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El odio a la clase obrera, relato de verano de Juan Soto Ivars.

FERRAN NADEU

RELATO DEL VERANO

El odio a la clase obrera (último capítulo): 'Stalingrado'

El ruso sigue pegando hostias a la pared mientras Gonzalo trata de abstraerse con sus auriculares acolchados. Pero la reforma va para largo. El presupuesto inicial ha subido y Elena tiene que pedir el dinero a su padre. Lo peor todavía está por llegar.

Juan Soto Ivars

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Para Tomás y Susana

Dicen en 'Cabaret' que cuando el dinero sale por la puerta salta el amor por la ventana. Qué no saltará por el butrón inmenso que conecta la casa con el frío y la lluvia del patio. Los amores anfibios desaparecieron con la Atlántida. Gonzalo y Elena aguantan a duras penas a la intemperie, pobres como las ratas. La parte buena: las vistas. Una montaña de escombros desde el sofá, cubierto con plásticos para protegerlo de la humedad, y esto va para largo y para mucho. El presupuesto de mil euros subió a mil doscientos después de tres semanas y alcanzó los mil trescientos concluido el primer mes. Ese dinero, que el ruso demandaba como condición para seguir, tuvo que pedirlo la humillada Elena a su padre, pero esto no fue lo peor.

Elena no logró vender su proyecto a Xibeca, que se lo pasó a un imbécil que tira los precios por el suelo, y Gonzalo apenas publica reseñas. Pasa el día preparando un proyecto para una beca de una fundación bancaria, que dice que les va a salvar la vida aunque no alcanzará los 1.000 euros al mes. Aquí, para mayor fatalidad, solo trabaja el ruso, y tampoco es que trabaje demasiado. Ellos han dejado de tratarlo con cortesía. Intentan mirar para otro lado cuando pasa por el salón, confiar en que la pesadilla acabará pronto, como hacen los musulmanes cuando les toca padecer la fatalidad. El ayuntamiento no ha colocado el contenedor y los escombros se amontonan en un patio que, si queréis llamar jardín, tendrá que serlo de Stalingrado.

Gonzalo y Elena aguantan a duras penas a la intemperie, pobres como las ratas. La parte buena: las vistas

Creced y multiplicaos, dijo Dios, pero se lo dijo concretamente a los eslavos. La subida del presupuesto se basa en que, ahora que Grigori ha entendido la dimensión de la reforma, necesita un ayudante. Lo tenéis bebiendo latas de cerveza caliente ahí mismo, con su jefe, en el patio, protegidos de la lluvia con un plástico que les da una apariencia extraterrestre, o de sofá. Se llama Vladimir. Cada cierto tiempo, cuando Elena no está, el ruso insiste a Gonzalo en que le tiene que vender su ordenador. De nada sirven las excusas, las miradas ariscas ni los silencios. Nadie podrá convencer nunca a Grigori de que Gonzalo no es informático. Siempre está, después de todo, ahí con el ordenador.

El error por el que la pareja se lamenta como unos padres yonkis que permitieron durante la borrachera que su hijo bebiese de una botella de lejía ha sido darle a Grigori las llaves del piso para que pueda trabajar si ellos no están. Sus horarios son imprevisibles. Puede llegar a las siete de la mañana o a las doce, y hay noches en las que tienen que suplicarle que deje de arrear mamporros porque los vecinos les niegan el saludo. Puede pasar también que se despierten aterrados bajo las mantas y lo oigan trasegar abajo, a veces en compañía de alguna mujer o del compañero. Entran, hablan, salen al patio y se marchan. Hace semanas que Gonzalo y Elena dejaron de intentar comprender por qué.

El ruso y el compañero simplemente dejan de venir un día y no vuelven a aparecer. Gonzalo y Elena vivirán en vilo

Sí entienden por qué fracasaron Napoleón y Hitler en la conquista del Este, y por qué los burgueses terminaron odiando tanto a los obreros. La endeble carcasa izquierdista ha caído. Odian a los obreros, a los transportistas en huelga, a los mineros, a los electricistas, a todos. Odian, odian y se lamentan. Odian y vegetan, esperan como arañas. Un día, después de que el ruso dé un portazo tremebundo y se marche, Elena comenta que podrían colocar una trampa que cayese sobre él y lo matase. Gonzalo se da cuenta de que no ha recibido el comentario como una broma, sino como una idea. Producir un alud calculado en la pila de escombros, dejar un cable pelado junto a una toma de agua, echar matarratas al bocadillo.

No habrá tiempo, por fortuna, para consumar el homicidio. El ruso y el compañero simplemente dejan de venir un día y no vuelven a aparecer. Gonzalo y Elena vivirán en vilo porque no les devolvieron las llaves y ellos tampoco les pagaron la obra, pero los meses se acabarán imponiendo como estratos geológicos. Los dos son ahora pálidos y flacos, siempre un poco tensos. A veces, sentados en el patio junto a escombros, contemplando el salón a través del agujero de la pared o el toldo de la Provenza sin instalar, enrollado en un rincón, uno preguntará si no sería pertinente llamar a alguien para que venga a terminar la obra pero el otro se encogerá en silencio. Él no recibió aquella beca, ella vende un proyecto de cada 10, pero cada mes consiguen reunir los 800 euros del alquiler. Miran la pila de escombros y sienten que tienen todo lo que un burgués precario del siglo XXI merece. Incluso más de lo que otros pueden alcanzar.

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