30 sep 2020

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Un niño estudia en su hogar durante el confinamiento, el pasado 16 de abril.

EUROPA PRESS / IÑAKI BERASALUCE

Un hermano sin cuerpo (5): Animales | Texto y podcast

Lo único que quería era sentarme en el sofá que se hundía, tragar el líquido helado y amargo y masticar la masa pegajosa de un plato que al menos no había tenido que cocinar. Y en vez de eso tenía que escuchar el discurso raro de mi hermano

Najat El Hachmi

Un día, cuando volví del trabajo, mi hermano abrió la puerta nada más oírme entrar. Tenía los ojos abiertos de un modo extraño y su expresión era un mezcla de entusiasmo e indignación. Que por fin había podido leer un libro que tenía pendiente desde hacía tiempo, me dijo, el libro más revolucionario de todos los que se habían escrito. Era 'Liberación Animal', de Peter Singer, publicado en 1975 con una lucidez increíble. El autor ya había descubierto, anticipándose como un profeta, dijo mi hermano, que el comportamiento de los humanos es totalmente absurdo. Que los animales son las principales víctimas de la historia, que nuestra civilización se había construido sobre el sufrimiento y el genocidio, dijo genocidio, de otras especies. ¿Cómo era posible que tratáramos a los animales como si fuesen completamente distintos a nosotros cuando en realidad somos compañeros, compartimos un noventa y pico por ciento de genes?

Yo no podía ni arrastrar mi cuerpo, lo único que quería era sacar una cerveza fría de la nevera y bebérmela frente al televisor comiendo una pizza precocinada que había pagado en el súper, convirtiéndome a mí misma en mi última clienta del día. Una clienta que no había refunfuñado ni se había quejado porque no quedaban más que las pizzas de jamón y queso. Lo único que quería era salir de ese local siempre iluminado con luz artificial, con un aire que parecía sintético por el filtro de la mascarilla, con unos compañeros de plástico envueltos como estaban de arriba abajo. Lo único que quería era huir del olor a desinfectante que me estaba matando el gusto y el olfato. Sentarme en el sofá que se hundía, tragar el líquido helado y amargo y masticar la masa pegajosa de un plato que al menos no había tenido que cocinar.

Lo único que quería era huir del olor a desinfectante que me estaba matando el gusto y el olfato

Y en vez de eso tenía que escuchar el discurso raro que mi hermano soltaba como si hubiera tenido una epifanía. Que todos los animales son iguales, incluidos nosotros, que cómo podía ser que hubiéramos conseguido liberar a las mujeres y a los negros, a los pueblos colonizados y a todos los oprimidos de la humanidad y en cambio nunca hubiéramos pensado en la liberación animal. Cuando me contaba esto con medio cuerpo fuera de su habitación yo tenía un dolor de pies que no me aguantaba. Que al principio parecía ridículo hablar de opresión sobre otras especies, pero que eso era exactamente lo que estábamos haciendo, separar de forma radical los pertenecientes a otras especies de la de los humanos. Que eso suponía una discriminación brutal y que él, en cuanto se acabara el confinamiento, dedicaría todas sus fuerzas a boicotear ese tráfico de seres que sienten igual que nosotros, que son tan humanos como nosotros.

Me pregunté si no nos habría pasado factura haber visto tantas películas Disney

Yo apenas pude contestarle que las personas somos personas y los animales, animales, que es cierto que los podríamos tratar mejor pero que no éramos lo mismo. Entonces empezó a hablar de forma acelerada, diciendo que esta fue la reacción que tuvieron los hombres cuando las mujeres empezaron a reivindicar sus derechos y me citó a una feminista de nombre extraño que no sé repetir. Que si a mí me parece ridícula la liberación animal, también tendría que parecerme ridícula la de las mujeres. A mí los pies me estaban matando y le dije que me iba a la cama, que había compañeras enfermas y como en el súper no querían contratar más personal eso nos obligaba a hacer turnos de doce horas. Que yo estaba preocupada porque aún no nos habían dicho si nos pagarían o nos compensarían con días libres.

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A mi hermano esos temas no parecían interesarle nada, siguió su discurso sobre animales y yo me pregunté si es que nos había pasado factura el hecho de haber visto tantas películas Disney en las que los animales hablaban. Yo también había llorado cuando mataron a Bambi, no me gustaban las corridas de toros ni ninguna fiesta con animales porque, como decía la abuela, con la comida no se juega y es absurdo usar a las bestias para diversiones inútiles. Pero de aquí a creer que los animales son personas, eso me parece una exageración. Sobre todo porque hay mucha gente en el mundo que vive en condiciones infrahumanas. No le dije lo del ciclo de la vida ni rebatí ninguna de sus ideas locas, unas ideas que había escrito un señor muy importante, catedrático en no sé qué universidad americana. ¿Cómo iba a hacerme más caso a mí, que no soy más que una simple dependienta de supermercado?