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El odio a la clase obrera (2): Reforma y contrarreforma

Gonzalo y Elena ya tienen piso. Según explica ella, la vivienda no está mal: tiene dos plantas y un patio al que se le puede sacar partido. Pero una fianza paranoica y una reforma serán necesarias para que ese espacio se convierta en un nido de amor.

Juan Soto Ivars

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Para Tomás y Susana

No digas nada, exige ella, ni una palabra hasta que te cuente un poco. Previene, porque la cara de él es un poema, como mucho, de Luna Miguel. El "piso" no es parte de un edificio de varias alturas, sino un bajo adosado con una planta encima, pegado todo al edificio principal como una garrapata a un perro. Una persiana de garaje a la que han recortado una puerta de proporciones humanas -se puede cambiar si queremos- da acceso a lo que el casero -es una empresa muy seria- entiende que vale 800 euros al mes. Están dentro y ella tan tensa como cuando le pones a un amigo una película que adoras, esa de la que le has hablado tanto, y el hijo puta va y se te duerme en el sofá. Y lo que Elena hace cuando se tensa es hablar.

Mira Gonzalo no pongas esa cara, que nos conocemos. Esto necesita una reforma pequeña, fíjate bien, porque en realidad está RECIÉN REFORMADO TODO. Se puede quitar la persiana, que está visto que no te gusta así, aunque yo había pensado que en vez de eso podemos poner unas cortinas delante, largas, y unos biombos, y con eso hacemos otro ambiente y de la persiana metálica te olvidas. Total, desde la calle no queremos que nos vean, ¿no? Pero fíjate qué buen estado los baños, ¿ves? Recién hechos. Este de aquí abajo con el retrete y la ducha, que es de chorros de masaje, mira, y arriba pondremos el dormitorio, cabe perfectamente un armario bajo, ven y verás. Además, mira, otro retrete y un lavamanos que está nuevo también, recién puesto.

Anda, tonto, venga, no te enfades. Cocino yo y quiero una cocina buena, que la de mi piso es de los años de Antonio Alcántara

Ya sé que la entrada no es gran cosa y por fuera es feo, pero mira, mira la cocina: recién puesta. Estos muebles son buenos, Gonzo, toca, y el horno tiene todavía la pegatina protectora azul de fábrica, ¿ves? Aunque a ti qué más te da si no cocinas. No, si no te reprocho nada, ¡pero es verdad! Anda, tonto, venga, no te enfades. Cocino yo y quiero una cocina buena, que la de mi piso es de los años de Antonio Alcántara, y esta está muy bien, vitrocerámica y todo. Bueno, pues esto de abajo sería comedor y salón y te puedes poner ahí una mesa para trabajar, debajo de la escalera. Pero mira, ven arriba, agacha la cabeza no te descalabres. Ahí ponemos una cama grande, por fin, Gonzo, guapo, que me vas a follar a base de bien. Y ahí el armario, y cajoneras.

Ven. Yo sé que no hay mucha luz aquí abajo, pero no has visto lo mejor. La sorpresa. Abrimos esta puerta cutre y... uf qué atascada, a ver, échame una mano, tira, pero cuidado no te cargues el picaporte... ¡hop! ¿Ves? ¿VES? No me dirás que no está bien. ¿Cómo que una ruina de patio? Gonzo, tío, eres incapaz de pensar en cuatro dimensiones. Mira: este patio es enorme. Cuarenta metros por lo menos de patio, si es como todo el piso de abajo de grande. Aquí cabe una mesa para comer con amigos cuando haga bueno, un toldo bonito, así como azul y blanco de la Provenza, que lo venden en Ikea y lo tengo controlado ya, y toda esa pared llena de macetas. Esto puede ser un jardín, ¿ves la toma de agua? Y te puedes sacar el portátil y escribir aquí, que vas a estar muy bien, hombre. Pues bueno: quitamos la puerta cutre de madera, tiramos parte del tabique y ponemos unas correderas de cristal, y así entra toda la luz del patio, que está orientado a poniente, y la planta de abajo iluminada todo el día. Bueno, ¿qué?

Pero es imposible apartar de su idea a una mujer que ya ha imaginado lo que será un hogar, que ha planificado todo al detalle

Lo que Gonzalo ha visto difiere ligeramente de lo expresado por Elena. Ha visto dinero. Mucho dinero. Mucho dinero que se escapa. Cuando ella señalaba la vitrocerámica y el calentador de gas ciudad, él veía contadores corriendo; cuando ella colocaba muebles imaginarios, él sentía crujir su economía en la traicionera picadora de Ikea; cuando ella hablaba de una pequeña reforma, él temía el palo de un presupuesto, notaba la confusa angustia de la elección de los materiales, pero también sentía, como cualquier otro de los burgueses precarios del siglo XXI, esa natural prevención y alerta, esa rigidez del pescuezo, ese pánico cerval e intemporal ante la promesa de un choque con la clase obrera.

Solo se atreve a encadenar una serie de fracasadas insinuaciones: pero, ¿quién va hacer esta reforma? No conocemos a nadie, esto puede ser un lío tremendo, ¿no sería mejor irnos a un piso ya reformado, seguir buscando un poco más? Pero es imposible apartar de su idea a una mujer que ya ha imaginado lo que será un hogar, que ya ha planificado todo al detalle, que ya quiere elegir sábanas y cortinas, platos y vasos, pintura para las paredes. Mi madre conoce a un ruso que trabaja muy bien, dice animosa. Y Gonzalo transige con la indolencia del último Romanov.

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