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El odio a la clase obrera, relato de verano de Juan Soto Ivars.

FERRAN NADEU

El odio a la clase obrera (3): Las 12 pruebas

Elena le ha mostrado el piso a Gonzalo. Juntos han recorrido todas las estancias. Cuando ella le habla de una reforma pequeña, el solo acierta a ver mucho dinero y únicamente se atreve a musitar fracasadas insinuaciones.

Juan Soto Ivars

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Para Tomás y Susana

Si la historieta de 'Las doce pruebas de Astérix' estuviera protagonizada por treintañeros burgueses precarios del siglo XXI, la olimpiada se celebraría en Ikea. Gonzalo y Elena se abren camino por el laberinto y eligen los minotauros desmontados que tendrán que vencer en el último gran reto. Por el camino han sucumbido al canto de las sirenas más de lo que el frígido Gonzalo hubiera querido. Un completo ajuar de bajo coste abarrotó al carrito sin que él pudiera hacer nada por evitarlo. Preso de la histeria masculina de la tacañería, se preguntaba si la femenina histeria consumista de Elena es la prueba de que ella tiene más dinero del que dice.

A todos sus ruegos y preguntas tipo ¿en serio necesitas comprar eso? ella responde con el tajante "hace falta" que en verdad, lo saben los dioses, significa "lo quiero desde que lo he visto". Con los muebles, Gonzalo trató de boicotear sus elecciones fingiéndose incómodo en colchones y sofás comodísimos y manifestando su preferencia por otros intratables pero sustancialmente más baratos, sin comprender todavía que Ikea, en su origen, fue diseñado por ingenieros nórdicos que soñaban con el fin del patriarcado. Un cartel en la puerta debiera decir a novios y maridos "lasciate ogni speranza" (1).

Cargaron los bultos en la furgoneta de Dionís, amigo de la pareja, que les ayudó a meter todo aquello en el bajo. Dionís era, de todos los amigos, el único que realmente podía considerarse clase obrera. Vendía olivas en su furgoneta y el penetrante perfume de los encurtidos conquistó la vivienda adherido a los cartones. El malhumor de Gonzalo engordaba a medida que se elevaba el entusiasmo de Elena. Subieron entre los tres el colchón y el armario al futuro dormitorio y Elena insistió en que Dionís se marchara, que ellos podían montarlo todo, para secreta agonía del perezoso Gonzalo. Una vez que la furgoneta de reparto de olivas estuvo lejos, Elena arrancó a pedazos el envoltorio del colchón y allí, entre despojos, la pareja pudo inaugurar el piso.

Con los muebles, Gonzalo trató de boicotear sus elecciones fingiéndose incómodo en colchones y sofás comodísimos 

Pero no hubo tiempo para la lasitud después del sexo. Elena saltó como un resorte del colchón recién estrenado y, antes de que Gonzalo pudiera abrir los ojos, estaba vestida como una fresadora y tiraba sobre el cuerpo desnudo del amado ropa basta de trabajo. Nueva prueba del carácter soviético de los ingenieros de Ikea: dos burgueses de manos inexpertas se convertirían en obreros cualificados a lo largo de las próximas horas. Y la infantil hombría de Gonzalo quedaría nuevamente humillada.

Elena parecía conectar con los arcanos de Ikea telepáticamente. Gonzalo se había propuesto ser el guía en el montaje de los muebles, pero se perdía en la retórica simbolista de los manuales. Insistía en acusar a Elena de hacerlo mal, se ponía él mismo a la tarea y descubría a mitad de camino que estaba colocando todas las piezas del revés. El resultado: resoplidos y muda frustración mientras Gonzalo mira cómo Elena deshace el entuerto y le ladra órdenes, como a un siervo, para poner en pie el armatoste. Pero al final del día, cuando desalojaron los cartones y el olor a encurtidos, Gonzalo tuvo que admitir que tenían un piso. Y todo, gracias a Elena.

Cuando desalojaron los cartones y el olor a encurtidos, Gonzalo tuvo que admitir que tenían un piso

Vivieron entonces algunas semanas de paz y de alegría. Gonzalo escribía en una mesita debajo de la escalera, estaba de tan buen humor que sus críticas empezaron a ser casi elogiosas, el veneno de la envidia remite cuando remite el aporreo del bajo en la habitación contigua. Elena trabajaba en la cama, en el piso de arriba, como una Truman Capote de la publicidad viral. Poco a poco el piso iba adquiriendo el tibio aroma del hogar. Las cortinas y biombos que Elena había colocado a la entrada ocultaban el sórdido metal de la persiana. Los estantes, inteligentemente colocados en lugares estratégicos, quedaban embellecidos con los libros que Gonzalo iba trayendo de su antiguo piso. Dejaban abierta la puerta del patio todo el día para que entrase algo de luz y soñaban con el día en que aquello estuviera reformado, el tabique se hubiera ido al infierno y unas flamantes correderas de cristal conectaran el piso de abajo con la claridad.

A tal efecto se habían puesto en contacto con el ruso que haría la reforma. No fue fácil comunicarse con él, que solamente chapurreaba el español, pero le habían asegurado a Elena que era el único paleta dispuesto a hacer aquella obra con el mísero presupuesto que manejaban, así que utilizaron todo su arsenal de eufemismos y sinónimos para que viniera a ver el patio. El aparatoso choque de la burguesía con la clase obrera estaba a punto de estallar.

(1) "lasciate ogni speranza": en italiano. Abandona toda esperanza.