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Ejemplar de conejo. 

EFE

El viaje del conejo (y 7): Regreso a casa

Olga, Marta, Nina y Lola están en Madrid para participar en un programa de televisión en el que se rinde homenaje a su amiga Julia. Pero la noticia de la muerte de Demócrito -la mascota de la hija de Lola, que viajó con ellas- enturbia el fin de fiesta

Care Santos

Después de celebrar con cava el éxito del programa y de tomar un piscolabis mientras Julia se hacía fotos con todos los miembros del equipo, volvieron a despedirse. De hecho, en su amistad habían sido mucho más importantes las despedidas que los reencuentros. Aquella, además, podía ser la última y todas lo sabían.

Julia, envuelta en el hermético personaje que había construido con los años —intelectual, soltera convencida, tertuliana incómoda, militante de causas difíciles…— se retiró a su casa del barrio de Salamanca tras desearles un buen viaje de vuelta. Las cuatro amigas, excitadas aún por el subidón de la tele, aceptaron sin pensar la propuesta de Lola de terminar la noche visitando la capilla ardiente de Demócrito.

         —¿Capilla ardiente?

         —Bueno, lo que sea. En algún lugar lo tendrán para que nos podamos despedir de él, ¿no?

         —Nunca pensé que me despediría de un conejo, Lola, la verdad.

En el fondo, todo aquello era divertido. Demócrito de cuerpo presente parecía un peluche ajado. El veterinario de urgencia, que las había visto en la tele solo un rato antes, no entendía qué hacían allí aquellas abuelitas. Le pidió a Lola que firmara los papeles de la incineración —«¿en serio incineran a los conejos?», preguntó Olga— y le imprimió la factura. La pagaron entre Olga, Marta y Nina, porque con los nervios Lola había olvidado el monedero en el hotel.

Recogieron el transportín vacío y regresaron, mustias como si acabaran de enterrar a un amigo

Recogieron el transportín vacío y regresaron, mustias como si acabaran de enterrar a un amigo del alma. Frente a sus suites se desearon buenas noches, aunque no todas tenían sueño. Olga se aplicó sus cremas más convencida que nunca, se metió en la cama y se durmió al instante. Marta leyó un rato. Nina arrambló con media docena de botellines del minibar mientras miraba la teletienda y se preguntaba si debía comprar o no un cortador de verduras en espiral. Lola se puso el pijama de franela, se cepilló el pelo, se desmaquilló y se metió en la cama con el móvil. Se sobresaltó al encontrar un mensaje de su hija. Por suerte, solo decía: «Qué callado te lo tenías, mamá. ¡Y qué guapa estabas en la tele!».

Por la mañana, el microbús las esperaba a la hora convenida para llevarlas a Atocha. Lola apenas desayunó —la tristeza del transportín vacío y de la noticia por dar le habían quitado el apetito— y compareció compungida en el vestíbulo. Sus tres compañeras, en cambio, habían rejuvenecido unos pocos años después de convertirse en fenómeno televisivo. La camarera del bufet la encargada de la recepción y hasta el chófer del microbús las felicitaron por su participación en el programa y por lo saladas que habían sido.

         —¿Saladas? Querrá decir interesantes —saltó Nina.

El viaje de vuelta fue más ruidoso que el de ida. Siempre ocurría. Necesitan un tiempo para acostumbrarse a la compañía de las demás, como de niñas, en el internado. Comenzaban mirándose con recelo y terminaban por no querer separarse.

Mientras recorrían la península a 300 kilómetros por hora debatieron sobre la viudedad que las unía. Nina era tantas veces viuda —si contaba los legítimos y los amantes— que prefería ni pensarlo. Olga reconoció que ser la viuda del doctor Pardo no era tan distinto de ser su mujer. El pobre no era muy divertido, suspiró, resignada. Marta dijo que siempre se sintió viuda del hombre que la convirtió en una pionera del divorcio, a pesar de que la oficial era otra. Y Lola apenas habló, aunque de hacerlo habría aportado a la conversación su doble fatalidad. No encontraron nada que decirse entre Calatayud y Barcelona.

A media tarde del sábado llamaron al timbre y era un repartidor. Traía un obsequio para ella

Ya en casa, Lola pasó un par de días pensando en cómo darle la noticia a su hija. Hasta que a media tarde del sábado llamaron al timbre y era un repartidor. Traía un obsequio para ella de parte del conductor del programa. Insistió mucho en que lo abriera de inmediato.

El obsequio traía una tarjeta escrita a mano: «Espero que no extrañen mucho a Demócrito. Con mi reiterado agradecimiento».

En el interior de la caja había un conejo rex adulto de color canela. Era como Demócrito recién lavado y planchado.

Un par de semanas más tarde, cuando ya todo estaba en su lugar y nadie se acordaba del programa ni de las amigas de la infancia, Lolita envió un mensaje a su madre:

         «Mami, no sé qué le hiciste a Demócrito, pero tendré que dejarle contigo más veces. Tiene una energía increíble. Hasta parece más joven».

También su hija, bajo el influjo del nuevo amante, volvía a parecer una niña.