22 sep 2020

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Solar abandonado junto a la N-II. Premià de Mar.

Julio Carbó

El Vergel del Mediterráneo (2): El terreno de Maria Bellpuig (Carlota) | Texto y podcast

Carlota Sirvent y su marido, Eddy, deciden alquilar un terreno en la urbanización Vergel del Mediterráneo. A él le han diagnosticado una enfermedad neurodegenerativa.

Josep Maria Fonalleras

Maria Bellpuig era la propietaria del terreno y también vivía allí, en la urbanización. De hecho, no era una parcela separada sino que formaba parte de su propia finca, pero nos dijo que le sobraba, o algo parecido, que antes de que se llenara de rastrojos y malas hierbas prefería alquilarla a alguien, “cederla”, creo que dijo, “sobre todo por eso, para que la mantenga limpia”. La concepción de limpieza de Maria Bellpuig tenía mucho que desear. Solo bastaba con mirar la parcela (toda entera) y comprobar que malas hierbas y rastrojos campaban a sus anchas. Vivían, ella y su marido, en un cobertizo con plásticos en lugar de vidrios, en las ventanas, con algo así como una puerta chirriante de uralita y un par de depósitos enormes de agua en el exterior. El techo, también de uralita. Un todo terreno aparcado en lo que ella llamaba huerto y que solo daba, al parecer, patatas, que es lo que se da en cualquier huerto, se llame como se llame, y por muy descuidado que se tenga. Vivían de las patatas, creo, y de negociar con chatarra

La cosa no daba para más, pero a Eddy le pareció bien y no se atrevió a decir que era un lugar de ensueño o alguna tontería de esas, porque no lo era, ni de lejos, pero el alquiler era tan barato que le dije que de acuerdo. Se lo dije porque era como darle un cigarrillo al condenado a muerte antes de la ejecución. Bueno, exagero. No eran sus últimas voluntades, pero casi. Y me pareció que estaba ilusionado con meter allí la caravana e imaginar que estábamos en algo así como un lugar de ensueño, un paraje para escapar de la ciudad y para escapar, también, de sus pesadillas, de la inminente paralización de su cuerpo. 

Solo bastaba mirar la parcela (toda entera) y comprobar que malas hierbas y rastrojos campaban a sus anchas

La cosa no daba para más, no solo por lo que cuento de Maria Bellpuig y de su marido. Con dar una vuelta por los alrededores, ya te hacías a la idea que eso era la antesala de algo muy tétrico, de algo muy desolado, de algo muy siniestro. Era una de esas urbanizaciones de los 70 que se anunciaron a bombo y platillo para todos aquellos que no eran lo suficientemente ricos para construirse una mansión en un vergel ni lo suficientemente pobres para no permitirse el lujo de huir de la ciudad y tener algo parecido a una segunda residencia. Alguien tuvo la idea de montar una especie de hostal, que era también la oficina  de promoción, con piscina incluida como reclamo. Se vendieron pocas parcelas, porque, por divergencias con el ayuntamiento, nunca llegó el suministro de agua ni el eléctrico, ni asfaltaron las calles, ni pusieron farolas, esas de luz amarillenta. Y todo se fue derrumbando, la idea del Vergel del Mediterráneo, digo, porque no había nada más que derrumbar. En marzo del 18, cuando alquilamos el terreno, solo vivían allí Maria Bellpuig y su marido, en un extremo aislado de ese tristísimo desierto de matojos, y otra familia, cerca de lo que fue hostal y oficina de promoción, con la piscina vacía, charcos verdosos, baldosas desvencijadas, hierros oxidados. Una delicia, vamos. 

Una tiene su moral particular, y por aquel entonces aquello no entraba en mis planes

Algo atrajo a Eddy, quizás el sentirse acorde con la degradación. Puede que no hubiera soportado unas vacaciones en un resort, todos pendientes del pobre hombre desvencijado y vacío. Allí – ahora me parece intuirlo – estaba preparando su final. Es algo que me enternece y, al mismo tiempo, me da calma, me ofrece algo de paz, como si estuviera dándome señales. Insistía en lo de irse, “antes de atragantarme”, y yo le daba largas, porque ni sabía por dónde empezar ni a quién acudir, y él pretendía que me aprovechara de las facilidades de trabajar en un asilo, “porque allí lo hacen todos los días, ¿no?”. Claro que me resistía, cómo no iba a hacerlo. Una tiene su moral particular y por aquel entonces no entraba en mis planes. Por aquel entonces, digo. Y algo me atrajo, a mí también. La pulsión de una tierra irregular, marchita, pedregosa, áspera. Ese espacio abrupto y fantasmal.      

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Eddy me dijo que lo primero que tocaba hacer era comprar un cercado, “quizás de cañizo o de brezo o de malla, lo que sea más barato”, para que quedara claro dónde empezaba nuestra “propiedad” y dónde acababa la de Maria Bellpuig. “Es importante delimitar”, dijo, y  después me encargó que comprara tambien una puerta de madera para cerrar el vallado, “pero que sea bastante grande, para que pueda entrar la caravana”. Nunca llegamos a meter la 'roulotte' en el terreno. Como mucho fuimos cuatro o cinco veces allí, con sillas plegables y una mesa de cámping. En el verano del 18 todo se precipitó.