20 feb 2020

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Ejemplar de conejo. 

EFE

El viaje del conejo (3): Tres chicas en tren

Lola va a salir de viaje con sus amigas Olga, Marta y Nina cuando su hija le confía a su mascota, el conejo Demócrito. Lo lleva consigo, ignorando que los conejos no pueden viajar en AVE. Tendrá que quedarse y pensar una solución.

Care Santos

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El viaje en tren de las octogenarias Olga, Marta y Nina transcurrió entre la modorra, las visitas al baño y las consultas al WhatsApp del grupo, donde iban llegando los mensajes de Lola. 

«¡Voy a denunciar a Renfe! ¿Quiénes son ellos para decidir lo que es una mascota y lo que no lo es?».

Al cabo de un rato:

«Me voy al aeropuerto. Compraré un billete para mí y para Demócrito. Esta tarde estaré con vosotras en el hotel

—¿Demócrito es el conejo? —preguntó Olga, abriendo mucho los ojos.

—Desde que murió Andresito, Lola se ha vuelto aún más rara.

Marta le recriminó:

—No le llames Andresito. Era un hombre hecho y derecho. ¿Cuántos tenía cuando murió? ¿Cincuenta y dos?

—Es que no lo puedo evitar. Parece que le estoy viendo la noche en que nació la niña, en la clínica. ¿Os acordáis? ¡Era un crío!

—Un crío enamorado de su madrastra.

—Y la madrastra de él.

Se quedan en silencio, como si necesitaran rendir homenaje a aquella extraña historia de amor 

Se quedan un minuto en silencio, como si necesitaran rendir homenaje a aquella extraña historia de amor que todas conocieron, porque de algún modo floreció durante una cena que compartieron hace ya más de tres décadas, y que terminó con Lola en la clínica pariendo a la hija de su primer marido, recién fallecido, y con Andresito, el hijastro, presentándose allí para dejarlas a todas con la boca abierta. Él era un jovencito de apenas 20 y ella una viuda reciente de 45. Ha llovido.

—¿Y os acordáis de la boda? —salta Nina—. Qué bien nos lo pasamos.

Olga no recuerda haber disfrutado mucho. Por aquella época estaba de morros constantes con su marido, el doctor Benito Pardo. 

—Julia no vino —dice—. Como siempre.

—Julia estaba muy ocupada entonces —justifica Marta—. Trabajaba a todas horas. Fue su primera legislatura como diputada.

—La primera de ¿cuántas? ¿Tres?

—Seis —corrige Marta—. Toda una veterana. ¡Menudo carrerón!

—Otra que es muy suya —Olga levanta los ojos hacia el techo gris del vagón—. A mí me parece que se avergüenza de nosotras.

Marta piensa. Sabe que Julia detesta la vida social. A veces se pregunta si hay cosas que no tienen cura, por años que pasen, pero suele llegar a la conclusión de que la infancia que compartieron en el internado de las dominicas queda demasiado lejos para tener ningún influjo sobre sus vidas. Lo que ocurre es que Julia siempre fue un ratón de biblioteca, alguien que ama sobre todo la soledad y el silencio que le proporcionan sus libros, y que precisamente por eso nunca se casó ni nunca pretendió nada más que encerrarse a leer en su casa, el único lugar donde es feliz de verdad.

—Puede que la asustemos, a veces —reconoce Nina, y la memoria la lleva lejos otra vez—. Yo en la boda de Lola y Andresito me desmadré mucho —el recuerdo antiguo le hace sonreír—. ¡Acabé la noche en la cama del discjockey! ¡Qué bien tocaba! No me refiero a la música, precisamente.

Nina refuerza sus palabras con una de sus risotadas. Idéntica a las de antaño, pero un poco más amortiguada. Las tres procuran hablar en voz baja, para no molestar. Para no escandalizar con el espectáculo de tres viejas hablando de las juergas que se corrieron tiempo atrás.

—La verdad, Nina, te hacía mucha falta conocer a Adolfo.

—¿Tú crees? —Nina arquea una ceja.

—Sí, sí. Estabas despendolada —afirma Olga, muy segura de lo que dice.

—Y ahora, ¿cómo estoy? ¿Amojamada?

—¡Ahora eres viuda! —Olga se escandaliza, también como antaño.

—Ay, hija, pues precisamente.

Acaban de pasar Lleida-Pirineus cuando la alarma de los teléfonos las avisa de que tienen noticias de Lola.

«No os imagináis lo que me ha costado encontrar un billete. ¡Y me han cobrado 50 euros por uno para Demócrito! Y sin asiento, qué morro. Viajará en mi regazo. Ya voy, niñas».

—Qué incómodo, ¿no? —pregunta Olga—. ¿No sería más lógico facturarlo?  

Olga parece meditarlo. Se quedan sin nada que decir, sumidas en sus pensamientos. Cuando reciben el siguiente mensaje de Lola acaban de pasar la estación de Zaragoza-Delicias.

"Así que vamos a compartir nuestra escapada de chicas con un conejo viejo"

«Mi vuelo sale en dos horas. Voy a ponerle el colirio a Demócrito y a comer algo. Cuando lleguéis, preguntad en el hotel si admiten mascotas. Y pasadme la dirección.»

Nina lanza un suspiro de cansancio

—Así que vamos a compartir nuestra escapada de chicas con un conejo viejo que tienen nombre de filósofo presocrático. ¡Estupendo! ¡Qué buen plan! —y, viendo que en ese momento pasa el carrito del bar móvil, levanta la mano y le dice al azafato: 

—¿Tienes whisky, guapo? Ponme tres.

—¿Son los tres para usted? —pregunta él, asustado.

—No, claro. Para mí y para mis amigas —Nina señala a las otras dos.

Cuando anuncian la llegada a Madrid Puerta de Atocha, las tres están dormidas.