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Ejemplar de conejo. 

EFE

El viaje del conejo (5): Veterinario de urgencia

Olga, Marta y Nina están en Madrid, donde Chelo, la productora del programa de televisión al que han sido invitadas, las está esperando. Lola llega más tarde, acompañada del conejo Demócrito. Pero en el hotelazo donde se alojan no admiten mascotas.

Care Santos

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Lola llegó descompuesta.

         —¡Han llevado a Demócrito a la bodega! ¡No me han dejado elegir! ¡Y yo había pagado su billete! ¡Cincuenta eurazos! ¡Me separaron de él en la escalerilla del avión! ¡Qué vergüenza!

Ninguna de las amigas decía nada porque a todas les parecía más sensato llevar un conejo en la bodega que en el regazo. Hasta que Olga preguntó:

         —¿Cómo habéis hecho para colarlo en el hotel?

—¡Ya os dije que era facilísimo! —exclamó Nina—. ¡Ojalá en mis tiempos hubiera podido meter a mis amantes en el bolso!

         —Y el transportín lo ha metido en una bolsa de El Corte Inglés. Una de esas gigantes.

         —Siempre llevo una —sonrió Nina, triunfal—, por si acaso.

Lola había sacado al conejo y lo había dejado sobre la moqueta mullida de la habitación. El bicho no se movía.

         —¿Está muerto? —se angustió Olga.

Lola acercó la mano al lomo del roedor y le zarandeó un poco, lo suficiente para que el bicho diera un paso titubeante.

         —Está bien —resopló Lola.

Habían quedado en desayunar a las ocho y media. Lola llegó con malas noticias

Resolvieron que lo mejor era dejar descansar a Demócrito y salir a dar una vuelta. Lola las siguió a regañadientes. Tomaron patatas bravas y boquerones en un bar de la calle del Prado, hablando cada una de la dieta que les había mandado algún médico —todas diferentes— y regresaron al hotel antes de medianoche. Demócrito dormía, así que decidieron hacer lo mismo. Antes de acostarse, Lola le puso al conejo el colirio para la conjuntivitis y dejó el transportín en su mesita de noche. No quería perderle de vista.

Habían quedado en desayunar a las ocho y media. Lola llegó con malas noticias.

         —Sigue durmiendo, chicas. Y tiene la respiración muy pesada. Empiezo a preocuparme.

Después de un breve interrogatorio —«¿respira?», «¿gruñe?», «¿está nervioso?» —Nina sentenció:

         —Son animales nocturnos. Digo yo que será normal que duerman por las mañanas, Lola.

         —En realidad son animales crepusculares —corrigió Lola—. Están más activos a la salida y a la puesta del sol. A esas horas tienen mucha energía. También comen. Pero Demócrito no ha probado bocado. El heno que le dejé está intacto.

Como no podían dejarlo en el hotel, se lo llevaron en el microbús. El conejo siguió durmiendo durante el viaje y también en las sesiones de maquillaje y peluquería y durante las primeras dos entrevistas, las de Olga y Nina. Pero justo cuando llegaba el turno de las otras dos, que aguardaban muy arregladas en la sala de espera para invitados, comenzó a jadear. Lola le sacó del transportín, alarmada, y descubrió que tenía la boca abierta, la lengua fuera, y que entre jadeo y jadeo, a veces tosía.

         —Este bicho está fatal —acertó a decir Nina.

Cuando la azafata del programa abrió la puerta de la sala de espera y les preguntó si podían acompañarla, la versión más angustiada de Lola preguntó:

         —¿Conoces algún veterinario por aquí cerca?

Olga y Nina se ofrecieron para llevar a Demócrito a un veterinario —los de producción lo habían encontrado enseguida— mientras Marta y Lola respondían a las preguntas de Chelo.

Intenta ser sincera en todo, aunque dulcifica un poco la parte más antigua, la de la niñez

Para Marta fue fácil responder a la entrevista. Tanto en su etapa de exitosa autora de libros de cocina, como en la del consultorio radiofónico —igualmente exitoso— o en la más reciente de novelista, había pasado ya por eso. Solo que le resultó extraño hablar de Julia. La siempre ausente, distante y en el fondo desconocida Julia Salas, amiga desde una etapa de la vida en que ninguna de ellas era ella misma y con quien mantuvo una breve y superficial amistad epistolar en la edad adulta para recuperarla, como todas, una noche de julio de 1981 que vino cargada de sorpresas. Intenta ser sincera en todo, aunque dulcifica un poco la parte más antigua, la de la niñez.

Lola, en cambio, tiene la cabeza en otra parte. Nunca aprendió a disimular, ni va a hacerlo ahora. No puede dejar de pensar en Demócrito, en el disgusto que se llevaría su hija si. En como hacer para que no. Cuando le preguntan por su infancia contesta que Julia siempre fue diferente. No tenía padre ni madre, solo un hermano tarado —¿ha dicho «tarado»? ¿en serio?— y que las monjas le tenían allí porque hace setenta años esas cosas ocurrían. Las monjas estaban también un poco taradas. Había niñas de primera categoría y niñas de segunda. Nosotras éramos las ricas. Julia era pobre. Tiene mucho mérito que haya progresado tanto, con lo poquita cosa que era.

Cuando Chelo dice «Hemos terminado», Lola se levanta, nerviosa. Mientras le quitan el micro le pregunta a Olga si hay noticias. Olga, observando la pantalla del móvil, niega con la cabeza gravemente mientras frunce los labios.