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Ejemplar de conejo. 

EFE

El viaje del conejo (2): Una decisión forzada

Lola estaba a punto de emprender un viaje a Madrid con sus amigas cuando su hija se presentó en su casa para dejarle a su mascota, el conejo Demócrito, viejo y enfermo. Apurada por la falta de tiempo, Lola decide llevarse al animal.

Care Santos

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Cuando Lola y Demócrito llegaron a Sants, las tres amigas estaban ya con los nervios destrozados

—¡No contestas a los mensajes! ¡Y faltan solo diez minutos para que salga nuestro tren! ¿Dónde te habías metido? —increpó Marta.

Nina se asomó al transportín, extrañada. 

—Por Dios, Lola, ¿qué llevas ahí? ¿Es un ser vivo?

Lola no tenía ganas de dar explicaciones. Solo dijo:

—Vamos. ¿Por dónde es?

"Lo siento, señora. Se puede viajar con gatos, perros o hurones, pero no con conejos. El bicho tendrá que quedarse"

Nina, autoproclamada líder del grupo, echó a andar en dirección al control de seguridad, blandiendo con una mano los billetes de AVE que los de la productora mandaron a su correo. Con la otra mano empujaba una maleta diminuta de color fucsia. Pasaron frente a una chica de uniforme que revisó con rapidez sus billetes antes de detenerse en la cola del escáner. A Nina le halagaba que hombres jóvenes y apuestos, a quienes ella les miraba el culo, la ayudasen a colocar la maleta en la cinta. En cuanto tenía ocasión se esforzaba por encontrar alguno, a quien pagaba con sonrisas que ya nadie interpretaba como un coqueteo, aunque lo eran. Olga la regañó.

—Eres una vieja verde. Compórtate, ¿quieres?

—Los bolsos, también —dijo el guardia de seguridad que custodiaba la entrada de la cinta—. Y los abrigos, señoras.

—¿El abrigo? Pero, ¡se va a ensuciar! —protestó Olga.

—Póngalo en una bandeja —insistió el guardia.

Olga obedeció malhumorada

—¿La tintorería me la pagarán ustedes?

El conejo fue el último en pasar.

—¿El animal tiene los papeles en regla, señora? —preguntó el primer vigilante.

—Sí, sí, por supuesto —se apresuró a responder Lola, deseando con todas sus fuerzas que entre las cosas del conejo hubiera algún papel, alguna cartilla sanitaria, lo que fuera.

El segundo vigilante de seguridad, el que revisaba con ojo experto las tripas de los equipajes, estiró el cuello para acercarse a la pantalla y después de un par de segundos preguntó: 

—¿De quién es el gato

—No es un gato —contestó Lola—. Es un conejo. Y con gusto se lo enseñaría, pero he llegado tarde y solo tenemos diez minutos para no per…

—Un conejo no puede viajar en el AVE, señora. Tendrá que dejarlo.

Lola se quedó petrificada de espanto.

—¿Dejarlo? —susurró—. ¿Dónde?

—Y yo qué sé. Pídale a alguien que lo recoja. Una hija, una amiga... Quien usted quiera.

Lola meneó la cabeza, confundida. No tenía tiempo de contarle a aquel hombre que nada de aquello era posible. Tampoco podía irse sin Demócrito.

—Mírelo, por favor. Es un bicho muy tranquilo. Un anciano, como nosotras. ¿Quiere saber cuántos años tiene? ¡Dieciséis! ¿Sabe lo que son 16 años para un conejito? ¡Es como Matusalén! Se pasa el rato durmiendo. Le prometo que no dará problemas. No le perderé de vista. Haga una excepción, por favor. 

Pero el hombre no estaba para excepciones. Ni siquiera apartó los ojos de la pantalla para decir:

—Lo siento, señora. Se puede viajar con gatos, perros, hurones o aves que no sean de corral, pero no con conejos. El bicho tendrá que quedarse.

—¿Hurones? ¡Menudo disparate! ¿Puedo llevar un hurón pero no un conejito pachucho? ¿Quién piensa estas cosas? 

El vigilante se encogió de hombros.

—¡Esto es absurdo! —Lola estaba cada vez más indignada

Se volvió hacia sus tres amigas, que la miraban entre el espanto y la desolación.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Olga.

—¿A quién se le ocurre traer un conejo? Déjalo ahí y vámonos de una vez —zanjó Nina, alzando la voz un poco más de la cuenta. 

Lola negaba con la cabeza: 

—No puedo dejarle. 

Lola no tenía tiempo para pensar qué hacer con Demócrito. Menos aún para hacerlo

No tenía tiempo para pensar qué hacer con Demócrito. Menos aún para hacerlo. De modo que Lola entendió que la decisión debía ser suya y debía ser drástica:

Marchaos vosotras. Yo ya me espabilaré. Nos vemos en Madrid, chicas. 

Olga y Marta trataron de protestar, pero Nina pareció aliviada

—¿Y qué le decimos a la chica de la productora? —preguntó Olga—. No podemos ir a la tele sin Lola.

Lola salió en su ayuda, porque Nina comenzaba a desesperar de nuevo:

—¡Y no lo haréis! Ya os he dicho que nos vemos en Madrid. Hablaré con alguien, me iré en el siguiente tren, buscaré otro medio de transporte, lo que sea, ya se me ocurrirá. Pero ahora marchaos o vais quedaros aquí también vosotras.

Hubo despedidas apresuradas y cargadas de emoción ante el rostro impenetrable del guardia de seguridad, que seguía haciendo su trabajo como si nada. Demócrito dormitaba, ajeno a todo el lío que había generado. Luego, las tres amigas, capitaneadas por Nina, se alejaron en dirección a la vía dos, de donde seis minutos más tarde salió el tren con dirección a Madrid Puerta de Atocha