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El odio a la clase obrera, relato de verano de Juan Soto Ivars.

FERRAN NADEU

El odio a la clase obrera (4): 'La aparición'

La pareja sueña con el día en que el patio esté reformado y pueda entrar la luz. A tal efecto, se ponen en contacto con un ruso que se encargará de las obras. Y se produce el primer encuentro, un día de septiembre en el que llueve a mares.

Juan Soto Ivars

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Para Tomás y Susana

Pasan otras dos semanas extremadamente felices y tranquilas sobre las que, sin embargo, pesa la indeterminación. Múltiples llamadas de Elena intentan fijar una primera cita con el ruso, pero se interpone entre ellos el grave problema idiomático. Ocurrirá a menudo que Elena cuelgue el teléfono conteniendo la risa y estalle después en carcajadas. Gonzalo subirá las escaleras, ¿qué te ha dicho?, y cuando Elena consiga recuperar el aliento pedirá a Gonzalo que se siente con ella en la cama y le dirá, al borde del colapso, que quedar con el ruso es imposible. Habrá ocurrido, por ejemplo, que cada vez que ella pronuncie la palabra miércoles siga un silencio y al final el ruso se ría como si le hubieran dicho alguna incongruencia para preguntar, en tono apremiante, cuándo puede ver el patio.

Saben que se llama Grigori, pero se refieren a él como "el ruso", apelativo que, por una parte, lo trivializa y, por otra, les consuela por la incomprensión telefónica. Así, el ruso adquiere la categoría de figura mítica y protagoniza la broma infinita. El anecdotario íntimo engorda, por ejemplo, cuando Elena decide poner el altavoz para que Gonzalo oiga esta conversación: Hola, ¿Grigori? "Sí. Grigori. Quién tú". Soy Elena Rubianes, la del piso para hacer una reforma en un patio, en Sant Andreu. "Им всегда нужно прикоснуться ко всем шарам" (1). ¿Hola? "Sí. Tú dime. ¿Qué patio? No hay patio". Sí, Grigori. Te he estado llamando para que vengas a ver el patio, en la calle tal, número cual, Elena Rubianes "Aaaaah, Ilena. Tú dime". ¿Cuándo puedes venir a verlo? "Mucho trabajo. No 'puede' hoy. No, no 'puede' hoy, imposible". ¿Puedes venir mañana? "Te 'dice' que hoy no 'puede'. Imposible por mucho trabajo hoy”. Y así siempre. Desesperante.

El ruso adquiere la categoría de figura mítica y protagoniza la broma infinita. El anecdotario íntimo engorda

Hasta un día de septiembre en el que llueve a mares y Elena ha ido a casa de su madre. Barcelona, cuando llueve, es repulsiva. El agua repta por las aceras como una alimaña, forma remolinos de basura, arrastra la depravación moral de la ciudad y la convierte en una criatura limosa. Pero al mismo tiempo la lluvia es gloriosa en Barcelona: se lleva a los turistas a los sumideros de los museos, deja la calle empantanada pero expédita para los barceloneses, otorga al prisionero de la ciudad-parque-temático la libertad condicional. Gonzalo se da un paseo con el único paraguas que tienen, al que le falla una varilla. Aspira el olor, entre petricoso y ácido, y luego vuelve a casa y expande su imperio de vagancia y desidia por todos los rincones. Está a sus anchas como sólo puede estarlo un burgués treintañero precario del siglo XXI que siempre ha tenido que compartir piso. Pero en esas, suena el timbre.

Es la primera vez que oye Gonzalo ese sonido alarmante. Corre a ponerse un pantalón y una camiseta mientras el timbre ladra tres o cuatro veces más como el dóberman de un campo de exterminio nazi. Abre la puerta y ve a un hombre extremadamente corpulento que se está marchando calle abajo sin paraguas. ¡El ruso! Grita: ¡Grigori! y el hombre se da la vuelta. Se aproxima sin decir una palabra, entra en la casa sin saludarle, tan empapado como un marino que escapó de un submarino nuclear que se estaba yendo a pique. Gonzalo cierra la puerta dudando si habrá dejado entrar a un mendigo peligroso. Pero el ruso pregunta "¿Tú Ilena?" y deshace el maleficio de la desconfianza burguesa.

No, soy Gonzalo, su novio, hola. El ruso tiene otra pregunta: "Ilena ¿dónde?" Elena está en casa de su madre. El ruso suelta una carcajada. Le da tal apretón de mano a Gonzalo como para saltarle las lágrimas y no suelta el cepo, sino que empieza a hablar: "Mucho trabajo. Hoy lluvia, hoy no 'trabaja'". Claro, claro, bueno, encantado. "Cómo 'llamas'". Gonzalo, me llamo Gonzalo. "¡Вы называете себя, как я!" (2) ¿Eh? Sí gracias, gracias, uff, estás fuerte, ¿eh?

Gonzalo corre a ponerse un pantalón y una camiseta mientras el timbre ladra como el dóberman de un campo de exterminio

Lo que sucede a continuación es el desastre. Gonzalo, hemos de admitirlo, ha vivido la proximidad de la reforma como un hecho ajeno, satelital, exógeno. Era Elena quien llamaba al ruso, quien diseñaba todo, quien vio y eligió los materiales, quien estipuló telefónicamente el presupuesto con enormes esfuerzos de pedagogía estilo español para extranjeros, nivel 1. En pocas palabras, era Elena quien se hizo cargo de todo mientras Gonzalo aportaba solo cierto interés por los aspectos cómicos y dejaba que el mundo se ordenase sin su intervención. Por eso, cuando el ruso pregunta: "'Qué hacer'" y Gonzalo decide contarle lo que sabe, siembra las semillas de las que brotará el tedio y el desencuentro, una vez haya empezado la Revolución.

(1) "Им всегда нужно прикоснуться ко всем шарам": en ruso. Siempre me tienen que tocar los cojones con todo.

(2) "¡Вы называете себя, как я!": en ruso. Te llamas como yo.