, consiguiendo que se pusiera de moda finalmente en media Europa. Pero antes, mucho antes de que esto sucediera, las bordadoras, mujeres sencillas de campo, llevaban siglos en Madeira haciendo sus obras de arte.

Con el tiempo la mecha estaba prendida y los bordados de Madeira saltaron del interior de las casas y quintas locales a los salones de aristócratas y burgueses y sus hábiles bordadoras encontraron una forma de mantener a sus familias. Hoy en día, marcas como Chanel o diseñadores como Jeff Garner han sucumbido a su belleza y lo han usado en sus colecciones, y no solo es sinónimo de tradición, sino también de cultura, de calidad, de paciencia, de belleza y del trabajo bien hecho. Cualidades que se extrapolan a su propio hogar, Madeira.

Todo eso ha configurado una isla única, como si de un delicadísimo bordado se tratara. Miles de puntadas perfectas, sin fallos, haciendo un dibujo donde pararse en cada una de ellas y observar, apreciar, valorar. Así es Madeira un gran mantel bordado con paciencia que además, se saborea, se bebe, se camina.Siguiendo con el símil, mientras la greca de ese mantel bien puede ser el inmenso océano que rodea la isla, cada parte del interior supone un bordado distinto, uno especial en cada lugar. 

La revolución de los vinos

Una puntada que se distingue de las demás, quizá la más difícil, que por emplear la jerga se llama punto Crivo, bien podría ser la Quinta do Barbusano con Antonio Oliveira al frente, que hace vinos como si de un bordado se tratara, con la misma paciencia y amor. No nos referimos al tradicional y archiconocido vino de Madeira, sino a la revolución de sus blancos, rosados y unos incipientes tintos que producen con dedicación en una de las zonas más bonitas y desconocidas de Madeira, São Vicente.

La quinta mira a un valle cuajado de casitas encaladas de tejadillos rojos donde parece que el tiempo ha parado hace tiempo, concretamente el reloj de la Capela do Pico da Cova hace muchos años decidió no volver a dar las horas y se detuvo exactamente a las 12.52 y no hay mucha prisa por arreglarlo, así está bien, es una buena hora. A las más de 17 hectáreas de viñedos de la Quinta do Barbusano se llega por un camino sin asfaltar, al final del cual esperan en formación, listos para ser catados, sus delicados vinos acompañados de la famosa espetada, brochetas de tiernísima carne de vaca asada lentamente a la brasa. Todo un lujo para el paladar.

Funchal, mirando al Atlántico

Otra zona del gran mantel que compone Madeira es Funchal, un gran y extenso bordado de casas encantadoras, tabernas, museos, restaurantes de diseño, hoteles imponentes, un exquisito servicio y un largo etcétera que se extiende mirando al Atlántico y con escarpadas montañas en su espalda.

Panorámica de Funchal, desde el Atlántico.

/ APF

Es un lugar para recorrer sin prisa, atravesando jardines llenos de jacarandas y de mil especies tropicales (no es por casualidad que se celebre allí el Festival de las Flores), descubriendo diminutas tabernas con solera a lo largo de la pintoresca calle Santa María o navegando en privado en un velero con chef a bordo y tripulación cinco estrellas. Y por la noche, la historia continúa pero con tintes sofisticados, restaurantes de altísimo nivel, algunos con estrellas Michelín y otros simplemente celestiales. 

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El mantel no acaba aquí, como buena obra de arte son tantos los hilos, los puntos y los dibujos que conforman Madeira que se necesitaría mucho más espacio que una página en un periódico. Lugares como Porto Moniz y sus piscinas naturales, el surfero pueblecito de Paul do Mar, o el bellísimo Cámara de Lobos, auténtico y genuino pueblo de pescadores y antaño escondite vacacional de Churchill. 

Lo mejor es que cada viajero haga su propio diseño y descubra el arte de bordar un destino.