27 sep 2020

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Un niño estudia en su hogar durante el confinamiento, el pasado 16 de abril.

EUROPA PRESS / IÑAKI BERASALUCE

Un hermano sin cuerpo (y 7): Vida | Texto y podcast

No sabía si era yo la que se había vuelto loca y ahora hablaba con un hermano imaginario. ¿Y si no había existido nunca? ¿Cómo podía estar segura de nada?

Najat El Hachmi

Volví a llamar al 061, al CAP, a todos los servicios de urgencias de los hospitales y no conseguí hablar con nadie. Cuando sonaba el teléfono pensaba en lo que tenía que decir para explicar la situación: mi hermano se había separado de su cuerpo. Me había dicho que no existimos más que de conciencia, en la performatividad del lenguaje, y por eso ahora él era ese montón de ropa y carne sin consistencia tirada por el suelo, y su voz siguió hablando en una lengua que no parecía la nuestra. No sabía qué contestarle porque no sabía si era yo la que se había vuelto loca y ahora hablaba con un hermano imaginario. ¿Y si no había existido nunca? ¿Cómo podía estar segura de nada?

Al fin me acordé de un psiquiatra amigo de mi abuela y busqué desesperada entre algunas cajas en las que guardábamos sus recuerdos. Era imposible, me dije, que siguiera visitando y menos aún que conservara el mismo número de teléfono. Pero tenía que intentarlo como fuera si no quería acabar como mi hermano. O al menos para comprobar que no estaba loca.

Me alivió mucho descubrir que el de mi hermano no era un caso único

Cuando sonó la voz al otro lado del hilo tardé un poco en hablar, no sabía qué decir ni qué preguntar. Empecé por comprobar que era realmente el psiquiatra amigo de la abuela y cuando me dijo que sí le conté quién era. Luego hablé sin parar, trabucándome al intentar que tuviera algo de sentido lo que estaba diciendo cuando en realidad los hechos eran completamente absurdos. Lo que me alivió mucho fue descubrir que el de mi hermano no era un caso único. Que el psiquiatra ya se había encontrado con algunos pacientes que presentaban los mismos síntomas, que él creía fruto de una virtualidad intensa y del aislamiento social que llevaba a las personas a creer que no necesitaban contacto físico alguno ni con los demás ni con los objetos ni con la realidad. Que lo que tenía que hacer era convencerlo de la necesidad de volver a la corporeidad característica de las personas, aunque él se opusiera. Le pregunté si eran esas lecturas raras las que lo habían llevado hasta ese límite y me dijo que podían influir pero que desde siempre había habido personas que tenían la necesidad de huir de sus propios cuerpos, que es uno de los peligros de tener conciencia. Que ahora se ven más casos por el tema de internet. Él había comprobado que el tratamiento que funcionaba para los escindidos digitales era el mismo que el de los escindidos analógicos. Que los más efectivo es volver a vincularlos emocionalmente con personas que quieran y que les quieran para hacer que vuelvan a la vida y entiendan que el hecho de que esta se acabe tarde o temprano no es motivo para terminarla nosotros antes. Que todo venía de esa angustia de no querer aceptar la muerte.

Me senté junto a la puerta de la habitación de mi hermano y durante días me dediqué a contarle historias

Aunque me arriesgaba a perder mi trabajo, llamé al súper y les dije que tenía síntomas, que por precaución no iría a trabajar. Me senté entonces al lado de la puerta de la habitación de mi hermano y durante días me dediqué a contarle historias. Él seguía acelerado con sus discursos teóricos y el cuerpo allí tirado por el suelo. Me angustiaba pensar en la posibilidad de que el cuerpo, si mi hermano no volvía a él, se deshiciera y ya no hubiera manera de volver atrás, pero hacía de tripas corazón e intentaba darle todo tipo de detalles físicos con las historias que le contaba, historias que habíamos vivido juntos cuando éramos pequeños. Le hacía descripciones del tacto, los olores y el gusto de las cosas. Cogí la caja de zapatos de las fotos de la abuela y me di cuenta de que hacía mucho que no la habíamos abierto como hacía ella a menudo. Este era tal, el otro cual. Nos describía una genealogía detallada que nos permitía sabernos de algo más que de esa individualidad tan solitaria a la que nos habíamos acostumbrado. Fue entonces, viendo una foto de una merienda de cuando éramos pequeños, cuando tuve una idea para hacer que mi hermano volviera: cocinar, tenía que cocinarle. Hice un fricandó que por supuesto no probó, pero dejó de hablar raro. Después macarrones gratinados, y por primera me habló de algo que no había leído ni salía en Twitter. Fue un bizcocho de limón lo que acabó de convencerlo. Mientras subía en el horno me pareció escuchar unos sollozos que venían de su habitación. Miré qué hacía y vi que el cuerpo se estaba llenando y se levantaba como si alguien lo inflara. Pensé que lo de volver al propio cuerpo era algo demasiado íntimo y me fui al comedor, por fin aliviada de la angustia al saber que mi hermano estaba volviendo a la vida.  

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